Querid@s Amig@s

Retomamos el contacto con ustedes enviándoles el número 16 del Boletín del Núcleo de Estudios sobre Memoria del IDES.

El Núcleo de Estudios sobre Memoria del Instituto de Desarrollo Económico y Social reúne a investigadores y docentes interesados en abordar, desde una perspectiva académica, los estudios sobre memoria con énfasis en el Cono Sur de América Latina. A través de sus diversas actividades, se propone contribuir a consolidar el campo de estudios sobre memoria y crear un ámbito de debate y encuentro para desarrollar investigaciones sobre esta problemática.

Nuestro Boletín busca poner a disposición de las personas interesadas la información sobre la producción artística y bibliográfica centrada en los temas de memoria. Nuestro principal objetivo es el de crear lazos entre investigadores e instituciones localizados en diversos puntos geográficos de la Argentina y del exterior.

Recibimos comentarios, consultas e informaciones en nuestra dirección electrónica: nucleomemoria@yahoo.com.ar

La preparación y publicación de este Boletín es una actividad realizada en el marco del proyecto "Memorias y elaboración del pasado reciente. Archivos, museos, imágenes y testimonios de la violencia política y la represión estatal", que cuenta con el apoyo financiero de la ANPCYT (05/33306).

Este número del Boletín fue editado por Rossana Nofal y María Eugenia Mendizábal. Las correcciones estuvieron a cargo de Mariana McLoughlin.

  CONTENIDO DE ESTE BOLETÍN

  PALABRAS INICIALES
Por Rossana Nofal


 

ACTIVIDADES DEL NÚCLEO DE ESTUDIOS SOBRE MEMORIA
Segundo Workshop Internacional de Investigadores jóvenes “La gravitación de la memoria: testimonios literarios, sociales e institucionales de las dictaduras en el Cono Sur”
Por Laura García
Las disputas de las memorias en los proyectos literarios
Por Miguel Dalmaroni
Jornadas sobre “Espacios, lugares y marcas territoriales”
Por Daniel Badenes y Luciana Messina

Reflexiones en torno a una intervención sobre los museos de Auschwitz-Birkenau y Gross Rosen
Por Nadia Tahir

 

 

COMENTARIOS

PELÍCULAS
Llegaron Los Turistas
Por María Eugenia Mendizábal

LIBROS
Claudia Feld y Jessica Stites Mor (compiladoras). El pasado que miramos. Memoria e imagen ante la historia reciente. Paidós, Buenos Aires, 2009.
Por Daniel Badenes


Gabriela Águila, Dictadura, represión y sociedad en Rosario, 1976/1983. Un estudio sobre la represión y los comportamientos sociales en dictadura, Buenos Aires, Prometeo, 2008, 363 páginas.

Por Luciano Alonso

RESEÑAS
Revista Questions de communication, série actes nº5, Université Paul Verlaine-Metz, 2008. Número especial : « Qualifier des lieux de détention et de massacre »
Por Máximo Badaró



  NOVEDADES BIBLIOGRÁFICAS
Material incorporado a la biblioteca del IDES relacionado a los temas de memoria
 


 
  PALABRAS INICIALES  

Por Rossana Nofal

“La relación entre espacio y tiempo, tal como se experimenta al viajar, tiene hasta hoy algo de ilusionista e ilusoria, por lo que cada vez que volvemos del extranjero, nunca sabemos si hemos estado realmente fuera”, dice Austerlitz, el personaje emblemático del desarraigo que inventa W. G. Sebald. El excursionista recorre una Europa envejecida y toma fotografías. Con una sensación de perplejidad, comienza a hablar partiendo siempre de la distracción. En los barracones de Tezerín, en el Mercado de Guantes de Amberes, en el interior de la fortaleza de Breendonk, o entre tres morteros de colores distintos y el organillo de miniatura busca el dato real que cuestiona el relato establecido.

Como en la novela de Sebald, la relación entre los espacios, las personas y sus desplazamientos son las claves de entrada a este nuevo Boletín de Núcleo de Estudios sobre Memorias del IDES. El equipo de trabajo vuelve a interrogarse sobre los lugares y los relatos que usamos para contarlos. Lo recordado por los autores en cada una de las ventanas del Boletín, cobra vida de nuevo en las lecturas de esta nueva colección.

Aquí nucleamos historias que vienen desde Tucumán, desde Buenos Aires, desde Rosario, desde París, desde Polonia y que nos generan la sensación de no saber, al salir de nuestros paisajes cotidianos, si hemos estado realmente fuera. Cuadros de figuras y modos de leer las memorias “anotadas” en los lugares nos hacen pensar en la necesitar de revisitar siempre la pedagogía de la memoria y sus formas de transmisión, volver a pensar en la constitución de los “emblemas de memoria” y en el mandato de historizar siempre la representación de los edificios transformados en figuras iconográficas del recuerdo.

Los trabajos de la memoria también suponen un trabajo sobre lo que no se sabe o sobre lo que no está. Inventario de huellas y de ausencias se involucran en cada uno de los conflictos que expone el Boletín. En su diario de viaje sobre “el recorrido que hice en el campo de Auschwitz-Birkenau”, Nadia Tahir desde París nos provoca cuando su escritura ilumina lo que falta en la pretensión de totalidad: la casi ausencia de “personas” en el campo. Escribe sobre la incomodidad durante las visitas pero que se puso en evidencia al relatar la experiencia en distintas provincias de Argentina.

Distancia, experiencia y relato organizan los puntos explicativos de la conceptualización del espacio. Las memorias y sus narrativas nos interpelan cada vez que pensamos en cómo organizar los “cuentos” sobre una memoria herida. Películas, libros, relatos de turistas, fotos, postales, fragmentos de historias se organizan en una mesa de trabajo con las cuestiones pendientes del campo de estudios y con las tradiciones epistemológicas de esas cuestiones.

“Nuestra dedicación a la historia, según la tesis de Hilary, era una dedicación a imágenes prefabricadas, grabadas ya en el interior de nuestras mentes, a las que no hacemos más que mirar mientras la verdad se encuentra en otra parte, en algún apartado todavía no descubierto por nadie”, anota Sebald en Austerlitz. El presente Boletín buscamos actualizar la necesidad de seguir pensando en modelos dialógicos y múltiples. Interpela también sobre la necesidad de considerar la mirada de un investigador implicado en su objeto. Como señala Miguel Dalmaroni, “lo que importa no es cuál es el ‘modelo teórico’, la procedencia ‘disciplinaria’ de un trabajo crítico, ni sus elecciones retóricas ni de estilo. Lo que importa es algo así como eso que antes llamábamos la verdad”. Verdad que nos interpela nuevamente sobre la materialidad de los recuerdos y sobre la legitimidad de las palabras los nombran.

 

 

 
ACTIVIDADES DEL NÚCLEO DE ESTUDIOS SOBRE MEMORIA


Segundo Workshop Internacional de Investigadores jóvenes “La gravitación de la memoria: testimonios literarios, sociales e institucionales de las dictaduras en el Cono Sur”

Por Laura García


El segundo Workshop Internacional de Investigadores jóvenes “La gravitación de la memoria: testimonios literarios, sociales e institucionales de las dictaduras en el Cono Sur” se realizó en el Museo de la Universidad Nacional de Tucumán del 27 al 29 de abril. El encuentro anterior se había realizado en la Universidad de Gotemburgo, en septiembre de 2008 en el marco del Programa International Grants for Younger Researchers de STINT/ The Swedish Foundation for International Cooperation in Research and Higher Eduacation, con el patrocionio académico del Proyecto CIUNT 26/H426 del Instituto Interdisciplinario de Estudios Latinoamericanos, del Núcleo de Estudios sobre Memoria del IDES y de la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia de Tucumán.

Este encuentro reunió a importantes investigadores del campo de las memorias y la literatura: Elizabeth Jelin, Susana Kaufman, Emilio Crenzel, Máximo Badaró, Miguel Dalmaroni, Ana Lía Gerbaudo, Victoria Cohen Imach, María Jesús Benites, Gladys Mattalía y estuvo coordinado por la Dras. Rossana Nofal y Anna Forné y se destacó por el avance en algunos temas relacionados con la investigación sobre las memorias y con la práctica intelectual cotidiana. La lectura de cuentos prohibidos en la dictadura, los avances sobre las investigaciones en curso de jóvenes investigadores, enriquecidas por la mirada de los especialistas, las exposiciones de nuevas propuestas de análisis de los investigadores, la articulación de los voces de los intelectuales y los funcionarios políticos, y las prácticas literarias en talleres del Grupo Mandrágora fueron algunas de las actividades que convirtieron este encuentro en un intercambio de posiciones, conceptos y miradas sobre la literatura, la memoria, el testimonio y sus prácticas.

Una vez más, este espacio de intercambio favoreció el diálogo entre jóvenes investigadores y especialistas en los temas. La contribución a las investigaciones en curso es uno de los aportes fundamentales para discutir conceptos clave y afirmar o modificar hipótesis de investigación iniciales.

El Workshop tuvo una importante repercusión en el medio tucumano, una provincia que se encuentra en una etapa inicial del recorrido de reconstrucción de las memorias, y permitió pensar una nueva posibilidad de acercar el trabajo de investigadores y funcionarios políticos, con la participación del Dr. Daniel Posse, miembro de la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia. En este sentido, el intercambio entre intelectuales y funcionarios es una deuda pendiente en la política nacional, encontrar espacios de articulación entre los que saben del tema y los que llevan a cabo las políticas sociales es una propuesta esperanzadora y una apuesta al futuro, también generada desde este espacio.

El diálogo entre las diferentes disciplinas (Antropología, Sociología, Psicología y Literatura) siempre supone ideas innovadoras y una apertura de criterios para considerar el objeto de estudio y la realidad social. En este caso, el circuito generado, fuera de los espacios consagrados, permitió el intercambio de conceptos. Entre ellos, los lugares de enunciación de la memoria de sobrevivientes, familiares y ciudadanos, “invisibilidad”, la desaparición y lo traumático, la violencia política, literalidad y literariedad, huella-resto-ceniza-ruina-“biodegradabilidad”, “modos de archivo” son algunos de los términos que conforman un breve inventario de las ideas discutidas y las relaciones que entre ellas se puede establecer.

Por último, quedó abierta la puerta para jugar y sentir desde la creatividad una experiencia “interartística”, como la definió Miguel Dalmaroni en el panel de cierre, con la literatura a través de las prácticas culturales de los talleres de Mandrágora.

 


Las disputas de las memorias en los proyectos literarios
Panel de cierre del II WORKSHOP INTERNACIONAL DE INVESTIGADORES JOVENES

Por Miguel Dalmaroni

Se me ocurría, como reflexión de cierre, capaz a su vez de abrirnos itinerarios por venir, que la experiencia del proyecto Mandrágora que nos ocurrió durante estos días, podría ser utilizada como punto de partida para interrogar nuestros modos de trabajar con la literatura y con la crítica.

La experiencia de Mandrágora nos presentó en su puesta en práctica, creo, algunos ejes de trabajo que me gustaría destacar:


1) El grupo se propone, en las situaciones de taller que construyen con los chicos del comedor, trabajar con literatura de calidad. Es decir, no con la literatura seleccionada, entendida o leída como documento de cultura (o no sólo ni predominantemente con ese carácter de documento de cultura que la literatura siempre tiene en alguna medida), sino con la literatura como tal (la literatura como arte, como experiencia que siempre, en algo, se escapa de lo ya dicho y decible, de los imperativos y expectativas del provecho o la utilidad; con la literatura que, en tanto tal, salta al “otro lado del aro encendido de las previsiones”, como quiere Alain Badiou).

2) Por eso mismo, de la práctica de Mandrágora se infiere sin dificultades una teoría contrahegemónica de la literatura: la literatura tal como la entendemos y la ponemos en acontecimiento, nos dice Mandrágora en su hacer, no es –como ha querido el politicismo de los tan legitimados “cultural studies”- un dispositivo de dominación cultural funcional a la dominación social. Incluso podríamos decir que la de Mandrágora es una teoría anacrónica: no sólo postula sino que produce (y por eso prueba) la energía emancipatoria que la literatura es capaz de desatar cuando se apuesta en las prácticas a una teoría literaria como esa.

3) Ya por eso la práctica de Mandrágora es una práctica política. Y lo es también porque entre la literatura que selecciona y destaca están los libros para niños prohibidos por la dictadura. Se trata también, entonces, de un modo bien definido de pensar las relaciones entre literatura y “trabajos de la memoria”, pasado reciente, violencia cultural y política.

4) Pero en Mandrágora, como en la experiencia real de los sujetos históricos, la literatura no está sola ni aislada: viene enmadejada con el teatro o la pantomima, con la plástica y la escritura, con la danza y la música, y con una situación de encuentro entre sujetos en un espacio compartido. La teoría literaria de Mandrágora no es ni textualista, ni lingüistica, ni escrituraria, ni comunicologicista. Es una teoría-en-práctica de la literatura como parte de una experiencia interartística, donde lo que llamamos “arte” se entrevera con los cuerpos, con las voces, con la ingesta compartida del almuerzo o la merienda en una mesa donde andan dando vuelta libros, dibujos, instrumentos musicales. Una escena de lectura que Mandrágora ha inventado, que tiene mucho en común con otras experiencias reales de prácticas de lectura, pero poco que ver con la escena de lectura convencionalizada y a menudo acrítica que da por supuesta el crítico literario académico y sobre cuya imagen monta su labor.

5) En lo que nos mostró Mandrágora estos días se insinúa una forma también contrahegemónica a la vez del crítico cultural y del docente: por un lado, los roles del que enseña o coordina y del que “aprende” o es coordinado, del que narra y del que escucha el relato, se desdibujan, se mueven y se enmadejan en modos de participación inestables; a la vez, la figura del docente migra a la de una especie de cruza entre lector, narrador, actor, mimo, cantante, bailarín por momentos murguero, co-mensal. Sujetos que tras inventar un vínculo sobre la marcha pero a partir de criterios críticos elaborados entre la reflexión debatida y la práctica, se transforman mientras actúan un acontecimiento, es decir mientras dan lugar a la emergencia de una experiencia en rigor im-pensada, im-prevista. Por otro lado, esa subjetividad emergente en la práctica tiene un rasgo decisivo: es colectiva; los adultos que trabajan con los chicos en el comedor nunca lo hacen de a uno, como sucede en la mayor parte de las aulas de las escuelas y en muchas otras experiencias de taller. Si tomásemos esa figura para contrastarla con lo que vemos los críticos literarios cuando nos miramos en el espejo, veríamos una supresión de la figura moderna, jerarquizante y ya anacrónica del “intelectual”; su reemplazo es por una figura nueva que, sin ignorar las severas desigualdades culturales y sociales de su contexto, da un salto democratizador drástico respecto de la vieja noción de intelectual (“intelectual” era el que, porque autolegitimaba su saber jerarquizado, iluminaba a los otros y les hacía de ventrílocuo imaginándose que les daba voz porque no la tenían, representación porque eran incapaces de representarse a sí mismos). Hace unos años, Rossana Nofal me dijo que Mandrágora tenía entre sus consignas la frase “Intelectuales somos todos”: era el modo de destartalar e iniciar el abandono de la categoría (como cuando uno dice, por ejemplo, “todo es cultura” y, por tanto, la noción de cultura se vacía por exceso, es decir, no sirve para distinguir nada porque lo incluye todo). “Intelectuales somos todos” era, obviamente, una autocontradicción estratégica, como si dijésemos “autoridad somos todos”.

6) Consecuentemente, Mandrágora plantea, tanto por su práctica como en reflexiones explícitas, una mirada crítica, incómoda y obligada sobre la escuela y, más en general, sobre el vínculo entre los dominados y la cultura, las instituciones, el arte, el saber, la información (el “acceso” o lo que llaman, eufemísticamente, “conectividad”). Eso que la experiencia Mandrágora les hace a quienes la hacen, dice mucho sobre la escuela. En la Argentina por lo menos, los llamados “críticos literarios” o “críticos de la cultura”, es decir los profesores universitarios de las carreras de Letras y de algunas otras, trabajamos con alumnos de los cuales unos ocho de cada diez, tras graduarse, irán a enseñar literatura, lengua o artes en la escuela secundaria. Es alarmante que dejemos eso en manos del arrabal de las “didácticas”, y que no pensemos en eso y desde ese horizonte cuando enseñamos teoría literaria, historia crítica de la literatura o lingüística en la Universidad, que no advirtamos que nuestro horizonte de intervención es ese, el del sujeto sencundario con que habrán de convivir pronto nuestros alumnos de la Facultad (por contraste, a veces resulta hasta patético vernos deshojando la margarita de la culpa del intelectual en la búsqueda de los fetiches politicistas de la crítica fashion bienintencionada, que nos recomienda excretar papers sobre “subalternidad” o sobre “globalización” y subirnos, notebook en mano, a la calesita aeronavegante de la agencia académica de turismo internacional, como si allí estuviese el modo profesional apropiado para involucrarnos, comprometernos o intervenir).

En el interior de la perspectiva que vislumbro al pensar así a partir de la experiencia Mandrágora, un par de puntualizaciones:

En primer lugar, los críticos y profesores de literatura ya aprendimos (al menos en teoría) que debemos dialogar intensamente con todo el resto de las disciplinas sociales, humanas y de la cultura. En ese contexto, yo preferiría insistir hoy en que, no obstante, nuestro problema debe seguir siendo la literatura (digo nuestro problema, de ningún modo nuestro “objeto”, ese fetiche epistemológico cuya vigencia en el discurso crítico debería sorprendernos). “Literatura” sigue siendo nuestro problema, o lo que un poco autoirónicamente yo llamo “campo clásico”. La hipótesis de trabajo de esta preferencia diría: “literatura” siempre se fuga de “memoria”. Literatura se descentra, se ajeniza, se ausenta de los propósitos edificantes de las políticas de memoria, y más bien provoca que memoria haga síntoma. “Literatura” es uno de los síntomas del inconsciente de la representación y del inconsciente de la narratividad, para decirlo con Didi-Huberman. Por eso creo que “memoria” y “trabajos de la memoria” (la figura de Jelin) son antónimos: en la segunda fórmula, y seguramente por su procedencia freudiana (el trabajo del sueño) el acento está puesto en la irrupción del proceso, es decir en eso que la memoria como imaginario, como cultura y como sentido deja fuera de sí para constituirse en lo disponible cristalizado.

En segundo lugar, y respecto del estado de los estudios literarios en el campo universitario (que ahora llamamos “académico”), yo propondría recuperar un vínculo libre y heterodoxo pero muy intenso con la filosofía, con el psicoanálisis, con eso que antes llamábamos teoría literaria y cultural en un sentido amplio. Con lo que yo llamaría el pensar escrito o circulante. Seguir releyendo a Benjamin. Leer y releer a Susan Sontag. Recuperar a Raymond Williams de la lectura sociologizante que lo convirtió en un comunicólogo y en un portaestandarte del anatema contra el arte (o que lo mantuvo bajo sospecha porque no pasaba con buenas calificaciones el test ideológico post). Williams no fue sólo el crítico historicista que advirtió: “literatura” es una compartimentación burguesa del múltiple acto de escribir, operada en un momento situable debido a intereses precisos. Williams fue a la vez, en los mismos libros en que afirmaba eso, el que insistió en que la literatura se contaba entre las experiencias de lo efectivamente vivido, disimétricas o ajenas a los patrones dominantes de lo decible y lo imaginable: “lo obscuramente incognocible”, algo que “siempre sobra” cuando se agota la tarea de trazar correspondencias entre una obra y sus contextos sociales. “No sé cuál es la palabra para nombrar eso”, dijo literalmente Williams al mismo tiempo que descartaba la que había usado hasta 1979, “estructuras del sentir”. Es muy llamativo que en el campo de la crítica literaria argentina se discuta casi nada con Alain Badiou, el último filósofo europeo continental clásico que ha escrito centenares de páginas sobre “la edad de los poetas”, sobre Pessoa, Beckett, Mallarmé, Rimbaud, Brecht, Sartre y tantos otros. Jacques Rancière está de moda, pero casi nadie en la Argentina parece haber leído el libro que dedicó enteramente a la literatura, La parole muette. Essai sur les contradictions de la littérature. Eso por poner algunos pocos ejemplos.

Finalmente, diría que el modo de implicarse con todo ese trabajo que acabo de proponer está en lo que llamaría, copiando una figura que le escuché a Horacio González, “convivencia de estilos”. Esa fórmula significa para mí: dimensión colectiva del trabajo crítico; y antisectarismo retórico, teórico-metodológico y corporativo. Porque lo que importa no es cuál sea el “modelo teórico”, la procedencia “disciplinaria” de un trabajo crítico, ni sus elecciones retóricas ni de estilo. Lo que importa es algo así como eso que antes llamábamos la verdad. Lo único que importa, finalmente, es la verdad que prefiramos o que adoptemos, discutiendo para eso sin sectarismo monóglota, es decir discutiendo en todas las lenguas críticas, teóricas o filosóficas de que dispongamos o que se nos presenten.

 


Jornadas sobre “Espacios, lugares y marcas territoriales”

Por Daniel Badenes y Luciana Messina

Del 13 al 15 de mayo se realizaron en el IDES las Jornadas "Espacios, lugares, marcas territoriales de la violencia política y la represión estatal”, organizadas por el grupo de trabajo que lleva el mismo nombre y funciona en el marco del Núcleo de Estudios sobre Memoria.

La actividad tuvo como objetivos explorar el estado actual de los estudios sobre esa temática y generar un espacio de intercambio que reuniera a los investigadores que están reflexionando sobre los emprendimientos de memoria generados en torno a lugares de detención clandestina y otros sitios de recordación.

En la conferencia inaugural, el artista alemán Horst Hoheisel ofreció un recorrido sobre sus obras más importantes y planteó como disparador del debate que “todos los monumentos son falsos”, en tanto dicen más sobre nuestro tiempo y la situación política presente que sobre la historia que conmemoran. Asimismo, destacó la importancia de la recepción que el público hace de las marcas y los monumentos, pues “la memoria funciona en la cabeza y no en el mármol o el bronce”.

La experiencia de Hoheisel en torno a la idea de “contramonumentos” y “espacios vacíos” introdujo uno de los tópicos abordados en las jornadas: cómo representar el horror y cómo construir espacios para la transmisión de memorias. Además aportó reflexiones sobre casos argentinos como el “Parque de la Memoria”. A lo largo de todo el encuentro académico, varios investigadores plantearon comparaciones entre experiencias extranjeras –entre ellas, el Museo de Auschwitz– y el proceso argentino, como así también contrapuntos entre casos locales. Los referentes empíricos de los investigadores incluían desde procesos de recuperación de espacios cargados de sentido por haber sido centros de exterminio, hasta proyectos de transmisión basados en la itinerancia. Y no sólo se vinculan a la evocación de las dictaduras del Cono Sur del último cuarto del siglo XX: también refirieron a las marcas urbanas de hechos históricos como el bombardeo de la Plaza de Mayo en 1955, entre otros.

Los trabajos presentados, organizados en cinco mesas temáticas que contaron con el aporte de comentaristas invitados, delinearon problemas y ejes de análisis sobre las características de esos espacios y marcas urbanas, las narrativas que se plantean en ellos, el modo en que son apropiados y reapropiados por diversos actores, el rol del Estado, entre otros temas.

Surgió la necesidad de discutir los sentidos del concepto de “políticas de memoria”, que en algunas ponencias apareció circunscrito a la gestión estatal y en otros, extendido a la agencia de distintos actores que participan de las disputas sociales por la memoria. En términos de definiciones, también se requirió distinguir y precisar los conceptos de “lugar”, “espacio” y “territorio”.

Al analizar los emprendimientos de memoria encarados sobre distintos espacios, se desarrolló un debate entre la creación sitios de recordación “artificiales” y el uso de lugares “auténticos” de la represión, con los problemas que esa “literalidad” puede implicar. En otros trabajos se puso en cuestión el carácter “sagrado” adjudicado a esos lugares.

El uso “turístico” de ciertos sitios de memoria fue otro eje de problematización. En ese plano, una ponencia se abocó específicamente a reflexionar sobre la actividad simbólicamente productiva que realiza el turista, pocas veces atendida desde estudios sociales que sólo mencionan lo turístico en términos peyorativos.

Otros trabajos enfocaron la relación de esos lugares con la vida cotidiana y el papel de los vecinos en su construcción. Esto requirió, por otra parte, problematizar las nociones de “adentro” y “afuera” de esos sitios, como así también el concepto de “vecino” y su utilidad para pensar estos procesos.

La intensa actividad de intercambio académico contó con la participación de investigadores de las universidades de Princeton y Maryland, la Universidad Libre de Berlín, la Universidad de la República de Uruguay, la Universidad de Chile y la Universidad Alberto Hurtado de Chile, como también de las universidades nacionales de Buenos Aires, Lanús, General Sarmiento, La Plata y Rosario, la Universidad Di Tella, la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y, por supuesto, del Núcleo Memoria del IDES.

También hubo participantes de los equipos que trabajaron en la “recuperación” y organización de “espacios para la memoria” en los ex centros clandestinos de “La Perla” (Córdoba) y “El Olimpo” (Provincia de Buenos Aires), y de la organización no gubernamental “Memoria abierta”, que en el marco de las jornadas presentó el libro “Memorias en la ciudad. Señales del terrorismo de Estado en Buenos Aires", realizado desde su Programa Topografía de la memoria y editado por Eudeba.

Por último, en el panel de cierre, integrado por Inés Dussel, Elizabeth Jelin y Catalina Smulovitz, volvió a quedar manifiesta la proliferación de intentos sociales de marcar el espacio con fines memoriales. En ese marco, se plantearon preguntas sobre la pedagogía de los lugares y la intención –así como la imposibilidad– de “controlar” los efectos de las marcas. También se volvió sobre los agentes de esos emprendimientos, al analizar la disputa por la legitimidad de la voz entre quienes deciden el destino de los sitios.

Las jornadas fueron exitosas en cuanto a la convocatoria, la calidad de las exposiciones y la participación de los asistentes. Los aportes serán retomados por el grupo de trabajo “Espacios, lugares, marcas territoriales de la violencia política y la represión estatal”, coordinado por Claudia Feld y Emilio Crenzel, que funciona en el marco del PICT “Memorias y elaboración del pasado reciente en Argentina. Archivos, museos, imágenes y testimonios de la violencia política y la represión estatal”, con financiamiento de la Agencia Nacional para la Tecnología, la Ciencia y la Innovación Productiva.



 


Reflexiones en torno a una intervención sobre los museos de Auschwitz-Birkenau y Gross Rosen

Por Nadia Tahir (1)

En abril del año 2008 fui a visitar los campos de concentración nazis de Auschwitz-Birkenau y de Gross Rosen en Polonia (2). Tras estas visitas, durante las cuales tomé un gran número de fotos, se me propuso hablar de ello en la Argentina. Los públicos fueron diferentes. Primero hablé en Buenos Aires ante un grupo de investigadores que trabajan sobre lugares de memoria. Después tuve ocasión de hablar delante de miembros de la comisión de “recuperación” del centro clandestino de detención La Perla en Córdoba, ante guías de la ex Escuela Mecánica de la Armada (ESMA) y con un grupo de personas que trabaja en El Olimpo en Buenos Aires (3).

En todas estas ocasiones, el tono fue bastante distendido y mi intervención tomó enseguida la forma de una charla, de un diálogo, en el que se me interrumpía con regularidad para hacerme preguntas o para comentar las fotos.

La breve reflexión que presento aquí es un conjunto de ideas que surgieron tras estas charlas y que no habían surgido antes en conversaciones sobre estas visitas en Francia.

Todas las charlas empezaron con datos personales. Siempre me pareció importante subrayar el hecho de que era francesa y que durante mi escolaridad la Segunda Guerra Mundial y los campos de concentración nazis habían sido temas ampliamente abordados. Asímismo, señalaba que mi visita a los campos de Auschwitz-Birkenau y de Gross Rosen se hacía con una perspectiva comparativa, ya que mi primer encuentro con este tipo de lugares fue la ex Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) en Buenos Aires en septiembre de 2006. Podría decirse que mi recorrido se hizo al revés (4) y de hecho fue esa primera experiencia en la Argentina lo que me llevó a visitar estos otros campos. Tras visitar un lugar en el que todo quedaba por hacer (la ESMA), me interesaba saber las opciones planteadas en los campos de concentración nazi. Al empezar las charlas evocando estos cuestionamientos y realidades personales, estaba segura de que las reacciones girarían en torno a mi doble condición: la de persona educada en Francia y la de investigadora. Sin embargo no fue siempre así y los investigadores fueron los que más tuvieron en cuenta este dato. Fueron los que más preguntaron sobre las opciones museográficas adoptadas en estos dos lugares, los que más intentaron analizar el conjunto de elementos que representaban la historia de recuperación del lugar y el discurso de la guía o del material didáctico que se proponía en los lugares (folletos, libros, videos, etc.)

En Córdoba, dónde el público estaba constituido esencialmente por miembros de asociaciones de derechos humanos, familiares de desaparecidos y sobrevivientes, se me pedía que relatara lo que había experimentado yo, como persona, como francesa. Se trataba de saber cómo había reaccionado ante tal panel, tal cristalera, tal comentario del guía. Daba la impresión clara de que estaban viendo en qué medida tal o cual elemento podía ser pertinente en el centro clandestino de La Perla. Al analizar mis comentarios, al hacerme preguntas sobre mis reacciones, trataban de ver lo que podían aportar a las ideas que cada uno tenía para este ex centro clandestino.

Aunque no en la misma medida, esta fue la visión que adoptaron los guías de la ex ESMA y las personas que trabajan en los distintos sectores a cargo del ex Olimpo en Buenos Aires. A diferencia de lo ocurrido en el caso de La Perla en Córdoba, cuando di estas charlas en noviembre del año 2008, la ESMA y el Olimpo ya estaban abiertos al público. Entonces, las personas con las que hablaba durante las charlas ya estaban confrontadas a visitantes. La charla que di aportaba elementos de reflexión para una proyección futura de lo que podrían ser estos lugares. De hecho lo que se ha hecho con el campo de Gross Rosen-un campo completamente destrozado tras la huída de los nazis y la llegada de los soviéticos- suscitaba más interés ya que es un lugar en el que apenas quedaron rastros de la existencia del campo. Cuando preparaba mi intervención ya me imaginaba que las opciones museográficas de este lugar iban a ser analizadas con más detenimiento ya que los casos son más parecidos. Sin embargo, lo que no intuía era que las diferencias con un campo como Auschwitz-Birkenau -del que los nazis salieron con apuro (5)- iban a ser tan significativas.

Al no tener un número de páginas ilimitadas, sólo quisiera evocar una cuestión de particular interés en la Argentina y que probablemente yo no hubiese notado de no ser por estas charlas. El recorrido que hice en el campo de Auschwitz-Birkenau fue el recorrido seleccionado por el guía del grupo en el que estuve. El predio del campo es tan grande que queda claro que no vi el conjunto del campo, ni siquiera vi todos los bloques. Lo que sí puedo señalar es que los lugares que visitamos parecen ser los lugares propios de un recorrido básico del campo, ya que son todos lugares explicados en el folleto destinado a las personas que entran en el predio sin guía (6
). Tras dar estas indicaciones, hay un elemento que no me chocó durante mi visita, pero que se puso en evidencia tras las charlas que di en la Argentina: la casi ausencia de “personas” en el campo de Auschwitz-Birkenau.

Durante toda la visita apenas surgen nombres de personas que estuvieron en el campo. Que sean víctimas o represores, apenas surgen algunos nombres y siempre brevemente. Se evoca al doctor Mengele (7) en algún momento, y aparece la figura de un cura polaco (8). Puntualmente aparecen fotos de personas deportadas, pero siempre dentro de un conjunto de fotos. Los monumentos están dedicados a todas las víctimas del campo o a todas las víctimas de una nacionalidad o de una confesión específica. La magnitud del horror en Auschwitz-Birkenau puede ser un elemento para entender esto (9). Sin embargo si a estos datos, uno añade el discurso del guía es extraño ver que el horror en Auschwitz-Birkenau parece estar algo deshumanizado. En efecto el guía insiste mucho sobre la cotidianeidad en el campo. Las condiciones espantosas en las que “vivían” los deportados, el horror del viaje en el tren, la solución final, etc. Se trata aparentemente de reflejar el horror del campo, sin embargo el guía nunca evoca un testimonio preciso, siempre son generalidades sobre esta vida cotidiana, no hay anécdotas. Cuando visité el campo, otras cosas me chocaron, pero ésta no. Ni tampoco la ausencia completa de contextualización histórica en su discurso. Los paneles en las diferentes salas evocan fechas, acontecimientos históricos. Pero el guía no. Este mismo elemento surgió durante las charlas en la Argentina, pero lo peculiar es que a mí no me chocó en su momento.

Quizás aquí conviene volver a lo que he señalado al principio de las charlas y al principio de este texto: soy francesa y la Segunda Guerra Mundial, el holocausto y los campos de concentración son elementos muy presentes en nuestra educación escolar y en nuestra sociedad (10). Al escuchar al guía en Auschwitz-Birkenau, resurgían todos los elementos históricos que yo conocía (11). Y lo más extraño es que este parecía ser también el caso de los otros miembros del grupo con el que visité el campo. Nadie hizo preguntas sobre el contexto histórico. Puede que todos, en sus países respectivos, hayan estudiado en la escuela los datos esenciales de la Segunda Guerra Mundial. Pero uno puede preguntarse si, al fin y al cabo, el relato de este guía no es el reflejo de una evocación permanente de los campos nazis: un acontecimiento aparte.

Aquí quizás la que habla es más la persona educada en Francia y no la investigadora, pero tras estas charlas, me di cada vez más cuenta de lo que parece ser una tendencia natural en mi país, y por lo visto en otros: evocar los campos de concentración nazis al margen de la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto, no hablo de la investigación científica sobre el tema, sino de las representaciones en la sociedad civil, en los imaginarios nacionales. Así es como quisiera añadir una última anécdota. En mi entorno, oigo cada vez más relatos de profesores de historia de secundaria que comprueban el desinterés de algunos niños por el holocausto. A veces incluso llega al punto de que surjan comentarios antisemitas. No sé si es un fenómeno general o muy puntual, pero cabría preguntarse ¿cómo se llegó a eso?

No sé si estas charlas aportaron elementos significativos a las investigaciones, a las reflexiones o la labor cotidiana de las personas ante las cuales hablé. Sin embargo, creo que permitieron comprobar que el análisis de lo que se ha hecho con los campos de concentración nazis puede ser de gran interés en la Argentina. Con esto no quiero decir que las opciones adoptadas en Polonia o en otros países europeos tengan que ser retomadas tal cual, sino que la distancia en el tiempo puede ayudar a que en la Argentina las personas que contribuyen a la “recuperación” de los centros clandestinos de detención se puedan proyectar en un futuro.

Referencias
1 - Universidad París IV-Sorbonne
2 - Los dos son campos de concentración nazis en Polonia. Auschwitz-Birkenau funcionó entre junio de 1940 y enero de 1945. Gross Rosen funcionó entre agosto de 1940 y febrero de 1945. En la actualidad los dos pueden ser visitados: http://en.auschwitz.org.pl/m/, http://www.gross-rosen.pl/eng/showpage.php
3 - Estas charlas fueron dadas entre agosto y noviembre del año 2008.
4 - Soy doctoranda y trabajo sobre grupos de derechos humanos en la Argentina. Centro mi estudio en las relaciones que algunas de estas asociaciones mantienen entre sí y para con los gobiernos constitucionales desde 1983. Mi interés por los lugares de memoria surgió a raíz del aporte de estas asociaciones a las comisiones de “recuperación” de centros clandestinos de detención en la Argentina. No es una temática que incluya detalladamente en mi trabajo. Sin embargo durante mi primer trabajo de campo en Buenos Aires, tuve ocasión de visitar la ESMA. Así es como después fui al Museo de la Memoria en Rosario y a Mansión Seré en Morón, Provincia de Buenos Aires.
5 - Al huir con apuro del lugar, los nazis no tuvieron tiempo de destrozar por completo el campo. Quedaron muchos elementos- bloques en los que se alojaban a los deportados o la administración del campo, ropa, restos humanos, etc.- que sirvieron para la “recuperación” del lugar y que hoy están expuestos o sirven para las exposiciones.
6 - La entrada al campo de Auschwitz-Birkenau es gratis. Sólo se paga la visita guiada. Las personas que no desean ir con un guía, pueden comprar por una suma muy pequeña un folleto en el que se encuentran unas explicaciones sobre algunos lugares del campo, su funcionamiento y una contextualización histórica.
7 - Josef Mengele era un doctor nazi que, entre otras cosas, en Auschwitz-Birkenau hizo experiencias sobre niños.
8 - Maximillian Kolbe, cura polaco muerto al dar su vida por otro hombre. Fue canonizado por el papa Juan Pablo Segundo.
9 - 1.100.000 de judíos perecieron, 150.000 polacos, 23.000 gitanos y 15.000 presos soviéticos. Para más datos sobre el campo de Auschwitz-Birkenau y su museificación: Annette Wieviorka, Auschwitz-La mémoire d’un lieu, Paris, Hachette, 2006
10 - Conviene señalar que en los años 1990, cuando cursaba la secundaria, hubo un resurgir de las temáticas ligadas al holocausto. La presencia de imágenes del genocidio judío en los medios de comunicación empezó a formar parte del cotidiano en Francia, así como las conmemoraciones.
11 - Durante me escolaridad vi películas como Noche y Niebla de Alain Resnais, La lista de Schindler de Steven Spielberg. Con 12 años, la profesora de historia nos llevó al memorial de Caen en las playas de Normandía a las que llegaron los estadounidenses en junio de 1944. Con regularidad, estudiábamos obras en que la trama se desarrollaba durante la Segunda Guerra Mundial, incluso dentro de los campos de concentración.



 
 
COMENTARIOS
PELÍCULAS

Llegaron los Turistas
Ficha Técnica:
Nacionalidad: Alemana; Género: Drama; Año: 2007; Director: Robert Thalheim; Guión: Bernard Lange y Hans Christian Schmid; Reparto: Alexander Fehling, Ryszard Ronczewski, Barbara Wysocka, Piotr Rogucki y Rainer Seillen.

Por María Eugenia Mendizábal

Llegaron los turistas nos permite ingresar al mundo de la activación patrimonial de Auschwitz, como sitio de memoria, a partir de la experiencia de un joven alemán que viaja hacia allí para cumplir con el servicio social obligatorio.

La mirada del joven sobre las formas en las que el lugar es atravesado por el turismo y la pedagogía de la memoria habilita preguntas en torno a las posibilidades y límites que generan las activaciones patrimoniales de este estilo. Nos permite pensar acerca de los límites de la representación y las modalidades a partir de las cuales aquello que es presentado, exhibido, mencionado tiene su propia historia y su propio presente, en un universo de posibilidades de enunciación, visibilización y representación.

La película nos habilita la reflexión acerca de la cultura material, los restos materiales y las formas de transmisión de la memoria al tiempo en que nos permite reconocer las diferencias entre las activaciones patrimoniales como “políticas de memoria” y los procesos individuales de transmisión de la propia experiencia vivida.

Asimismo, arroja luz sobre las tensiones, distancias y posicionamientos con respecto a la existencia del campo de concentración como lugar de memoria de dos grupos de personas singulares: los sobrevivientes y los habitantes del pueblo. Unos y otros están atravesados por el campo, viven a su alrededor, o dentro de él. El campo, como sitio de memoria, los emplaza ante la mirada de los extraños, los foráneos, turistas o no, de un modo particular, como actores y testigos permanentes, no sólo del pasado que el sitio representa sino, además, del presente desde donde se explican las razones de su existencia.

Finalmente, la película tiene la potencia de hacernos pensar, reflexionar y rever los modos a partir de los cuales se están desarrollando -en nuestro contexto- activaciones patrimoniales de lugares que funcionaron como centros clandestinos de detención durante la última dictadura militar argentina como la ex ESMA, la D2, la Perla, el ex Olimpo. Muchas de las situaciones proyectadas en Llegaron los turistas se refieren a las mismas tensiones que atraviesan los sitios de memoria “recuperados” en Argentina, por eso vale la pena verla: como disparador para la reflexión, la comparación y el análisis.
 

LIBROS

Claudia Feld y Jessica Stites Mor (compiladoras). El pasado que miramos. Memoria e imagen ante la historia reciente. Paidós, Buenos Aires, 2009


Por Daniel Badenes

La reciente publicación de El pasado que miramos. Memoria e imagen ante la historia reciente, compilado por Claudia Feld y Jessica Stites Mor, es un aporte significativo tanto para los estudios sociales sobre la memoria como para el campo de la comunicación.

Prologado por Andreas Huyssen, el libro compila artículos en torno a las imágenes fotográficas, televisivas, cinematográficas y del arte plástica, que analizan y problematizan la construcción de representaciones sobre la violencia política y la represión estatal en Argentina. Los soportes materiales y las operaciones realizadas sobre la imagen, la articulación con el testimonio, la proyección de los militantes como héroes o como víctimas, la posibilidad de narrar y dar visibilidad a la desaparición, o los usos de la imagen como disparadores de procesos de recordación, son algunos de los temas que aparecen en una cuidada edición que es producto de alrededor de tres años de trabajo, y que no pretende agotar el tema sino más bien habilitar un campo de producción y de diálogos.

Entre los diez capítulos, escritos por investigadores de diversas disciplinas sociales, humanísticas y artísticas, predomina como objeto de estudio la fotografía -convertida en símbolo por excelencia de la pérdida y a su vez en un instrumento del reclamo de justicia- y el cine –que asumió el dificultoso desafío de representar aquello de lo que no había imágenes-.

En su aporte a El pasado que miramos, Emilio Crenzel retoma su profundo estudio sobre la historia política del Nunca más y pone el foco en las fotografías incluidas y excluidas del informe de la CONADEP. Además de las imágenes de desaparecidos acercadas por familiares y sobrevivientes, que no se utilizaron, la Comisión tomó más de 2000 fotografías como “prueba” en inspecciones a centros clandestinos. Hubo un complejo proceso de selección hasta llegar a las 27 incluidas en el libro, elegidas con un sentido distinto del que se puede observar en informes similares producidos en otros países del Cono Sur. Crenzel identifica allí una intención de mostrar “neutralidad e imparcialidad ante los hechos y las partes involucradas”.

Por otra parte, no todas las ediciones del Nunca más apelaron al mismo material visual. En los noventa –advierte el autor- “las nuevas imágenes ya no procuran certificar la verdad, sino interpretar el contenido del informe”, con “sentidos sobre el crimen y la dictadura opuestos a los del texto original”. La edición realizada por Página/12 para el vigésimo aniversario del golpe –que fue, por su tirada, la más importante después de la original- obvió las fotos originales e incorporó collages del artista León Ferrari. La obra “activista” de este plástico es analizada -junto a la del fotógrafo Marcelo Brodsky- en el penúltimo capítulo del libro por la norteamericana Kerry Bystrom.

Jessica Stites Mor se interesa también por el período inmediatamente posterior a la dictadura, pero desde otro punto de vista: examina el aporte de Fernando “Pino” Solanas al imaginario de esa transición. Si el cineasta-político tuvo –como señala la autora- “cierto grado de credibilidad” en el marco de la política cultural de ese período, también queda claro que la riqueza de analizar su obra va más allá: su producción fue fundamental a fines de los sesenta, tiempo de movilización social y radicalización política, cuando Solanas fundó junto a Octavio Gettino el movimiento por el “Tercer cine” y produjo La hora de los hornos, cuyos primeros 100.000 espectadores fueron clandestinos. En la pos-dictadura (que considerando esa historia previa, es un pos-derrota), Solanas produce dos ficciones alusivas que tematizan el exilio y la prisión política, y las enmarca en el imaginario de “sur” construido a lo largo de toda su trayectoria, en diálogo con otras expresiones artísticas, al que la autora considera una clave para interpretar la memoria política de la izquierda nacional antes y después de la dictadura.

La otra compiladora, Claudia Feld, se aboca a la televisión, abordando la “puesta en escena” de testimonios sobre la desaparición en tres momentos posteriores al denominado “show del horror”. El artículo deja en claro que la TV fue una parte importante del proceso de construcción de legitimidades y en la generación de un espacio de escucha. La investigadora estudia las formas de sus producciones –la fragmentación y recomposición de los relatos orales, la producción de guiones a partir de “coros” de voces que cuentan una historia única, etcétera- y advierte una tensión entre el “deber de memoria” y las lógicas de espectacularización del medio. Feld afirma que “el vínculo entre memoria, testimonio e imagen no se mantuvo estable a lo largo del período examinado” y analiza los distintos usos -demostrativos, emblemáticos, literales- que tuvo lo visual desde 1984.

En gran medida el libro está atravesado por la pregunta por los modos de representar el horror, y también por la necesidad de hacerlo. En ese sentido, es clave notar que, como no hay imágenes de la experiencia concentracionaria, el cine ha tenido que crearlas. De eso se ocupa el primer capítulo, donde Sandra Raggio presenta las tres películas filmadas en Argentina cuya trama ocurre en un centro clandestino: La noche de los lápices (Héctor Olivera, 1986), Garage-Olimpo (Marco Bechis, 1999) y Crónica de una fuga (Adrián Caetano, 2006). Tras tomar nota de que las tres tuvieron, entre sus equipos de producción, a personas que fueron secuestradas y cautivas durante la dictadura, se pregunta acerca de la posibilidad de narrar esa experiencia sin apelar al testimonio. Luego se concentra en el análisis de La noche de los lápices, que al ser la primera ficción cinematográfica sobre el tema fue “la que estableció ciertas bases en la construcción del verosímil”. A su vez, es la película sobre la dictadura que ha tenido mayor difusión y “resulta emblemática de una narrativa particular”, que “dominó la época en que fue producida”: la que destaca la figura de la “víctima inocente”. El tipo de relato construido des-considera las zonas grises de los campos, es decir, clausura la posibilidad de reconocer posiciones distintas a la de víctima o victimario.

Por su parte, Carmen Guarini problematiza “los límites de la representación” centrándose en los usos de las imágenes de archivo en los llamados films de memoria. Apunta que “una misma imagen puede ser usada con sentidos históricos diferentes”, lo que queda clarísimo en el excelente trabajo de Mirta Varela sobre las representaciones de los sucesos del 20 de junio de 1973 en Ezeiza. La historiadora parte de dos imágenes -infinitamente reproducidas en diferentes tiempos y contextos- para pensar la manifestación más numerosa de la historia argentina que, tras su saldo trágico, devino en un acontecimiento “difícil de representar”, objeto de fuertes disputas semánticas que comenzaron el día siguiente del hecho. Varela hace un exhaustivo recorrido por los usos de la imagen desde la prensa de la época -incluidos periódicos como El descamisado- hasta la actualidad. Incluye también la literatura y el periodismo, apelando a un concepto de imagen que “no se limite a las fuentes visuales”, sino que entienda a aquellos como “poderosos forjadores de imágenes”.

En tanto, la interrogación sobre el material visual de archivo retoma un debate iniciado por Claude Lanzmann, que con su monumental Shoah (1985) objetó estética e ideológicamente su utilización para la representación del Holocausto. Además de investigadora, Guarini es realizadora audiovisual y con la productora Cine Ojo hizo varios documentales vinculados a la historia reciente; experiencia que hace que su artículo tenga un tono especial.

En un capítulo ya mencionado, Raggio reconoce un intento por pensar la relación entre el centro clandestino de detención y su afuera en Garage Olimpo, película analizada en otro artículo de la compilación, que también menciona la intervención urbana que acompañó su estreno. Según Valeria Manzano, el film de Bechis “estaría instalando, en su representación de los setenta, a lo reprimido de los noventa”, algo que observa en la des-politización y la falta de profundidad de sus dos personajes principales, lo que sería una referencia “no de las condiciones políticas y sociales de los setenta, sino de las más contemporáneas, que, como el filme sugiere, encuentran su origen en la combinación de terrorismo de Estado y consolidación de un nuevo régimen de acumulación de capital”. Ambos trabajos, igual que otros incluidos en la compilación, son un aporte importante al estudio de los audiovisuales que narran el pasado reciente, entre cuyos antecedentes se destaca el trabajo de Clara Kriger sobre “La revisión del proceso militar en el cine argentino” incluido en Cine argentino en democracia (1983-1993) (Claudio España, Fondo Nacional de las Artes, 1994).

Por su parte, Lorenza Verzero sitúa su análisis en años posteriores a esa fecha –desde el quiebre que significaría la aparición de Cazadores de utopías (1995)-, enfocando producciones que se proponen representar la militancia en la década del ´70 y que en un principio operan un pasaje de la representación del militante-víctima hacia el militante-héroe, ambas figuras que “imponen sentidos del pasado que dificultan la superación del duelo”. Luego, reconoce a una nueva generación de cineastas: aquella a la cual la experiencia relatada no le pertenece totalmente. Esos films –entre ellos, varios producidos por hijos de desaparecidos- se diferencian de “la rotunda determinación ideológica de los filmes setentistas” ya que, ante todo, afirman una búsqueda.

También observa un pasaje generacional Ludmila Da Silva Catela, quien en el último artículo de la compilación analiza el uso de la fotografía para representar a los desaparecidos, en distintas escenas que van desde la resignificación de las “fotos carnet” como vehículos de memoria, a comienzos de los ochenta, hasta la experiencia reciente de la sala “Vida para ser contadas” en el Archivo Provincial de la Memoria de Córdoba, donde la imagen aparece como disparador de procesos de recordación. “Cuando los hijos de los desaparecidos, por ejemplo, deben escoger alguna imagen que represente a sus padres, en general, no recurren (...) a la clásica foto carnet, sino a aquellas en las que sus progenitores están en movimiento, sonrientes, en situaciones de la vida cotidiana, donde se los aprecia de cuerpo entero o están en alguna conmemoración”, apunta Da Silva Catela.

Su artículo, que propone una etnografía de la utilización de fotos que abarca tanto espacios públicos como privados, concluye pensando a esas imágenes como herramientas para la memoria, afirmando con Susan Sontag que “las fotografías no pueden crear una posición moral, pero puede colaborar para consolidarla”. En las luchas políticas por los sentidos del pasado, la imagen no está sola. Así se reafirma el llamado que Huyssen hace en el prólogo: “debemos reconocer que la imagen y la palabra están entrelazadas en las prácticas de representación, así como la historia y la memoria deben ser consideradas en su relación mutuamente constitutiva”.


 

LIBROS

Gabriela Águila, Dictadura, represión y sociedad en Rosario, 1976/1983. Un estudio sobre la represión y los comportamientos sociales en dictadura, Buenos Aires, Prometeo, 2008, 363 páginas.

Por Luciano Alonso (UNL / UNR)

Un problema reiterado en la historiografía argentina ha sido la presentación de las experiencias de los espacios medulares de nuestro país como definitorias de la “historia nacional”, tendencia contrarrestada progresivamente con el desarrollo de estudios regionales en distintas áreas. Dictadura, represión y sociedad en Rosario –basado en la tesis de Doctorado en Humanidades con mención en Historia presentada por Gabriela Águila en la Universidad Nacional de Rosario– es un texto que aplica precisamente el enfoque regional, lo que resulta de por sí novedoso en el campo de la historia reciente argentina. En lo sustancial, el eje del libro pasa por reconocer y aprovechar los aportes de una serie de investigaciones acerca de la dictadura de 1976-1983 que se fueron produciendo aproximadamente en los últimos veinte años desde la ciencia política, la sociología, la antropología y la historia, pero advertir al mismo tiempo que la mirada que ese conjunto de trabajos ha brindado se limitó casi exclusivamente a la realidad de la Capital Federal y del conurbano bonaerense. Muchos de los tópicos tratados no resultan novedosos para el lector enterado de los principales procesos históricos del período, pero el libro no sólo despliega con rigor historiográfico un panorama completo de la más conocida represión y de los menos abordados comportamientos sociales, sino que también demuestra la necesidad de atender a las variaciones que presentan los patrones generales.

Esa visión queda claramente explicitada, por ejemplo, en el estudio del dispositivo represivo: afirmando que existió un plan general de exterminio de la oposición, Águila detecta un amplio margen de adecuaciones regionales, de opciones operativas de los actores involucrados, es decir, un modo de ejercicio del plan sistemático que no tenía que ver necesariamente con directivas uniformes sino con las configuraciones de fuerzas y las peculiaridades de una realidad social localizada. Esas observaciones se realizan sin caer en el particularismo, ya que hay un constante esfuerzo de articulación entre los planteos generales y las especificidades rosarinas. De tal manera, es una investigación que nos informa sobre la dictadura en su conjunto y presenta una interpretación de un fenómeno ampliado, al mismo tiempo que indaga sobre las características de la zona elegida.

Desde la perspectiva disciplinar el texto de Águila resulta no solamente un aporte respecto de los problemas que aborda, sino también la posibilidad de poner en diálogo a la historia con otros campos de conocimiento y muy especialmente con actores sociales distintos de la comunidad académica. Un estilo de escritura ágil y la apelación a un conjunto de conceptos operativos, se conjuga con una organización textual clara, lo que permite que el libro sea apreciado tanto por especialistas como por lectores legos. El hecho de que la autora se haya desempeñado como perito en causas judiciales relativas a los crímenes del terror de Estado y que actualmente asesore al gobierno provincial santafesino con relación con la organización de archivos de la represión, es también un índice de la proyección de su labor historiográfica y de los múltiples interlocutores de su producción.

Si los estudios en curso sobre la dictadura argentina y una más amplia referencia a las dictaduras latinoamericanas sirven de marco de referencia para la consideración de la experiencia rosarina, el abordaje de algunos aspectos y muy especialmente de los relativos a las modalidades de consenso, participación, disensión o resistencia, se realiza aprovechando los aportes de investigaciones sobre las dictaduras nazi-fascistas europeas. Así, los estudios de Christopher Browning, Gordon Horwitz, Robert Gellately, Michael Richards, Ismael Saz o Ian Kershaw –entre otros–, son explícitamente invocados para aplicar perspectivas de análisis y conceptos que puedan dar cuenta de la multiplicidad de actitudes sociales. A lo largo del libro Águila va pasando revista a una serie de tópicos que están en discusión en la historiografía argentina sobre el pasado reciente, a veces con amplios antecedentes en otros debates: niega el carácter de “guerra” de la represión, utiliza el vocablo “víctima”, aplica matices que permiten categorizar el “consenso” y la “resistencia”. Aunque podamos estar en desacuerdo con algunas de sus definiciones o elecciones, no se puede negar que la autora las asume conscientemente y que realiza un esfuerzo por adecuar acabadamente ciertos usos del lenguaje a una concepción general de la dictadura y más específicamente del terror de Estado.

Desde la perspectiva de las fuentes, Dictadura, represión y sociedad…es una excelente demostración de las posibilidades –y a veces los límites– del recurso articulado a la prensa escrita, los testimonios orales y la documentación producida en el ámbito burocrático estatal. Entre esta última descollan por su importancia y volumen las causas judiciales a las que pudo acceder la autora, y muy especialmente la “Causa Feced” (Causa 47.913 “Agustín Feced y otros”), iniciada en 1983 por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, asumida por la Justicia Federal de Rosario en 1986 y cerrada ese mismo año por la muerte del comisario nombrado, hasta su reactivación en 2003.

El libro se divide en dos partes, la primera está dedicada al análisis de la represión en la zona del Gran Rosario, en tanto que la siguiente bucea en aspectos relativos a la relación dictadura/sociedad, con especial dedicación a los consensos y las resistencias. El estudio de la represión parte de la idea de que las acciones que se llevaron a cabo luego del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 tuvieron características específicas. No desconoce ni los antecedentes registrados bajo el gobierno de Isabel Perón –que incluían el control operacional de las fuerzas provinciales por el Consejo de Defensa y el Cuerpo de Ejército respectivo– ni el hecho de que se registraba una serie de contradicciones internas al proyecto militar, pero enfatiza ese momento como el punto específico de aplicación de un plan de exterminio diseñado y coordinado por las Fuerzas Armadas, con las sabidas características de su forma clandestina.

La mirada localizada que propone Águila se aprecia en la dedicación al estudio del área 211, que en el esquema territorial diseñado para la represión abarcaba la zona sur de la provincia de Santa Fe. En su recorte espacial, deja de lado en forma manifiesta la emblemática zona de Villa Constitución, ya investigada por Ernesto Rodríguez y a su criterio vinculada con un circuito represivo que se extendía hasta esa localidad desde un eje que unía San Nicolás con Buenos Aires. La importancia de la sede rosarina no estriba sólo en la magnitud de ese conglomerado urbano o en la multitud de actividades que podían catalogarse como “subversivas” desde la perspectiva militar, sino además en el hecho de que –como lugar de asiento del Comando del II Cuerpo de Ejército– Rosario era también el nudo del dispositivo de control y aniquilamiento en un amplio territorio. La mayoría de las modalidades represivas que el texto describe se repitieron en otras zonas del país, pero la autora es particularmente precisa al identificar las especificidades de los circuitos represivos y la participación de las fuerzas provinciales.

El eje de esa primera parte es el capítulo “Vivir y morir en los centros clandestinos de detención”, complementado por un capítulo siguiente sobre la situación de mujeres y niños en los “chupaderos”. Aquí se presenta un relevamiento detallado de los modos de ejercicio de la violencia por las agencias represivas y de la cotidianeidad de tales lugares. Se reseñan las distintas facetas del dispositivo de eliminación pasando por la tortura, la eliminación de los detenidos, los fusilamientos fraguados, el plus de violencia que sufrían las mujeres o más adelante las prácticas para deshacerse de los cuerpos, en una exposición sobria y a la vez precisa.

Águila también ofrece una identificación de los espacios de desarrollo de las operaciones de aniquilamiento en la zona. Inicialmente, destaca el papel del Servicio de Informaciones radicado en la Jefatura de Policía de Rosario. Aquí importan tanto el vínculo de esa dependencia con la “comunidad informativa” como su centralidad en la coordinación de actividades represivas. Eso marca una de las peculiaridades de la experiencia rosarina, sobre todo por el rol jugado por la policía y por el servicio penitenciario. Es cierto que en todo el país esas fuerzas estuvieron bajo el control operativo de las instancias militares y que participaron de la represión, pero su grado de implicación fue distinto. Lo que demuestra la autora es un desempeño muy importante de la fuerza policial como enlace operativo y unidad ejecutora del terrorismo de Estado. Analiza además el sistema de quintas y casas utilizado para la detención y tortura de los detenidos, y esa es otra de las particularidades regionales que el trabajo viene a demostrar. En la zona rosarina no hubo grandes centros de detención al estilo de la ESMA o la Perla, en tanto que hay escasos testimonios sobre el uso de las unidades militares como “chupaderos” –aunque Águila destaca que esto puede deberse simplemente a que no quedaran sobrevivientes–.

Tanto antes como después de estas secciones medulares, el texto aborda a los actores involucrados en la represión: represores, reprimidos, colaboradores o testigos. De tal manera, uno de los capítulos de la primera parte está dedicado al perfil del “enemigo” definido por las Fuerzas Armadas. Un elemento de suma importancia y a lo que la autora retorna en repetidas ocasiones es el carácter selectivo de la represión, ya que los crímenes de lesa humanidad se ejercían contra un conjunto muy amplio de actores que podían tener participación en diverso grado en organizaciones armadas pero que también eran los que registraban actuación en centros de estudiantes, barrios, sindicatos o simplemente manifestaban su oposición política.

En estas secciones se identifica expresamente a los perpetradores de los crímenes. Aparecen entonces nombres de figuras militares reconocidas a nivel nacional, pero también muchos otros que fueron parte de las estructuras represivas locales y que son mejor conocidos en la propia ciudad de Rosario. Además del accionar de esos personajes, Águila registra lo que llama “la compleja trama de la colaboración”, que vincula a los represores con algunos detenidos. Al tratar ese siempre urticante tema no deja de señalar el modo en el cual el dispositivo de aniquilamiento estaba destinado no sólo a arrasar las estructuras políticas, militares o sociales, sino también a quebrar la moral de sus integrantes.

El capítulo final de la primera parte hace de cierta manera puente con la segunda mitad del libro al abordar la posición del testigo. Uno de los testimonios recogidos es especialmente estremecedor, cuando los vecinos de la quinta “La Calamita” refieren a la apariencia de normalidad de las instalaciones y dicen sobre los militares que “ellos estaban ahí y no molestaban a nadie”. Esa tensión entre la represión y las actitudes de quienes pueden / quieren saber o no saber sobre ella inaugura el amplio inventario de las actitudes sociales que pueden relevarse en una gran ciudad como Rosario. Águila logra demostrar convincentemente que el terror de Estado tenía dimensiones sociales y públicas, capaces de ser conocidas por una gran parte de la sociedad rosarina, aunque también de manera fragmentaria o sesgada.

Respecto de las expresiones de consenso o de los vínculos entre distintos sectores y el poder dictatorial, el texto no se limita a registrar los contactos entre el poder militar y distintas agrupaciones políticas –algo que en su momento fue muy bien destacado desde el campo de la ciencia política por otros analistas rosarinos como Hugo Quiroga o María de los Ángeles Yanuzzi–, sino que además refiere a las campañas de reforma moral, muchas veces vinculadas a lo que la autora denomina “un rancio conservadurismo provinciano, católico y de signo tradicionalista” y a algunas manifestaciones de consenso activo. Tanto en lo que hace a lo que podía conocerse del terror de Estado como a estos consensos, Águila señala apropiadamente el papel de los medios de comunicación y en particular del Diario La Capital.

Por último, el libro trata de brindar un panorama respecto de qué aspectos relativos a la conflictividad social podían entenderse vinculados a una resistencia u oposición política a la dictadura. Allí entran las organizaciones de derechos humanos, los trabajadores o los espacios culturales y universitarios, pero también las entidades empresarias y los partidos políticos cuando el consenso articulado por la visión apocalíptica de los primeros años de la dictadura en torno a la llamada “guerra contra la subversión” comenzó a resquebrajarse de la mano de la crisis económica.

La invitación de Gabriela Águila a la realización de otros estudios regionales sugiere un camino que deja ver claramente la profundidad y proyección de su aporte. Textos como Dictadura, represión y sociedad en Rosario abren la posibilidad de comparaciones sistemáticas, que nos permitan comprender mejor cómo se desarrolló un proceso que tuvo líneas directrices pero también formas múltiples. Y adicionalmente muestran la extrema provisionalidad de todas las síntesis que se han presentado y las numerosas vacancias que aún resta cubrir.

 

RESEÑA

Revista Questions de communication, série actes nº5, Université Paul Verlaine-Metz, 2008. Número especial : « Qualifier des lieux de détention et de massacre »

Por Máximo Badaró

El último número de la revista académica francesa Questions de communications aborda una temática que ocupa un lugar creciente en los estudios de las memorias de períodos históricos de represión, dictadura y violencia política: las significaciones y los usos políticos, sociales y culturales de los lugares de detención, concentración y exterminio. Béatrice Fleury y Jaques Walter, editores del número, se refieren a estos usos sociales apelando a las nociones de “qualification” (calificación o cualificación), “disqualification” (descalificación) y “requalification” (recalificación). Para los autores el “proceso social de calificación” remite al “sentido inicial y el gesto fundador por el cual los actores de la memoria transforman un lugar en un emblema de una historia de la cual deciden conmemorar un aspecto”, mientras que los procesos de descalificación y recalificación remiten a “las modificaciones de sentido con las que un lugar puede ser desinvestido y reinvestido” (p. 8).

El contenido de la revista está organizado en tres secciones. La primera, “Historia y memorias del campo de la Neue Bremm”, contiene seis artículos que analizan diferentes facetas de la historia y las memorias de un antiguo campo de concentración de la Gestapo ubicado en la frontera franco-alemana, el campo Neue Bremm. La particularidad de este campo es que pese a la importante cantidad de detenidos que pasaron por allí entre 1943 y 1944, su existencia y su historia permaneció durante muchos años prácticamente ausente de las memorias regionales y nacionales y de las conmemoraciones públicas, antes de ser “redescubierto” por historiados y activistas de memoria. Los artículos analizan desde diferentes enfoques disciplinarios (la historia y las ciencias de la comunicación) los hechos que tuvieron lugar en este campo (detenciones, deportaciones, asesinatos), los testimonios escritos de algunos sobrevivientes y las acciones dirigidas a evitar su caída en el “olvido”, relatadas por uno de sus principales protagonistas.

La segunda sección, “Trayectorias de los campos de la Segunda Guerra Mundial”, analiza el destino de lugares que cumplieron funciones en la maquinaria de detención y exterminio nazi pero que carecen en la actualidad de atención pública, política y académica aún cuando conservan muchas huellas de este pasado trágico. Por ejemplo, un artículo señala que la escuela en donde durante dos años y medio funcionó la prisión de la policía de la Gestapo en Metz (Francia) continúa con sus actividades educativas: el pasado de este lugar solo aparece mencionado en una placa. En un sentido similar otro artículo señala que el lugar en donde funcionó la sede de la Gestapo en Bruselas y por el cual pasaron miles de “condenados a muerte”, no ha sido objeto de ninguna acción social o política de memoria ni ha despertado interés en los estudios históricos. Para la mayoría de los autores de los artículos de esta sección, el ostracismo social y político en el cual han caído estos lugares de detención se explica por la “competencia” presentada por otros lugares de detención y extermino que han tenido mayor protagonismo en lo que François Cochet denomina, en su artículo en esta revista, “el universo nacional del recuerdo”.

La dimensión de conflicto y de lucha que subyace a la noción de “competencia” constituye el eje central de la tercera sección del número “De los lugares de represión a las controversias de memorias”, en la cual se reconstruye la historias de pugnas, marchas y contramarchas en torno a lugares de detención y exterminio de la Segunda Guerra Mundial, la Rusia stalinista y la Argentina (la ESMA y El Olimpo) así como también las polémicas en torno a la construcción y usos de un monumento conmemorativo en Montreal y la construcción de la memoria pública de los militantes y simpatizantes de la OAS detenidos primero en Argelia y luego Francia (la OAS fue una organización paramilitar creada por militares y civiles franceses para combatir a la guerrilla de liberación argelina y preservar la Argelia francesa).

En esta sección de la revista resulta particularmente interesante el contrapunto entre el artículo de Joanna Teklik y Philippe Mesnard sobre la construcción del campo de exterminio de Auschwitz como símbolo universal del horror y como “cliché” mediático vinculado a la idea de “campo de extermino polaco”, y el artículo de Claudia Feld sobre las representaciones mediáticas en los primeros años de la transición democrática argentina de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), un centro clandestino de detención y tortura que funcionó durante de la última dictadura militar, antes de su transformación en emblema y símbolo del terrorismo de Estado. Ambos artículos ponen de relieve cómo los procesos sociales, políticos y culturales involucrados en la consagración de un lugar como emblema universal o nacional de representaciones y períodos históricos trágicos pueden debilitar la visibilidad y la posibilidad de intervención en la construcción pública de memorias de otros lugares y actores sociales que también fueron escenarios y víctimas de represión y masacres en los mismos períodos históricos.

Al describir la historia y las representaciones públicas de diferentes lugares de detención y exterminio, y al intentar explicar los motivos por los que estos lugares han caído en el “olvido” y otros han adquirido un protagonismo omnipresente, los trabajos reunidos en este número realizan una importante contribución a la desnaturalización de los diferentes “emblemas” de la memoria y a la restitución de la historicidad de las representaciones y los valores que se expresan en y por intermedio de estos lugares.

 
 
 
  NOVEDADES BIBLIOGRÁFICAS

Material incorporado en biblioteca de 01/01/2009 al 03/07/2009

• Activismo de los derechos humanos y burocracias estatales. El caso Walter Bulacio. / Tiscornia, Sofía. -- Buenos Aires : Del Puerto ; CELS, 2008. (Antropología Jurídica y Derechos Humanos. ; 1)

• Argentina, oscuro país: ensayos sobre un tiempo de quebranto. / Kovadloff, Santiago. – Buenos Aires : Torres Agüero, 1983. 133 p. -- (Memoria del Tiempo)

• De las apropiaciones a las restituciones: el reconocimiento de la identidad de los nietos desaparecidos en la última dictadura militar argentina. / Biaggio, Mariana ; Rosato, Ana, directora de tesis. -- Buenos Aires : Biaggio, Mariana, 2008. 115 p.

• Democracy v. national security: civil-military relations in Latin America. / Zagorski, Paul W. -- Colorado : Lynne Rienner Publishers, 1992. xii, 216 p.

• Descubrimiento del Archivo del Terror e ingreso a "La Técnica". 22-12-92 y 23-12-92. / Fundación Celestina Pérez de Almada, editor. -- Asunción : Fundación Celestina Pérez de Almada, [s.f.]. Dictadura, represión y sociedad en Rosario, 1976/1983: un estudio sobre la represión y los comportamientos y actitudes sociales en dictadura. -- Buenos Aires : Prometeo Libros, 2008. 366 p.

• El exilio: argentinos en Francia durante la dictadura. / Franco, Marina. -- Buenos Aires : Siglo Veintiuno Editores Argentina, 2008. 333 p. -- (Historia y Cultura. Serie, El Pasado Presente / Siglo XXI Editores)

• El Golpe en La Legua: los caminos de la historia y la memoria. / Garcés Durán, Mario ; Leiva, Sebastián. -- Santiago : LOM, 2005. 130 p. -- (Colección Historia / LOM)

• La crisis como laboratorio: memoria y movilización en Buenos Aires y Berlín. / Huffschmid, Anne, editor. -- 1a. ed. español. -- Berlin : Parthas Verlag GmbH, 2006. 255 p.

• La lucha por el derecho. / Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). -- Buenos Aires : Siglo Veintiuno Editores Argentina, 2008. 271 p. -- (Litigio Estratégico y Derechos Humanos)

• La tercera ola: la democratización a finales del siglo XX. / Huntington, Samuel P. -- 1a. ed. español. -- Buenos Aires : Paidós, 1994. 329 p. -- (Estado y Sociedad / Paidós ; 20)

• Las vanguardias políticas de los años 70: la experiencia del PRT ERP, desajuste y distanciamiento de la realidad. / Corda, María Cecilia. -- 1a. ed. -- Buenos Aires : La autora, 2008. 212 p.

• Los judíos bajo el terror. Argentina 1976-1983. / Lotersztain, Gabriela. -- Buenos Aires : Ejercitar la Memoria, 2008. 294 p. -- (Historia reciente)

• Memoria Activa. A dos años del atentado a la AMIA. / Memoria Activa. -- Buenos Aires : La Página, 1996. 96 p. -- (Documentos / Pagina/12)

• Procedimiento: memoria de La Perla y La Ribera. / Romano Sued, Susana Nelly. -- Córdoba : El Emporio Ediciones, 2007. 156 p.

• Representar el Holocausto: historia, teoría y trauma. / LaCapra, Dominick. -- 1a. ed. español. -- Buenos Aires : Prometeo Libros, 2008. 238 p.

• Storie senza storia: indagine sull'emigrazione calabrese in Gran Bretagna. / Cavallaro, Renato. -- Roma : Centro Studi Emigrazione, 1981. 262 p.

• Territorialisation/déterritorialisation. 2e colloque international qualifier, disqualifier, requalifier des lieux de détention, de concentration et d'extermination. Metz, 6-7 novembre 2008. -- Paris : MSH, 2008.

• The politics of military rule in Brazil 1964-85. / Skidmore, Thomas E. -- New York (NY) : Oxford University, 1988. xi, 420 p.

• The southern cone: realities of the authoritarian State in South America. / Caviedes, César. -- Totowa, NJ : Rowman & Littlefield Publishers, 1984. x, 212 p.

• The worst street in North London. Campbell Bunk, Islington, between the Wars. / White, Jerry. -- London : Routledge and Kegan Paul, 1986. xv, 312 p. -- (History Workshop Series)

• Tourists of history: memory, kitsch, and consumerism from Oklahoma City to Ground Zero. / Sturken, Marita. -- Durham (NC) : Duke University, 2007. xii, 344 p.

 


GINGKO

Elegimos la hoja de Gingko, porque representa a un árbol asociado a la vida y la memoria.
El Gingko es el árbol más longevo del planeta, sus hojas portan las marcas de una historia de supervivencia a catástrofes, no solamente naturales.

Núcleo de Estudios sobre Memoria
Directora Académica: Elizabeth Jelin
Coordinadores: Emilio Crenzel y Máximo Badaró

Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES)

Aráoz 2838, 1425, Buenos Aires, Argentina.
Tel: (54-11) 4804-4949. Fax: (54-11) 4804-5856

www.ides.org.ar

Suscribirse al Boletín
Enviar información para el Boletín
Si no desea recibir más este mensaje, envíe una respuesta escribiendo en el Asunto: “Remover”. Según legislación vigente sobre SPAM, un e-mail NO podrá ser legalmente considerado SPAM mientras incluya una forma de ser removido de la lista.
Instituto de Desarrollo Económico y Social Núcleo de Estudios Memoria