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Querid@s Amig@s
Retomamos el contacto con ustedes enviándoles
el número 13 del Boletín de Núcleo de Estudios sobre
Memoria del IDES.
El Núcleo de estudios sobre Memoria del IDES reúne a investigadores
y docentes interesados en abordar, desde una perspectiva
académica, los estudios sobre memoria con énfasis en el
Cono Sur de América Latina. A través de sus diversas actividades,
se propone contribuir a consolidar el campo de estudios
sobre memoria y crear un ámbito de debate y encuentro
para desarrollar investigaciones sobre esta problemática.
Nuestro boletín aspira a poner a disposición de las personas
interesadas la información sobre la producción artística
y bibliográfica centrada en los temas de memoria. Nuestro
principal objetivo es el de crear lazos entre investigadores
e instituciones localizados en diversos puntos geográficos
de la Argentina y del exterior.
Recibimos comentarios, consultas e informaciones en nuestra
dirección electrónica: nucleomemoria@yahoo.com.ar
La preparación y publicación de este boletín es una actividad
realizada dentro del proyecto "Memorias y elaboración
del pasado reciente. Archivos, museos, imágenes y testimonios
de la violencia política y la represión estatal" que cuenta
con el apoyo financiero de la ANPCYT (PICT 05/333061).
Este número del Boletín fue editado por Rossana Nofal
con la colaboración de María Eugenia Mendizábal y Teresa
Cáceres.
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CONTENIDO
DE ESTE BOLETÍN |
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Palabras
iniciales
Por Rosana Nofal
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ACTIVIDADES
DEL NÚCLEO DE ESTUDIOS SOBRE MEMORIA
Reseña:
Reunión de Discusión "Fotografía y Memoria". IDES, 20 de julio
de 2007
Por Teresa Cáceres
y María Eugenia Mendizábal.
Reseña: Mesa redonda “Historias y memorias del
exilio político argentino. Una perspectiva comparada”.
IDES, 17 de agosto de 2007
Por Teresa Cáceres,
María Eugenia Mendizábal y Rossana Nofal
Relato de viaje: Perú 2007
Texto: Susana Kaufman.
Fotos: Elizabeth Jelin.
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COMENTARIOS
LIBROS
Wieviorka, Annette, Auschwitz,
60 ans après, París, Robert Laffont, 2005.
Auschwitz, más allá
del símbolo. Por
Claudia Feld
Negroni, María, La Anunciación. Buenos Aires:
Seix Barral, 2007.
Una
rara voz de la memoria. Por
Miguel Dalmaroni
Paredero Hugo, ¿Cómo es un recuerdo? La dictadura
contada por los chicos que la vivieron.
Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2007.
Manual de instrucciones para contar
el cuento de la dictadura. Por
Rossana Nofal
PELÍCULAS
Prividera,
Nicolás, M
Por Teresa Cáceres y María Eugenia Mendizábal
Moreno, Sebastián,
La Ciudad de los Fotógrafos
Por Teresa Cáceres
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PALABRAS
INICIALES
Por Rossana Nofal
¿Qué tiene el relato de El Código Da Vinci
que fascina a tantos en el mundo? Los críticos literarios
dan una respuesta contundente: "nada". Las autoridades
vaticanas apelaron a las leyes de la prohibición a sus
fieles; no al libro, no a la película. Sin embargo nadie
puede decir "no" al volumen de las ventas, cada vez
que Dan Brown es acusado de diferentes errores. Los
villanos de la película son del Opus Dei y
los masones apelan a distintas estrategias para dejar
al descubierto los costados oscuros de la Iglesia Católica.
Lo cierto es que un escritor, casi desconocido como
Dan Brown, con las estrategias narrativas más contundentes
de un best seller logró lo que pocos consiguen: capturar
a sus lectores y no soltarlos hasta la última página.
El narrador, muy cerca de su centro autorial afirma
de manera certera: estoy fuera de mi campo. Desde ese
desplazamiento construye una ficción, simula un documento
histórico luminoso e inquietante para sacudir un pensamiento
adormecido sobre la iglesia.
"Con la iglesia hemos topado", dice el narrador
de El Hombre de la Mancha cuando se enfrenta
al escrutinio. Mientras este Boletín se armaba, mientras
se juntaban las distintas miradas, los relatos, las
obras y las voces contrapuestas que organizan nuestra
idea de memoria como trabajo en construcción, sucede
el juicio al ex capellán de la Policía Bonaerense Christian
Federico Von Wernich y la sentencia del Tribunal Oral
Federal Nº 1 de La Plata. Su defensa se mueve en una
construcción de dos verdades contrapuestas: la humana
y la divina. Esta concepción de la que se deriva además
una peligrosa idea de dos justicias, es la misma que
el cardenal Bergoglio expuso en Luján, una semana antes
de la sentencia: "Necesitamos confirmar la verdad, necesitamos
que Ella, la Virgen, nos confirme que Dios es la verdad
y que ésta no cambia". Y luego, como si lo señalara
con su dedo, dijo: "Sabemos que hay alguien que no quiere
la verdad: es el padre de la mentira, el demonio". Von
Wernich completó ese significado en su descargo. Como
si se tratara de un sermón pronunciado desde un púlpito
imaginario instalado en la sala se refirió a quienes
narraron su participación en las torturas. "El testigo
falso es el demonio", dijo, antes de instar a la reconciliación
y negar los cargos por los que fue condenado. Demonios,
azufre, iglesias, crucifijos y la cruz invertida. "Yo
sé muy bien lo que hice, por qué lo hice y con quiénes
lo hice. Nadie me va a prohibir dar misa ni perderé
ninguna de mis atribuciones. Cuando sea el momento la
Justicia decidirá, y si la humana se equivoca conmigo,
la divina acertará", dijo en 1984 Von Wernich en una
entrevista publicada por Siete Días y actualizada
por el diario Página 12. Aún hoy, preso en
el penal de Marcos Paz y condenado por secuestros, torturas
y asesinatos, delitos de lesa humanidad cometidos en
el marco de un genocidio, nadie le prohibió a Von Wernich
dar misa. En un marco de profunda irrealidad, en un
silencio audible, la Iglesia se aparta, se calla, se
enmascara. Una Iglesia dicha por un demonio, al servicio
de la tortura, una Iglesia que esgrime, sin desenfrenos,
poderes absolutos, más allá del bien y el mal, más allá
de los claros días de justicia.
¿Qué tiene el relato de El Código Da Vinci
que fascina a tantos en el mundo? Tiene el poder del
lector. Es precisamente él quien corta el circuito de
las verdades sagradas ajenas al régimen de la representación
de lo humano. Su lugar es políticamente menos tranquilizador
y puede sostener posiciones contrarias a los presupuestos
del lugar de autor. Tiene una poderosa herramienta:
la posibilidad de imaginar una metáfora de origen, una
sucesión secular para María y un linaje diferente. El
Código… piensa la Iglesia como una ficción de demonios
amenazantes pero clausurados, encerrados para siempre
en las páginas de un libro de cuentos.
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| ACTIVIDADES
DEL NÚCLEO DE ESTUDIOS SOBRE MEMORIA |
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RESEÑA
Reunión de Discusión: "Fotografía y Memoria"
Expusieron Margarita Alvarado (Chile) y Mariana Giordano
(Argentina)
IDES, 20 de julio de 2007
Por Teresa Cáceres y María Eugenia Mendizábal
Margarita Alvarado y Mariana Giordano presentaron parte
de su trabajo en el marco de las reuniones periódicas
del Núcleo. El dialogo comenzó a partir del escrito Imágenes
de indígenas con pasaporte abierto: del Gran Chaco a Tierra
del Fuego de Margarita Alvarado y Mariana Giordano.
Ellas realizan una investigación sobre el lugar de la
fotografía en la conformación de identidades y las marcaciones
de "otredad" a las que fueron sometidas diferentes etnias
de Argentina y Chile. Siguiendo las trayectorias de una
serie de imágenes tomadas a "indígenas", las investigadoras
encontraron que en el caso de los habitantes de los pueblos
originarios, ciertas identidades fotografiables
pueden ser transhumantes. Es decir que pueden
representar a los habitantes de lugares diversos, distantes
y disímiles, de ahí que las mismas fotografías "muestren"
tanto a indígenas del Gran Chaco y de Tierra del Fuego.
De esta manera, las identidades fueron intercambiables,
como si todos los grupos fueran uno (el mismo) y cada
persona fotografiada pudiese representar a la imagen estereotipada
y general de "el indígena".
El otro trabajo presentado en la reunión fue Fotografía
etnográfica, retrato y violencia visual. Hacia otra lectura
de la fotografía etnográfica chaqueña, de Mariana
Giordano y Alejandra Reyero. En él se analiza el lugar
de la sonrisa en los retratos que realizaron Guido Boggiani
y Grete Stern a los pueblos originarios del Chaco paraguayo
y el argentino, entre 1896-1901 y 1958-1964, respectivamente.
Gesto poco habitual en la fotografía de indígenas, la
sonrisa se estudia en este trabajo en un doble espacio:
las imágenes fotográficas de la alteridad chaqueña y los
estudios visuales de las que éstas fueron objeto. El análisis
de las autoras problematiza las relaciones entre fotógrafo/a
/ fotografiado/a matizando las más evidentes: la
de víctima / victimario o la del agravio moral.
La sonrisa, según analizaron las autoras, se pueden leer
"como una suerte de 'desquite' de la mirada erudita y
oficial, aquella que sólo ve y busca violencia en rostros
en los que otras perspectivas vislumbran espacios efímeros
y circunstanciales de proximidad y mutua comprensión".
Giordano y Alvarado trabajan en conjunto sobre la fotografía
de indígenas chaqueños, con la hipótesis de que la construcción
de imágenes coadyuva a la configuración de identidades
étnicas, además de que acompañan los recorridos históricos
que han sufrido algunas de ellas en la presentación de
diferentes contextos iconográficos. Esto se vincula con
los modos de apropiación de la imagen por la cultura hegemónica
y las maneras en que apropiar (se) cambia los sentidos
posibles del mensaje visual.
Por otra parte, Mariana Giordano actualmente trabaja con
Elizabeth Jelin, Ludmila Catela y Alejandra Reyero en
un análisis sobre la utilización de la fotografía como
un espacio de (re) encuentro entre los sujetos individuales
y colectivos fotografiados y las imágenes etnográficas.
El estudio indaga -en términos generales- sobre algunos
de los procesos simbólicos y subjetivos que se generan,
y exploran -en términos particulares- la posibilidad de
que estas imágenes se vuelvan un medio de reconocimiento
y acercamiento a sus pasados o, en otro caso, una vía
de distanciamiento y extrañeza.
RESEÑA
Mesa
redonda "Historias y memorias del exilio político argentino.
Una perspectiva comparada"
Expusieron Silvina Jensen (Argentina), Marina Franco
(Argentina) y Samantha Quadrat (Brasil)
Viernes 17 de agosto de 2007
Por Teresa Cáceres, María Eugenia Mendizábal y Rossana
Nofal
El viernes 17 de agosto se realizó en el IDES la mesa
redonda "Historias y memorias del exilio político argentino.
Una perspectiva comparada" que contó con la participación
de Silvina Jensen (Argentina), Marina Franco (Argentina)
y Samantha Quadrat (Brasil)*, y con la moderación de
Máximo Badaró. Cada una de las participantes se refirió
a una situación de exilio particular y al campo de trabajo
delimitado en una experiencia de investigación vinculada
a los estudios de doctorado. Una pregunta abrió la discusión:
¿cuántos fueron los exiliados? A partir de una delimitación
de criterios cuantitativos y sus imposibilidades, las
panelistas organizaron sus intervenciones abordando
los siguientes ejes:
·
las particularidades de las tres situaciones de exilio
estudiadas y la descripción de las dinámicas de exilio,
· la tensión
entre los estilos de militancia y el contexto de recibimiento.
A
partir de la lectura de documentos y estadísticas, las
expositoras repusieron los cuerpos y las subjetividades
de los exiliados en tres contextos diferentes.
En el caso del EXILIO EN CATALUÑA Silvina
Jensen explicó las consideraciones sociodemográficas,
específicamente con la cuantificación de los argentinos
en el exilio catalán. Esta cifra, ausente en los documentos,
se reconstruyó a partir de las fichas del Consulado
Argentino en Barcelona, bajo el supuesto de que tarde
o temprano, gran parte de quienes vivieron situación
de exilio se registraron en esta institución.
Como resultado de este relevamiento de las fichas de
argentinos en Cataluña desde el año 1908 a 1997, Jensen
constató que gran parte de la población exiliada correspondía
a sectores medios y se registraba un porcentaje alto
de profesionales y técnicos: gente del campo de la educación,
profesores, abogados y psicoanalistas.
En cuanto a las marcas genéricas la documentación explicita
un número similar de hombres y de mujeres. El año 1976
es el de mayor ingreso de exiliados a Barcelona. El
período que comprende de 1976 a 1978 es el de mayor
número de exiliados en España, país que se convirtió
en el primer destino "elegido" por los mismos.
La problemática de los números fue sin duda un espacio
de luchas políticas por los sentidos del exilio. Las
cifras más ambiciosas hablaban de dos millones de personas
viviendo fuera del país y las más conservadoras de medio
millón, hacia el año 1976. En España, Caritas registra
la existencia de entre 40.000 a 70.000 exiliados. En
cuanto a las marcas que identifican a la comunidad del
exilio en Cataluña, Jensen se refirió a los siguientes
puntos: El viaje en un barco de una compañía naviera
italiana, el momento político marcado por la transición
española y la lucha por la lengua en un lugar de España,
donde la disputa por la lengua del Estado era peculiar
y tenía importancia. Se suman a estas características
la vigencia de proyectos con visión latinoamericanista,
la fuerte presencia peronista en las identidades políticas
y la relativa unidad de las instituciones frente a una
idea de lucha antidictatorial. Esta unidad es aun más
fuerte en Madrid y está marcada por la existencia de
una única casa de Argentina desde 1980 a 1982.
Sobre EXILIO POLÍTICO EN PARÍS, Marina
Franco comentó que no existen cifras que den cuenta
del número exacto de exiliados y que aun los censos
dan escasa y dudosa información respecto del tema. Luego
de explorar distintas evidencias documentales y un importante
trabajo de entrevistas, Franco determinó que el número
de personas exiliadas en París habría oscilado entre
2000 y 2500. En términos sociodemográficos
los exiliados pertenecieron a una clase media, profesionales
y estudiantes que salieron de Argentina a causa de su
militancia (relacionada con la lucha armada o no), debido
a situaciones profesionales o por su condición de víctimas
de la represión. A pesar de que existe un imaginario
compartido respecto a un exilio parisino vinculado con
lo artístico e intelectual, Franco establece que no
es una marca distintiva de este exilio particular.
Con respecto a los períodos de llegada, la
investigadora registró un momento anterior al golpe
de 1976, otro posterior a 1976 (de 1976 a 1978) y un
período comprendido entre 1980 y 1981. Este último tramo
resulta significativo, si se tiene en cuenta la existencia
en Francia del estatuto de refugio para prisioneros
políticos con derecho a opción, hecho que influyó en
la decisión de muchas personas para optar por ese país.
Una visión comparada le permite aseverar que la ciudad
de París era un destino relativamente elegido debido
a las dificultades de la lengua francesa. Una de las
particularidades del exilio en Francia es la fuerza
que tenía en ese momento el tema de los Derechos Humanos.
No existían en el país, líderes de las organizaciones
políticas argentinas, lo que permitió que los militantes
exiliados allí fueran sobre todo militantes de base.
Por eso, las organizaciones que se crearon en París
fueron varias y estuvieron, en muchos casos, vinculadas
con lineamientos profesionales.
Una particularidad importante de la experiencia francesa
es la visibilidad pública del activismo por la temática
de Derechos Humanos del grupo frente a lo limitado de
su número. A esto se suma la importancia que los propios
militares le dieron a la ciudad con la presencia de
Astiz y la creación del Centro Piloto que tenía como
objetivo hacer un trabajo de sensibilización respecto
a Argentina y catastrar las denuncias internacionales
del terrorismo de Estado.
En cuanto a LOS EXILIADOS POLÍTICOS ARGENTINOS
EN BRASIL, Samatha Quadrat indicó que la marca
más importante fue la llegada a una dictadura. Entre
otras cosas, esto provocó que la gente no se inscribiera
en el consulado. Los exiliados entraban al país limítrofe
como turistas y cada seis meses debían renovar su visado
saliendo y entrando nuevamente al país. La presencia
del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los
Refugiados (ACNUR) en el Brasil nos permite saber que
hubo alrededor de 1500 personas que pasaron por allí.
Quadrat registra dos períodos respecto al momento de
llegada de exiliados a Brasil. El primero en la época
del Golpe de Estado de Onganía, durante los años 1964
a 1970 en los que llegaron sobre todo intelectuales
y profesionales. En el segundo momento del exilio, desde
1976, esto fue algo diferente. Brasil representaba el
espacio próximo al que se podía acceder sin pasaporte
y con poco dinero, estas marcas permiten el ingreso
de personas en situación de exilio pertenecientes a
la clase media y a los sectores bajos.
El país de acogida, Brasil, para el año 1976 iniciaba
su transición hacia la democracia. Para 1979 comienzan
a regresar los brasileros exiliados. Quadrat indica
además que la adhesión de las personas a las organizaciones
políticas a las que pertenecían en Argentina no perduraría,
y en este punto, se produjo una relación entre las personas
más allá de su militancia. De esta manera, se puede
decir que prevalecieron entonces los lazos afectivos
y los de solidaridad.
MILITANCIAS, MARCOS DE RECIBIMIENTO Y TRAYECTORIAS
PERSONALES
En Francia las organizaciones de exiliados eran varias.
Tres de ellas recibían personas con diferentes trayectorias
de militancia mientras que una cuarta se abocaba sólo
a las víctimas. Además, había otras que sólo trabajan
dentro de los lineamientos dados por sus diversas profesiones.
A pesar de la variedad de organizaciones, todas tuvieron
prácticas similares que estaban, por lo general, ligadas
a la denuncia de las violaciones a los derechos humanos
que tenían lugar en Argentina. Generalmente, los conflictos
políticos no llegaban al espacio público sino que eran
tratados puertas adentro. Con la disolución
de las organizaciones de origen se fue diluyendo la
trama política anterior.
Paralelamente, la visibilidad del tema de los derechos
humanos iba creciendo. Si en un principio de la década
de los 80 la adscripción al discurso de Derechos Humanos
sería una estrategia dentro de las luchas de los exiliados,
más adelante se convertiría en una identificación
del exilio. Así, se puede registrar un cambio de
la militancia desde las organizaciones políticas hacia
el mundo de los Derechos Humanos. Este nuevo lenguaje
se convirtió en el único que posibilitaba un vínculo
solidario con la sociedad francesa.
Ligado a lo anterior, fue necesario replantearse la
forma de presentación en el espacio público francés.
Al llegar a Francia se encontraron con un universo cultural
muy diferente al argentino porque la militancia en el
campo de los derechos humanos representaba la continuidad
de aquello en lo que sí se podían reconocer y sobre
lo cual era posible darse a sí mismos una continuidad
con lo que habían sido en su país. Esto permitía
sobrellevar la situación de exilio y aquietar el sentimiento
de culpa que tenían por seguir vivos, por haberse ido
o por estar mejor que los que estaban en Argentina.
La construcción de una idea de continuidad les permitía
sentirse útiles dentro del contexto de desestructuración
que significa el exilio. En lo referido a la relación
de los exiliados con su nación, es necesario tener en
cuenta el surgimiento de los organismos de derechos
humanos en Argentina como los únicos que persistían
en la resistencia antidictatorial. Por ende, hacer sus
prácticas visibles como continuación de las luchas de
las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina garantizaba
una vía de comunicación.
En Brasil se identifica una mixtura de organizaciones.
La militancia se convierte en solidaridad: los lazos
subterráneos e invisibles con aquellos que iban llegando
o pasaban. Era otra forma de militancia que carecía
de publicaciones o documentos. Los esfuerzos estaban
dados para poder sobrevivir, cosa que no era fácil.
Pese a ello, la integración de los exiliados se dio
rápidamente. El tema del sentimiento de culpa aparece
con menos fuerza en la experiencia del exilio brasilero.
En ciertos casos la militancia fue a volcarse hacia
el movimiento feminista que habilitaba una transformación
dentro del proyecto político.
En Cataluña la mayoría de los exiliados no continuaron
militando. Sin embargo, para los que lo intentaron,
militar era una forma de articular la propia historia
y recuperar la vida fracturada. En el caso catalán,
tampoco se trató de líderes de las organizaciones quienes
eligieron exiliarse allí. Los líderes eligieron Madrid.
Existía una articulación y convivencia entre personas
cuyas trayectorias de militancia previa habían sido
diferentes en Argentina. Solamente cuando se comienza
a visualizar el fin de la dictadura se comienza también
a reafirmar las identidades políticas previas, sobre
todo desde el peronismo y su corriente renovadora.
Por otro lado, también existió una integración de argentinos
a los partidos políticos catalanes, y algunos fueron
integrados como profesionales o como cuadros políticos.
Hubo además militancia dentro del marco de la lucha
por fines humanitarios. Por su parte, la casa Argentina
en Cataluña se pensó como un espacio para "salvar la
nostalgia", pero pronto los argentinos allí definen
que al ser exiliados a causa de la represión en el país,
la lucha antidictatorial tenía que tener un lugar importante
en la casa. A causa de esta primera definición algunos
de los miembros se alejan.
La importancia y vigencia del discurso de Derechos Humanos
se impone a los exiliados en Cataluña debido a diferentes
causas, pero la visita de la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos /CIDH a Argentina define la denuncia
a la dictadura y el intento por salvar víctimas como
los mandatos centrales de la militancia. Las fuerzas
políticas catalanas luchaban por la autodeterminación,
y sólo se solidarizaban con causas unitarias y humanitarias,
no partidarias. Los exiliados chilenos y uruguayos,
que habían llegado antes, ya estaban militando de este
modo; se elige la apropiación de un lenguaje en sintonía
con la retórica del de Madres de Plaza de Mayo.
En este contexto es necesario plantearse una pregunta:
¿esta discursividad montada sobre el tema de los derechos
humanos respondió sólo a un esfuerzo estratégico? Quizá
también haya servido para pensar las propias trayectorias
y para explicitar los alcances de la derrota. Con la
guerra de Malvinas esta tensión hace eclosión y un nuevo
giro histórico deja abierto otro interrogante: ¿se trataba
de una conversión profunda o de un paso táctico? Los
resabios del franquismo se explicitan en términos muy
concretos: el estatuto del refugiado (que era de 1978)
se reglamenta recién en el año 1984. Cuando comienzan
a llegar mayoritariamente los exiliados argentinos a
Cataluña, Francisco Franco en ese entonces estaba "tibio
en el cajón" y la transición termina en el año 1981.
Coincidían en los barcos que iban a Cataluña los exiliados
argentinos con catalanes republicanos que regresaban
a un país en el que se vivían las luchas por la libertad
política y por la autonomía.
Notas
Silvina Jensen es doctora en Historia (Universidad
Autónoma de Barcelona). Es autora de La huida
del horror no fue olvido. El exilio político
argentino en Cataluña (1976-1983) y compiló
junto a Pablo Yankelevich el libro Exilios. Destinos
y experiencias bajo la dictadura miliar, de próxima
aparición.
Samantha Quadrat es profesora de Historia de América
de la Universidade Federal Fluminense (Niterôi-
Río de Janeiro- Brasil). Es investigadora del
Núcleo de Estudios Contemporáneos de la
misma universidad. Trabaja actualmente en el proyecto
“O exilio argentino no Brasil ditatorial”.
Marina Franco es doctora en Historia de la Universidad
de París 7 y de la Universidad de Buenos Aires.
Investigadora y docente del Centro de Estudios Latinoamericanos
de la Universidad Nacional de San Martín. Co-editora
con Florencia Levín de Historia reciente. Problemas
y desafíos para un campo en construcción.
Es autora de Un océano tan breve. Los emigrados
políticos argentinos en Francia (1973-1983),
actualmente en prensa.
Perú
2007. Notas de viaje
Texto: Susana Kaufman
Fotos: Elizabeth Jelin
Una visita compartida con Elizabeth Jelin a varias ciudades
peruanas en mayo de este año, nos contactó con diversos
proyectos en los que se reconstruyen memorias acerca
de la historia reciente en ese país. Una de esas experiencias,
de la que ya teníamos noticias periodísticas y trabajos
académicos, es la construcción de un memorial destinado
a recordar las víctimas de la lucha y de las violencias
que atravesó Perú durante las últimas dos décadas y
cuyas marcas y consecuencias están muy vívidas y presentes
en la sociedad peruana actual.
EL OJO QUE LLORA
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Acompañados
por Carlos Iván Degregori, antropólogo y miembro de
la reciente Comisión de la Verdad y Reconciliación del
Perú, fuimos a conocer el memorial. Situado en Campo
de Marte, un predio del barrio limeño de Jesús María,
entre áreas de paseo, deportes y juegos infantiles,
sin cercado e integrado al espacio general, nos encontramos
con "El ojo que llora".
Es necesario destacar el nos encontramos porque
es una manera de hacer referencia al modo de acceder
a ese espacio. Sin señales que indiquen el lugar, la
caminata de búsqueda lleva a la zona atravesando lugares
típicos de plaza y recreación. Al acercarnos, la escena
cambia súbitamente. Los ruidos de niños y pasantes se
alejan para dar paso a un escenario de clima silencioso,
sereno. Entrar al memorial es entrar en un espacio sobrecogedor.
Diseñado por Lika Mutal, escultora radicada hace varias
décadas en el país, "El ojo que llora" es una obra en
forma de laberinto en cuyo centro se encuentra una piedra
de alrededor de un metro de altura y de volumen contundente
con otra más pequeña inserta, de la cual vierte una
caída de agua permanente que representa una lágrima.
Rodeando ese centro, un sendero permite recorrer circuitos
formados por pequeñas piedras de cantos rodados con
inscripciones de nombres y fechas. Alrededor de 30.000
piedras dan testimonio de la muerte y desaparición de
las víctimas de la violencia.
El conjunto permite una mirada panorámica impactante,
invita a recorrerlo y se hace más personalizado cuando
la vista se dirige a cada una de las inscripciones.
Fechas, identidades y edades nos acercan a la historia
concreta de cada sujeto de la violencia vivida. Escenario
general y pequeñas señas de historias de vidas individuales
tornan la visita muy conmovedora e invitan a la reflexión.
A través de conversaciones con colegas y de lecturas
de algunos artículos en estos dos últimos años, la sensación
es que este memorial se ha convertido en centro de miradas
críticas, en objeto de debate y de conflicto al punto
de cuestionar la viabilidad de su existencia.
La polémica toma diversos perfiles y lenguajes, algunos
laterales a la temática política y otros más frontales.
Hay quienes plantean un argumento de protección ecológica
argumentando que esta construcción viola leyes de uso
de áreas verdes e intangibles, pero las críticas que
dan en el corazón de las diferencias ideológicas son
las que rechazan el haber incluido los nombres de senderistas
entre las inscripciones de los cantos rodados, bajo
el argumento inaceptable de juntar víctimas y victimarios.
La pugna de sectores, la iniciativa de juntar a afectados,
sin diferenciar a los senderistas, de reciente inclusión,
de las otras víctimas, divide las aguas y polariza opiniones
entre quienes sostienen que las víctimas no deben equipararse
y cuestionan la noción misma de quienes son considerados
de esta manera.
Qué historia y a quiénes hay que recordar, quiénes son
las víctimas, los culpables y los inocentes son las
preguntas a las que invitan los planteos acerca de este
"lugar de memoria". La visita al memorial, nos enfrenta,
a través de un proyecto estético, a un debate actual
sobre el que vale la pena seguir pensando.
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LIBROS
Wieviorka, Annette, Auschwitz, 60 ans après,
París, Robert Laffont, 2005. Auschwitz,
más allá del símbolo.
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| Por
Claudia Feld |
Pasaron
más de 60 años desde que Auschwitz dejó de funcionar como
campo de concentración y exterminio, pero el sitio sigue
allí, en su materialidad contundente, para mostrar lo
que allí pasó. Desde 1947 convertido en museo, el complejo
Auschwitz-Birkenau recibe cada año a miles de personas
de todas las nacionalidades, especialmente a estudiantes.
Más de 25 millones de visitantes lo recorrieron desde
su inauguración.
La historiadora francesa Annette Wieviorka constata una
vez más que, 60 años después de su liberación, Auschwitz
se ha transformado en símbolo, y sentencia que "se ha
erigido casi en un concepto, el del mal absoluto". Su
significación abarca y, al mismo tiempo, excede lo que
puntualmente sucedió allí: es el término emblemático para
referirse a la Shoah, el sitio para enseñar a los adolescentes
en qué consistieron los crímenes del nazismo, el lugar
para recordar a las víctimas y homenajear a los mártires,
pero también -en la Europa unificada- es el espacio elegido
por los Estados de los distintos países para expresar
su propósito de que aquello no ocurra nunca más.
Wieviorka señala la paradoja que esto implica: "todos
estos usos -respetables e incluso útiles- han hecho de
Auschwitz y de Auschwitz-Birkenau lugares ampliamente
ilegibles". El sitio está allí como una advertencia para
que nunca más ocurra "aquello", sin que el "aquello" de
Auschwitz-Birkenau, "saturado de moral", se haya cargado
de saber histórico.
Este es, por lo tanto, el objetivo del libro: otorgar
saber histórico a ese símbolo y aportar los elementos
necesarios para generar una mayor "legibilidad" de ese
espacio. La historia de Auschwitz, afirma Wieviorka, involucra
dos historias sucesivas: la primera, escrita durante la
Segunda Guerra Mundial, es la del cautiverio y asesinato
de hombres, mujeres y niños venidos de toda Europa; la
segunda es la "de un lugar de memoria encarnado en un
museo que depende del Estado polaco y cuyas significaciones
han sido y son el objeto de combates por la memoria".
Para presentar esta doble historia, el texto se vale de
una estructura que establece, permanentemente, una ida
y vuelta "entre, por una parte, lo que hoy es el sitio
del campo y sus incesantes transformaciones, y por otra
parte los acontecimientos que allí se desarrollaron".
Este es un primer gran mérito del libro de Wieviorka:
narrar, con una línea argumental clara y una gran cantidad
de fuentes, la historia del complejo Auschwitz-Birkenau
y su rol en las diversas matanzas perpetradas por el nazismo,
y relatar simultáneamente la historia del museo, es decir,
de los diversos proyectos y acciones destinados a transformar
ese lugar en un sitio de conmemoración.
Otro logro es el de echar luz sobre la complejidad de
esa historia. Más allá de la llaneza del símbolo, de la
equivalencia automática entre los términos (Auschwitz
= Shoah = Mal absoluto), Wieviorka pone a descubierto
una trama compleja en la que se superponen y entran en
relación (e incluso en conflicto) diversos acontecimientos,
múltiples interpretaciones y proyectos conmemorativos
bien diferentes.
Para ello, la autora traza una por una las etapas que
van desde la "prehistoria" del campo, levantado como centro
de migrantes en la Polonia de 1910, hasta su liberación
en 1945. Al hacerlo, examina un proceso que implicó la
construcción constante de edificios e instalaciones, con
funciones diversas, concretado a medida que el horror
nazi se extendía y cobraba nuevas víctimas. Auschwitz
fue concebido como un campo de concentración destinado
a reprimir a la población polaca luego de la invasión
del ejército alemán (1939); sirvió como lugar de aniquilamiento
-a través del trabajo esclavo- para alrededor de 15.000
prisioneros de guerra soviéticos, entre octubre de 1941
y mediados de 1942; contuvo un campo de gitanos que albergó
a 21.000 hombres, mujeres y niños, muertos de hambre y
de tifus antes de ser definitivamente gaseados en 1944;
y sirvió como pieza clave para el exterminio de los judíos
de Europa a través de la construcción de cinco cámaras
de gas-crematorios, a partir de 1941, en Birkenau.
La relación entre el sistema concentracionario y el sistema
económico de la Alemania nazi se analiza a través del
funcionamiento de la fábrica de caucho de IG Farben -descripta
por Primo Levi en su testimonio- , que desde 1941 formó
parte de las instalaciones del complejo Auschwitz-Birkenau.
También se dedica un capítulo a la construcción de Birkenau,
que en su última etapa llegó a abarcar 170 hectáreas rodeadas
de 16 kilómetros de alambres de púas: contenía 300 barracas
para todos los usos (habitaciones, letrinas, lavabos,
cocinas, depósitos), 13 kilómetros de fosas de drenaje
y más de 12 kilómetros de rutas. Birkenau albergó el campo
de concentración para mujeres judías, además del campo
para gitanos. E incluyó inmensos galpones donde se guardaban
las pertenencias arrancadas a los judíos exterminados.
Allí, en Birkenau, dice Wieviorka, casi no quedan huellas
visibles "salvo la extensión, única indicación de su desmesura".
El texto examina el rol que tuvo el lugar en la denominada
"Solución Final": en ese lugar fueron asesinados un millón
de judíos. Si bien el destino de los judíos fue diferente
al de otros grupos recluidos (sólo ellos, afirma Wieviorka,
eran conducidos a la cámara de gas desde su arribo al
campo), no fueron los únicos que encontraron la muerte
en Auschwitz-Birkenau.
Esta diversidad de víctimas genera, desde la inauguración
del museo, una de las mayores disputas acerca de los sentidos
y las maneras de preparar el sitio para la rememoración.
En 1947, Auschwitz fue transformado en un museo destinado
a "conmemorar el martirologio de la nación polaca y de
otras naciones". En ese primer momento, señala Wieviorka,
la confusión sobre las víctimas y los crímenes era considerable:
no sólo se hablaba en términos vagos acerca de la identidad
de los asesinados, sino que además un crematorio instalado
en Auschwitz I (y no Birkenau) que nunca funcionó como
cámara de gas fue transformado en el sitio puntual donde
se narraba el exterminio. Estas disputas por la memoria
son también de corte político: durante años, en el marco
de la guerra fría, la "concepción antifascista-internacional"
del museo puso el acento en "la Resistencia, la solidaridad
entre los internos, de todas nacionalidades, y ocultó
la identidad de las víctimas, en particular judías, pero
también gitanas o incluso polacos miembros del Ejército
del Interior (la organización de resistencia nacional,
no comunista)". En los años '80, este panorama cambió
drásticamente: a mediados de esa década se enfrentaron
"violenta y públicamente la memoria judía y la memoria
polaca, comunista y sobre todo católica". Esta pugna es
estudiada por Wieviorka a través de los diversos proyectos
de monumentos, marcas y conmemoraciones destinados a rendir
homenaje a las víctimas.
El libro, finalmente, recorre con la misma lucidez otras
polémicas no menos sustanciales: la disputa acerca del
relato que sirve como hilo conductor para la visita del
museo (¿se trata de contar lo que sucedió o de homenajear
a las víctimas?, ¿es una narrativa "pedagógica" o un relato
de conmemoración?), la pregunta acerca de la intervención
en el sitio para convertirlo en museo (¿se trata de reconstruir
lo que había allí o de dejar lo que quedó?, ¿de conservar
o de museificar?), y el delicado problema acerca de cómo
tratar los restos humanos (¿deben exponerse los cabellos
humanos como cualquier otro objeto del museo?).
Arduas y dolorosas, estas polémicas analizadas por Wieviorka
aportan una riqueza significativa a los debates que, en
los últimos años, se han generado en la Argentina en torno
a la creación de museos de la memoria en los sitios donde
fue perpetrado el horror.
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LIBROS
Negroni, María, La Anunciación.
Buenos Aires: Seix Barral, 2007
Una rara voz de la memoria.
|
| Por
Miguel Dalmaroni |
La
Anunciación, el último libro de María Negroni,
interviene en el territorio de los trabajos narrativos
de la memoria de un modo que hay que calificar de extraordinario
o, si se quiere, raro. Sin reducir esa labor de la ficción
a un par de dispositivos, es posible no obstante comenzar
a razonarla en torno de la voz de la narración que inventa
Negroni y de la puesta en fuga del tópico del "museo"
que se cursa en el relato.
Interrumpiendo el hilo de una primera persona femenina
que no puede asimilar la pérdida de su compañero desaparecido,
esta novela narra partes de la experiencia de los jóvenes
militantes del peronismo revolucionario de los años
setenta. Lo hace en los tonos más directos y francos:
brutales. Por ejemplo, el triunfalismo autoritario y
militarista de Montoneros resulta expuesto a la vez
con erudición etnolingüística, diríamos, y con el efecto
crítico más extremo que proveen las flexiones absurdas,
grotescas y negras de una red intertextual más o menos
identificable en la biblioteca de Negroni.
Hasta allí, sin embargo, poco y nada se explica acerca
del efecto que el relato tienta producir, esto es, el
de mantenernos ajenos a la repugnancia ante su falta
de restricción moral, un dilema que afectó a buena parte
de la ficción literaria argentina que intentó narrar
la experiencia extrema de la violencia política y la
dictadura. Porque el efecto se produce en la novela
de Negroni por la voz irresponsable que da el tono predominante:
la voz de la crueldad no deliberada de la infancia.
Las subjetividades que podrían resultarnos verosímiles
y aceptables como portadoras de la gravedad de lo que
se narra y se dice en el relato (digamos, las voces
adultas) están casi suprimidas, y han sido
reemplazadas por la desubjetividad de un grupo de niños
que, en un registro entre fantástico y costumbrista,
actúan la consecuencia ingobernable de la inocencia:
la impunidad. Esa conjunción, entonces, es única
-retomar ese tema, esa experiencia, en un registro,
una estética y un repertorio como esos-, porque por
ella se efectúa una desideologización corporalista de
la memoria, la temeridad de representar en un cuerpo-voz
aniñado (drásticamente echado hacia atrás) todo lo pasado
y memorable, la entrega compulsiva a un estado de habla
pre-subjetivo que nos empuja fuera de los órdenes de
mundo con que se toca todo el tiempo y que pone en fuga
hacia la incertidumbre (para el caso, fuera de las codificaciones
de esa "literatura de las virtudes" a que se ha referido
Rossana Nofal para caracterizar ciertas memorias narrativas
de la militancia revolucionaria de los 70).
Utilizando los términos figurados sobre los que ha insistido
la obra de Negroni desde mucho antes de esta novela,
en La Anunciación lo que supiésemos acerca
de lo sucedido ha sido abandonado y reemplazado por
su efectuación no sabida -es decir, la memoria como
saldo y patrimonio ha cedido su lugar a la memoria como
poesía ("la poesía -ha escrito Negroni- es una epistemología
del no saber": más una actuación del acontecimiento
que su representación por relato). Por supuesto que
el recurso juega, a la vez, su valencia irónica, crítica
en un sentido bien clásico de la palabra: Negroni, que
ha estudiado en el gótico y en la poesía la cara atroz
de la inocencia infantil, profiere así una mordacidad
herida, una mordacidad de humor serio contra los horrores
del infantilismo político.
El tono entonces, la respiración del vínculo de la novela
con los 70, está regida por una especie de célula delirante
que forman los personajes niños: "el ansia", "lo desconocido",
"la palabra casa", "Nadie", "la Voluntad", "mi vida
privada", "el alma", voces infantiles que son parientas
directas de la tradición que la propia Negroni reescribió
a fines de los 90 en su ensayo Museo negro (una teoría
poética sobre la tradición del gótico protagonizada
-cree Negroni- por poetas-niños, siniestros dolientes
que descoleccionan el mundo: Alicia, los hermanitos
de Otra vuelta de tuerca, pero también Drácula, el Nemo
de Verne, Dorian Grey o la sangrienta condesa Bathory).
Así, por una parte, la prolífica inclusión de restos
coloquiales, oratorios o panfletarios de las retóricas
del combate setentista exhibe un museo dialectal de
la revolución y lo des-museifica, lo desordena (porque
lo inventa anterior a las morales obligatorias con que
suele entregárnoslo, naturalizado, cierto sentido común
político, y porque -en una escala más drástica- lo inventa
ajeno a la Razón realista). Por otra parte, la protagonista
podrá hacer del trauma que la arrasa algo diferente
a la pura cárcel de su yo en que parece confinada: una
y otra vez se encontrará con las pistas aleatorias del
ubicuo monje Athanasius, quien viene descomponiendo
los órdenes de mundo que la civilización se empeña en
fijar. Desde 1646, Athanasius se ocupa de poblar su
"Museo del Mundo", un anti-catálogo, cambalache o feria
interminable de todos los recorridos posibles de "la
realidad" concebida, fuera de toda coordenada disponible,
como "un ansia infinita". La arquitectura misma de la
novela de Negroni compone ese modo acrónico y desclasificatorio
de la memoria, que la escritora ya había probado en
las estampas de su Buenos Aires Tour: Menos sucesión
narrada, que poema en prosa hecho ahí presente, una
acumulación inacabada de los acontecimientos del deseo
que nunca escamotea su interminable lado oscuro.
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1
Me referí a esta cuestión en el último
capítulo de La palabra justa. Literatura, crítica
y memoria en la Argentina (1960-2002), Santiago de Chile:
RIL-Melusina, 2004
(hay versión en francés de Annick Louis
en
www.vox-poetica.org/t/dalmaroni.html ).
2 Buenos Aires: Norma, 1999, col. “La
pequeña biblioteca”.
3 México: Editorial Aldus-CONACULTA
y FONCA, 2006.
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 |
LIBROS
Paredero, Hugo, Buenos Aires: Libros del
Zorzal, 2007.
¿Cómo es un recuerdo?. La dictadura
contada por los chicos que la vivieron.
Manual de instrucciones para contar el
cuento de la dictadura.
|
| Por
Rossana Nofal |
"Había una vez un país llamado República Argentina.
El 24 de marzo de 1976 unos señores de gorra se pusieron
a gobernarlo"
"Uno tiene su mundo. Otro tiene el suyo. Todos saben que
un día Uno y Otro se encontraron". Así comienza su historia
María Wernicke y abre la puerta a pensar dónde pueden
encontrarse las modulaciones de lo opuesto: lo alto y
lo bajo, lo lejano y lo próximo, lo blanco y lo negro,
lo bueno y lo malo. En esta misma sintonía, Hugo Paredero
inicia su escritura con una pregunta provocativa. Su libro
circula por lugares extraños y nuevos; su respiración
va transitando en la lúdica construcción de respuestas
móviles.
El recuerdo, como el olor, asalta, incluso, cuando nadie
lo llama. "El libro que vas a leer nació la noche del
10 de diciembre de 1983"… en un restaurante de Palermo.
Las ventanas estaban abiertas y los visitantes eran espectadores
del festejo callejero por el retorno de la democracia.
Desde las magdalenas de Proust a los sabores de las distintas
comidas de esa noche, el autor va coleccionando voces
infantiles y sus modulaciones para contar el cuento de
la dictadura. Un cuento sin miedo que va llegando de cualquier
lugar para instalarse en el centro de la ronda que ilustra
la tapa y que abre el juego escriturario. La inscripción
es de Federico Salcedo que juega con figuras humanas y
sus sombras. En los espacios vacíos borra a las personas
y deja sólo las sombras de quienes ya no están, un espacio
invisible sobre el fondo blanco, un silencio audible para
hablar de las víctimas. La silueta del desaparecido se
dibuja con recuerdos prestados, con fragmentos y restos
contados por muchos chicos. Se trata de voces ajenas,
voces que no se visitan con frecuencia, que ocupan la
zona de lo menor dentro de una lengua mayor. Con la mediación
del lugar de autor y los préstamos de una escritura, este
grupo ecléctico cuenta la historia a su manera, a la ronda,
con este sí, con este no.
La primera pregunta tiene dos autores de entre 6 y 7 años;
estas palabras inquietantes se convierten en un poderoso
motor para una búsqueda y en la primera anotación del
libro por venir. Paredero transcribe, cuidadosamente,
la inauguración de un lenguaje nuevo para identificar
a los personajes del relato: unos señores de gorra.
-¿Por qué tanta gente se puso contenta de golpe?
-Porque vino la democracia…
-¿Y si les gustaba tanto entonces por qué no la trajeron
antes?
-Porque parece que tuvieron que negociarla muuucho tiempo
con los señores de gorra.
-¡Ah sí, ya sé, los malos! Y siguieron observando en silencio,
precavidos.
Los malos tienen trazos muy nítidos, sin embargo, el relato
se mueve en los tonos grises. Una narración muy cuidadosa
escapa de las modulaciones heroicas dominantes; tampoco
construye mundos binarios en términos de héroes y traidores.
Busca nuevas escuchas. La primera ilustración de Nicolás
Arispe muestra una puerta que se abre y un torso humano
que entra, con uniforme militar, banda presidencial y
zapatillas. Esos observadores silenciosos y cautelosos
toman la palabra pública y dicen lo que ellos piensan
que pasó: "La historia de la dictadura (¿cívico militar?)"
contada exclusivamente por chicos. En 1984 el autor entrevistó
a 150 niños entre 5 y 12 años. El proyecto inicial se
abre por sus extremos, se dispara, se desborda. Paredero
sale a buscar chicos de distintos barrios de la Capital
Federal, del Gran Buenos Aires, de distintas provincias
y sus ciudades: San Juan, Córdoba, Jujuy, Corrientes.
"Empecé entrevistando a hijos de amigos, de vecinos, de
parientes… seguí con hijos de parientes de vecinos, de
amigos de compañeros de trabajo… después desconocidos".
De lo próximo a lo lejano, de distintas clases sociales,
historias, géneros, los chicos del libro arman un coro
plural y se niegan a una clasificación lineal. El autor
construye una "vista del pasado" (Sarlo: 2005, 13) expuesta
a cruces ideológicos múltiples, instalada siempre en un
espacio paradojal en el que los enunciados no pueden evaluarse
en términos de verdaderos o falsos.
Las "vistas del pasado" son construcciones y esta condición
las expone a distintos cruces ideológicos. La imaginación
y la realidad conviven en un mismo territorio, sin líneas
divisorias y considerando nuevos márgenes en donde la
verdad es verdad de cada uno de los chicos. Frente a la
palabra de sus otros, frente a un elenco multitudinario
convocado para contar la historia, el autor elige la transcripción
de lo que los chicos dicen, conserva el ritmo de su partitura
y la sonoridad de las palabras. La idea de "presentar
la voz del otro", durante mucho tiempo asumida como algo
legítimo e incuestionable, está demasiado cerca de la
apropiación indebida. Paredero considera que el testimonio
representa una reacción genuina y espontánea de sujetos
multiformes y populares. Construye totalidades contradictorias,
una suma sin restas donde lo diverso se piensa sin mecanismos
de subordinación.
Estaba gobernando una presidenta medio civil, pero vinieron
los militares, hicieron un golpe, y a partir de ahí hasta
el 10 de diciembre del 83 estuvieron totalmente dedicados
a la gobernación y matanza de gente. (Sergio, 11 años,
p. 13)
A mí me gustaban con la gorra que usaban, quedaban lindos.
(Laura, 9 años, p. 14)
No sé por qué pero no me gusta el modo de trabajar de
los militares. Yo no quisiera que cuando tenga esposo
sea militar. Si lo obligan a ser militar unos días, que
lo haga, pero yo no lo quisiera así todo el tiempo. (Patricia,
6 años, p. 14)
Mi papá es militar, pero los gobiernos no tendrían que
ser militares. Tendrían que ser civiles, o sea, del pueblo.
(Sebastián, 11 años, p. 15)
¿Qué pasa cuando se abre el corral de la infancia y los
chicos toman la palabra? Se alterna las posiciones pre-establecidas
y se detienen los lectores terribles. El relato circula
por un espacio diferente más allá del mandato familiar
o de los discursos canónicos para narrar la dictadura.
Los chicos no necesitan legitimaciones para hablar, simplemente
hablan y la construcción narrativa simula una retórica
de la espontaneidad.
Es lindo ser militar. Es lindo porque el uniforme
es verde, y además hay un colectivo que nos lleva y nos
trae a la escuela y le dicen el colectivo verde. (Silvana,
9 años, p.15)
¿Señores de gorra? Me parece gracioso el nombre pero no
sé quiénes son. Como yo era chiquito no podía opinar bien,
lo único que me acuerdo es que con mi hermana peleábamos
porque ella decía que era mejor Bussi y yo decía que era
mejor Videla. (Sebastián, 11 años, p. 17)
Al final se presenta la lista de todos los participantes,
su nombre, su edad, su lugar y el presente en el que están
al momento de la publicación del libro. Han pasado 23
años desde las primeras entrevistas. El primer manuscrito
no encontró un editor, "las heridas son recientes" decían.
Los hacedores de esta empresa son Octavio y Leopoldo Kulesz,
filósofo y matemático respectivamente, que reconocen la
voz radial de aquel periodista que los entrevistó en su
casa, hace mucho tiempo. Sólo había respondido el de 7
años, "el otro también quería pero se lo impidieron porque
se pasaba por un año: tenía 13". Entonces se reencontraron
y se asociaron para cumplir un viejo sueño. La historia
del libro ilumina una nueva experiencia de la transmisión
entre generaciones como un camino posible en la construcción
de narrativas sobre la dictadura. La pregunta y la respuesta
en un espacio privado y la apropiación, mucho tiempo después
del espacio público abren un nuevo interrogante sobre
cómo son los recuerdos y su vinculación con el presente.
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Bibliografía
Beatriz Sarlo. 2005. Tiempo pasado. Cultura de la
memoria y giro subjetivo. Una discusión. Buenos Aires:
Siglo XXI. María Wernicke. 2006. Uno y otro.
Buenos Aires: Calibroscopio.
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PELÍCULAS
M
Género: Documental
Dirección: Nicolás Prividera
Guión: Nicolás Prividera
Intérpretes: Nicolás Prividera, Guido
Prividera
Fotografía: Nicolás Prividera, Carla
Stella, Josefina Semilla
Montaje: Malu Herdt
Origen: Argentina (2007)
Duración: 140 minutos
|
| Por
Teresa Cáceres y María Eugenia
Mendizábal |
Marta
Sierra trabajaba en el INTA de Castelar. Alfabetizaba
en una escuela. El 30 de marzo de 1976 la secuestraron.
Hasta hoy no hay noticias de su ingreso a ningún centro
clandestino de detención. Al momento del secuestro,
Marta tenía dos hijos: Guido, de 2 meses y Nicolás,
de 6 años. Y es precisamente este segundo hijo el autor
de un documental que reconstruye su deambular buscando
rastros de su madre detenida-desaparecida.
Nicolás se filma a sí mismo en diálogo con su familia
y con múltiples interlocutores que, imagina, pueden
guiarlo en una búsqueda que lleva más de treinta años
y sigue siendo urgente: qué saben aquellos que rodearon
a Marta, por qué piensan que la secuestraron. Quiere
saber qué hacían en la institución donde ella trabajaba,
en la escuela de educación popular del INTA Castelar
y quiere saber cómo se reconstruye hoy su presencia
y su ausencia.
Prividera opta por entrar a la película como una voz
más, dejando fuera la voz en off clásica del formato
documental, y ubica sus reflexiones a la par de los
otros protagonistas. En entrevistas concedidas a distintos
medios electrónicos, Prividera indica que eligió conservar
en M un tono coral, en el que su voz no quiere imponerse
por sobre las otras. De todas formas, él no habla de
una renuncia al propio punto de vista: su presencia,
su búsqueda y el sentido personal que él da a ese trayecto
se expresa en su construcción del documental. Prividera
aparece en un doble nivel: en el hilvanado de la narración,
en la mirada general con la que construye la película
a partir de las piezas que fue acumulando; y por otro
lado como personaje y motor de la narración.
En este segundo nivel Nicolás, desde un lugar cargado
de enojo, se replantea críticamente todo lo que rodea
la desaparición de Marta. Curiosamente, el realizador
no se detendrá en los "victimarios" del hecho, sino
en aquellos que más cerca se encuentran, en la zona
gris que incluye a los compañeros de trabajo, los compañeros
de militancia, las organizaciones estatales y ONGs que
concentran la información sobre las víctimas de la represión,
sus acciones, sus inacciones, sus inconsistencias, sus
dificultades para armar el rompecabezas (del que M/Marta/madre/montonera)
es una pieza. El papel irritante que cumple Nicolás
es el mismo papel que cumplió un monumento conmemorativo
de las víctimas del terrorismo de Estado ubicado en
ATE. Un funcionario le cuenta a Nicolás que el haz de
tubos que compone la escultura, tenía en el diseño un
tubo suelto. Pero que, en días de tormenta, ese tubo
hacía mucho ruido y por tanto lo soldaron. De todas
formas, afirma el interlocutor de Nicolás, aún hay un
pequeño ruido, pero es mucho más soportable. Nicolás
atraviesa la película, la ciudad, las instituciones,
los archivos -públicos y de las ONGs-. Se pregunta cómo
es posible que nadie le acerque la historia de su madre.
A los trabajadores del INTA les pregunta qué recuerdan
de ella. A los miembros del sindicato les pregunta cómo
componen sus listas de detenidos-desaparecidos.
Nicolás atraviesa tras la cámara o en frente de ella
los centros clandestinos recuperados: "Seré", la excavación
del "Atlético" y el ex "Olimpo"; enuncia que su enojo
es individual aunque él entiende que debería ser social
y compartido. Entonces plantea la vindicación de una
responsabilidad de Estado en el tema de los Derechos
Humanos.
M plantea una tensión constante
entre el "deber del ADN" -la posición protagónica de
Nicolás por "ser el hijo de Marta"- y la posición del
"deber social", posición que Nicolás considera, es la
que abre las puertas a la verdad y la justicia. En la
práctica, no obstante, es como familiar que logra reacciones,
aperturas, corrimientos o muros de silencio. En la película
lo dice: él no busca culpables, busca responsables.
También denuncia: para buscar información hay que hacer
esfuerzos personales. Cuando la consigue, es parcial,
no hay instancias centralizadoras y menos cruces entre
las distintas fuentes. Hay una sensación de absurdo
y de sin sentido en las secuencias primeras de la película,
cuando se acerca organismos oficiales: voy / pregunto
/ me derivan. Voy / pregunto / me explican que la información
no está.
Prividera, en esa zona gris de las responsabilidades
y en ese papel incómodo de cuestionador, se pregunta
por la responsabilidad civil. Con ese disparador el
autor va tejiendo una red que se hace extensa: se interroga
por los funcionarios estatales y de organizaciones no
gubernamentales de Derechos Humanos; se pregunta por
los compañeros de trabajo de su madre: qué hicieron,
qué dejaron de hacer, por qué hoy no quieren declarar,
por qué son tan elusivos en sus respuestas. En el INTA
parece que todos los que conocieron a Marta hubiesen
aguardado la llegada de Nicolás, la de su hermano y
a la cámara para comenzar a hablar, a unir los retazos
de recuerdos. Quienes conocieron a Marta la recuerdan
para sus hijos y la recuerdan para sí mismos. La búsqueda
de Marta por parte de Nicolás se convierte también para
los trabajadores del INTA en una instancia de reflexión
acerca de sus propias memorias y acerca de sí mismos.
La película termina con un acto público, cuando se le
agrega una placa con el nombre de Marta Sierra a un
pequeño pedestal que se erigía en la quinta del INTA
Castelar recordando en general a los compañeros detenidos-desaparecidos
pero sin sus nombres. Se realiza un acto en el que están
presentes varias personas entrevistadas por Nicolás.
Pero no están solos. Hay trabajadores jóvenes. Así,
la colocación de la placa por Marta es un momento institucional
que aglutina a personas de diferentes generaciones a
través de esa única búsqueda, la búsqueda de M, de Marta,
de Mamá. Se trata de un momento institucional sobre
el soporte de un emprendimiento solitario, urgente y
crítico de un hijo que al hacer su búsqueda también
funda el momento compartido de la pregunta, del diálogo,
de los encuentros, de los desencuentros postergados
y de la reflexión colectiva.
Marta en imágenes. Es sorprendente la profusión
de imágenes de Marta. La filmación aparece en la vida
de Nicolás desde pequeño, quizás el lenguaje audiovisual
le era cotidiano. El uso de las imágenes de Marta coloca
en mayor evidencia la desaparición: parece tan vívida,
tan real, y a la vez es tan desconocida. Cortes abruptos
de su imagen metaforizan su desaparición. De Marta no
sabemos nada, de Marta tenemos mil imágenes. De lo que
no hay imágenes, de lo que Nicolás no habla, es del
momento de la desaparición. El hecho es narrado por
otras voces, y nosotros, espectadores, sólo vemos un
televisor en Black Out. Las voces se superponen. No
hay imágenes.
Los testimonios. El argumento de la película
se construyó después de ser filmado. El autor construye
un archivo audiovisual de su búsqueda. Luego compuso
una narración. La base del documental es por un lado
la búsqueda de Nicolás y, por otro, las imágenes de
Marta y los testimonios. Estos últimos dejan en evidencia
la herida. Los relatos son elusivos: se afirma y se
niega constantemente. Algunos, los menos, hablan y remarcan
la urgencia de decir y de contar, casi como ejercicio
para no olvidar ni el más mínimo detalle. Pero son frases
como "no sé si me vas a entender" o "No sé cómo
explicarme", las que abundan y avanzan por un pantanoso
terreno de ocultamientos, de imposibilidad de hablar,
de inexistencia de palabras para expresar lo que "se
sabía. No preguntes cómo, pero se sabía".
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PELÍCULAS
La Ciudad de los Fotógrafos
Dirección: Sebastián Moreno.
Producción: Sebastián Moreno, Sebastián
Varela y Gonzalo Maza.
Guión: Claudia Barril, Nona Fernández
y Sebastián Moreno.
Dirección de Fotografía: David Bravo
y Sebastián Moreno.
Diseño de Sonido: Cristién Freund.
Festivales y Premios: International Documentary
Film Festival Amsterdam IDFA 06.
|
| Por
Teresa Cáceres |
Una caja de té y una voz en off. Sebastián Moreno nos
cuenta que su primera cámara fotográfica se la armó
su padre con una caja de té. Sebastián es hijo de José
Moreno, uno de los integrantes de la AFI (Asociación
de Fotógrafos Independientes), entidad creada en 1981
para, por un lado, abrir espacios de creación y por
otro, erigirse en un organismo de defensa de sus asociados:
portaban un carnet, presentaban recursos de amparo cuando
alguno era detenido, entre otras medidas. Las fotografías
que los integrantes de la AFI sacaron, tanto en las
protestas sociales -que se agudizaron en los años 80-
como en otras instancias, servían como documentación
de la represión, la violencia y las acciones más sangrientas
de la dictadura de Pinochet que los medios oficiales
silenciaban. Estas imágenes circulaban afuera de Chile,
en los medios de oposición que poco a poco comenzaron
a abrirse, y en exposiciones artísticas.
La narración de Moreno se trama a partir de entrevistas
con estos fotógrafos y en la trayectoria de algunas
de las fotos más emblemáticas de la historia reciente
chilena, tomadas por ellos. Recorre con los asociados
a la AFI el proceso de construcción de las imágenes:
unas casuales, otras muy pensadas. Acompaña a cada uno
en sus circuitos, sus luchas. La censura, las estrategias
para burlarla, la represión. El compromiso de los Fotógrafos
de la AFI en la lucha por la democracia, su trabajo.
Los registra en su reflexividad, en el ejercicio de
verse a sí mismos en relación con el horror: ¿cómo trabajarían
en democracia después de todo lo que han visto?, ¿estarán
acostumbrados ya a tanta violencia? Sebastián Moreno
también documenta el dolor que significó para ellos
la muerte de Rodrigo Rojas De Negri, miembro reciente
de la AFI, quemado por una patrulla militar durante
una jornada de protesta. Había llegado a Chile hacía
pocas semanas.
Moreno se centra en la importancia que dan los propios
fotógrafos a su trabajo: la cámara como un "arma" que
"disparaban" sobre las escenas de violencia, sobre las
huellas del dolor, para denunciar y dejaban en evidencia
lo que sucedía en Chile, pero también para resistir,
y para visualizar la resistencia chilena. Los fotógrafos
difundían las actividades de resistencia y las acciones
represivas a través de su oficio y su oficio acaso fuese
-también- en ese entonces, el enfrentar a la dictadura.
Moreno construye su relato entre el pasado y el presente:
el pasado de las imágenes, su contexto y su proceso
de construcción por un lado, con toda la carga política
y de lucha; el presente con el deambular de los actores
en los mismos escenarios en que muchas de las tomas
fueron hechas, con el compromiso afectivo que colocan
hoy a todo el trabajo, el período y las personas involucradas
en esas imágenes. Con su cámara, Moreno sigue a los
autores de determinadas fotos y los ubica en los mismos
lugares donde fueron capturadas las imágenes. Uno de
los muchos casos de este ejercicio es el que realizan
Alvaro Hoppe, y Moreno, con la foto de la marcha al
cementerio general junto a los restos del sacerdote
Andre Jarlan, asesinado por la bala de un policía en
La Victoria. Alvaro se ubica, como cuando "tomó" la
imagen y la cámara de Moreno funciona como el lente
fotográfico: vemos la foto con la muchedumbre del pasado,
y luego el espacio vacío del presente. El antes y el
después.
La ciudad de los fotógrafos es una película en
la que Moreno se encuentra con los amigos de su padre.
El acercamiento cálido entre entrevistador y entrevistados
impregna este recorrido, que es parte de la vida del
autor. En una entrevista que Moreno concedió a la periodista
Daniela Sirvent, de Chiloé Comunicaciones, señala que
"en La Ciudad de los Fotógrafos era necesario
sumergirse todo el tiempo, porque había que ir a buscar
ese pasado, escarbar en mi memoria emotiva. Yo tuve
que aprender a ver mis fotos de infancia y describir
todo lo que me pasaba, yo recapitulé mi vida entera.
Me di cuenta de que tenía penas que no conocía y más
encima me eché al hombro penas de otros. Fui como un
catalizador de muchas emociones". La película tiene
una doble calidad: afectiva y política, privada y pública.
Acompaña a los amigos de su padre y también acompaña
lugares, hechos y personas que jalonaron lo que fue
la "resistencia" a la dictadura en Chile.
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GINGKO.
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Elegimos
la hoja de Gingko, porque representa a un árbol
asociado a la vida y la memoria.
El gingko es el árbol más longevo del planeta,
sus hojas portan las marcas de una historia de sobrevivencia
a catástrofes, no solamente naturales. |
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