Querid@s Amig@s

Retomamos el contacto con ustedes enviándoles el número 14 del Boletín del Núcleo de Estudios sobre Memoria del IDES.

El Núcleo de Estudios sobre Memoria del Instituto de Desarrollo Económico y Social reúne a investigadores y docentes interesados en abordar, desde una perspectiva académica, los estudios sobre memoria con énfasis en el Cono Sur de América Latina. A través de sus diversas actividades, se propone contribuir a consolidar el campo de estudios sobre memoria y crear un ámbito de debate y encuentro para desarrollar investigaciones sobre esta problemática.

Nuestro Boletín busca poner a disposición de las personas interesadas la información sobre la producción artística y bibliográfica centrada en los temas de memoria. Nuestro principal objetivo es el de crear lazos entre investigadores e instituciones localizados en diversos puntos geográficos de la Argentina y del exterior.

Recibimos comentarios, consultas e informaciones en nuestra dirección electrónica: nucleomemoria@yahoo.com.ar

La preparación y publicación de este Boletín es una actividad realizada en el marco del proyecto "Memorias y elaboración del pasado reciente. Archivos, museos, imágenes y testimonios de la violencia política y la represión estatal", que cuenta con el apoyo financiero de la ANPCYT (05/33306).

Este número del Boletín fue editado por Federico Lorenz, Rossana Nofal, María Eugenia Mendizábal y Teresa Cáceres. Las correcciones estuvieron a cargo de Mariana McLoughlin.

  CONTENIDO DE ESTE BOLETÍN

  PALABRAS INICIALES
Por Federico Lorenz


  ACTIVIDADES DEL NÚCLEO DE ESTUDIOS SOBRE MEMORIA
Reseña: Jornadas "Fotografía, Memorias e Identidad. Experiencias de Investigación", Centro de Estudios Avanzados. Universidad Nacional de Córdoba, noviembre de 2007
Por María Eugenia Mendizábal
Reseña: Reunión del Núcleo "Identidades y memoria". Expusieron Emmanuel Kahan y Elizabeth Jelin, IDES, 30 de noviembre de 2007
Por Teresa Cáceres
Reseña: Reunión del Núcleo "Crónicas de viaje y las fotografías del Nunca Más". Expusieron Emilio Crenzel y Elizabeth Jelin, IDES, 4 de abril de 2008
Por Teresa Cáceres


 

COMENTARIOS

LIBROS
Crenzel, Emilio, La historia política del Nunca Más. La memoria de los desaparecidos en la Argentina, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2008
Por Federico Lorenz
Jensen, Silvina Inés, La provincia flotante. El exilio argentino en Cataluña (1976-2006), Barcelona, Km 13.774, 2007.
Por María Virginia Pisarello

Lorenz, Federico, Combates por la memoria. Huellas de la dictadura en la historia, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2007

Por Rossana Nofal
Alcoba, Laura, La casa de los conejos, Edhasa, 2008 (Manèges, Gallimard, 2007)
Por Margarita Merbilhaá

A propósito de Alan Pauls, Historia del llanto, Barcelona, Anagrama, 2008

Por Jordana Blejmar



MUESTRAS Y REUNIONES
Ponerle el cuerpo a la falta: Notas sobre la muestra "Ausencias". Centro Cultural Recoleta, 26 de febrero al 30 de marzo de 2008
Por Teresa Cáceres y María Eugenia Mendizábal
Notas sobre el acto realizado en el Espacio para la Memoria (ex Escuela de Mecánica de la Armada) el 24 de marzo de 2008
Por María Eugenia Mendizábal
Notas sobre la Conferencia "Memories in the age of globalization". Viena, 6 al 8 de marzo de 2008
Por Susana G. Kaufman

VIAJES
¿Dónde ponemos a los "malos" de la historia?
Por Elizabeth Jelin, desde Berlín

Campos de batalla
Por Federico Lorenz


  CONGRESOS, JORNADAS, CONFERENCIAS NOVEDADES BIBLIOGRÁFICAS

  NOVEDADES BIBLIOGRÁFICAS
Material incorporado a la biblioteca del IDES relacionado a los temas de memoria
 


 
  PALABRAS INICIALES  

Por Federico Lorenz

He aquí una nueva entrega del Boletín del Núcleo de Estudios sobre Memoria. Está atravesado por algunas de las preocupaciones que habitualmente orientan nuestras discusiones: las relaciones entre el pasado y el presente, los dilemas éticos en torno a hechos violentos, las diferentes escalas y tipos de decisiones que la memoria genera, alimenta u obtura. Los procesos de transmisión y circulación allí donde el daño muchas veces parece irreparable.

Para pensar estas situaciones elegimos una forma, la de las crónicas de viajes. Se trata de una de las figuras más añejas en los relatos sociológicos e históricos, desde Herodoto a nuestros días. Los recorridos van de Berlín, en Europa, a las islas Malvinas, en el extremo Sur de América, pero a veces las preguntas son las mismas, como así también las marcas en las que estas se encarnan. Algunas de ellas tienen que ver con interrogaciones morales además de disciplinares, es decir, con los usos y sentidos que el pasado construye. ¿Cómo procesar esas encrucijadas, dilucidar un sentido posible entre muchos?, y ¿qué consecuencias tiene este proceso? Elegimos la difícil pregunta sobre el lugar de "los malos en la Historia". Lo hacemos con la voluntad de confrontar los presupuestos y las verdades, las convicciones y valores naturalizados y que alimentan nuestras investigaciones, que se vuelven más frágiles y cuestionables cuando dejamos los espacios seguros tras las murallas disciplinares, puertos que abandonamos para explorar los espacios donde las memorias confrontan y las cartografías se alteran. En el camino -otro viaje- se iluminan lugares ignotos y voces silenciadas que ponen a prueba certezas y herramientas, los instrumentos del viajero. Viajes semejantes se producen en el campo literario y en las artes audiovisuales. Exploraciones que buscan un nombre en un mapa, un destino que sin embargo sólo es la certeza del nombre, no así del recorrido que lleva a él.

Notarán que el volumen de materiales de esta entrega es importante: muchas páginas de ensayos, informes y reseñas. Por un lado, porque imaginamos el Boletín como un espacio de intercambio pero, también, de compañía y reflexión en la tarea. Al mismo tiempo, creemos que es una señal de un estado de la cuestión y funcionamiento como grupo que lleva ya unos cuantos años, pero sobre todo, es la señal de que la inquisición permanente es la que alimenta el trabajo, señala nuevos recorridos, revela nuevas viejas preguntas.

Buenos y malos, héroes y villanos, villanos heroicos y héroes envilecidos, certezas y debilidades: desafíos que se traducen en preguntas y hojas de ruta.

Esperamos sus comentarios, sugerencias y aportes para seguir mejorando este trabajo.

 
ACTIVIDADES DEL NÚCLEO DE ESTUDIOS SOBRE MEMORIA


Reseña: Jornadas "Fotografía, Memorias e Identidad. Experiencias de Investigación", Centro de Estudios Avanzados. Universidad Nacional de Córdoba, noviembre de 2007

Por María Eugenia Mendizábal


El pasado, ¿está perdido para siempre?, ¿qué es lo que pervive del pasado en nuestras memorias? Si el pasado es un país foráneo, ¿qué tipo de documentos de ese país son las fotografías, que parecen traerlo hacia nosotros, como soporte de las memorias y como imágenes de más de uno de nuestros olvidos? ¿Cómo las utilizamos en la investigación y el análisis en las ciencias sociales, ¿qué lugar les damos en relación con la palabra, con las palabras, ¿hasta dónde las "dejamos hablar"? y ¿tenemos suficientes herramientas para establecer con ellas y a través de ellas conversaciones y análisis productivos, con las memorias de las personas, los grupos, las comunidades con quienes trabajamos?. En las jornadas realizadas en Córdoba, en noviembre de 2007, se presentó una serie de ponencias que abordan el trabajo de la memoria y de la investigación sobre las memorias y el uso, la vinculación y el trabajo de análisis desde las ciencias sociales -incluida la historia- con las fotografías. El encuentro se organizó en dos jornadas, en las que hubo tres mesas de trabajos: 1. Imagen y restitución de identidades. La cuestión del indígena desde la fotografía y el video, 2. Fotografía y memoria en barrios obreros y villas, y 3. Fotografía, violencia y situación límite. Además se realizó una conferencia que estuvo a cargo de Luis Príamo.

Algunas ponencias trabajaron sobre iniciativas, vicisitudes y dudas que genera el uso del material fotográfico en la investigación acerca de las memorias de distintos grupos y personas: ¿qué se provoca?, ¿en qué se trastoca la intervención del investigador cuando se propone "volver" a una comunidad a devolverle fotografías que fueron tomadas en otro momento? Las respuestas son variadas y claramente diferenciales cuando las personas fotografiadas logran o no reconocerse en las imágenes previas. Las fotografías permiten reflexionar sobre el paso del tiempo, sobre las nuevas modalidades de verse en la realización del trabajo y en las nuevas o diferentes formas de trabajar. En otros casos las fotografías son devueltas a una comunidad en la que, pasado el tiempo, los fotografiados no son los principales receptores del "legado" fotográfico. ¿Es posible verse en las fotos tomadas a los antepasados? En los agujeros, y vacíos, en los desplazamientos semánticos que muestran y manifiestan los actores en la recepción de las fotografías es posible adentrarse en el territorio de las identidades, identificaciones y en el campo de lo propio, no siempre apropiado por las comunidades en sus miradas retrospectivas. Otra serie de trabajos se centró en la circulación de imágenes de diversos grupos étnicos en algunos países del cono sur. Aquí las preguntas más urgentes se centraron en la conformación de estereotipos, en marcas de otredad, donde el/la fotografiado/a es retratado/a de manera ficcional, aunque luego las imágenes se plasmen en libros y materiales que las instalan como "documentos". El otro, nativo, es otro que puede ser manipulado en el momento de tomar la imagen (construirla) y en el momento de definirlo. Algunas imágenes fueron utilizadas sin dar cuenta real ni de quiénes eran las personas retratadas ni de los contextos de producción de dichas fotografías. El recorrido de estas fotografías, el trato dado, se puede poner en paralelo con el trato dado a cada una de las comunidades re-tratadas. Pasado el tiempo, en otro contexto socio-cultural y político, una de las ponencias detalló el trabajo realizado con diversos grupos focales en el análisis de estereotipos, marcas de otredad e identidades. Aquí aparecen fuertemente las modalidades de búsqueda de signos externos, del ámbito del escenario del contexto cultural en el cual las diferentes personas que conformaron los grupos centraron sus miradas.

Una serie de trabajos estuvo centrada en la vinculación de las fotografías relacionadas con situaciones conflictivas y de catástrofe social. Los ponentes dieron cuenta de las dificultades de diversas personas de re-conocerse en lo que la fotografía presente. Pasado el tiempo, la fotografía no siempre muestra lo que las personas conservan como imagen de sí en momentos de conflicto donde la propia subjetividad estuvo herida. Por otro lado, se presentaron dos trabajos en los cuales las fotografías fueron documentando los procesos de marcación de sitios que funcionaron como centros clandestinos de detención durante la última dictadura militar. Las investigadoras fotografiaron, documentaron el proceso, mientras la materialidad era modificada en apropiaciones de diferente índole. Las fotografías dan cuenta, ayudan a historizar los trabajos de las memorias en relación con las materialidades que estos sitios proveen. Por ejemplo, desde una cierta altura fue posible fotografiar, revelar, un pequeño espacio dentro de un lugar que luego de haber sido Centro Clandestino de Detención fue convertido en escuela, donde quedaba en pie la arquitectura del ex centro clandestino, a tan sólo algunos centímetros del patio donde los niños juegan en los recreos. ¿Qué hacer con estas fotos?, ¿cómo analizarlas en diálogo con la reconstrucción del espacio como escuela que sigue siendo sitio de memoria?

También se relataron experiencias de investigación en barrios obreros y villas. ¿Cómo trabajar con materiales de acervos documentales de empresas?, ¿cómo trabajar la identificación o la distancia entre el presente y el momento en que las fotografías fueron tomadas?, ¿cómo acompañan y nutren las fotografías aquellas investigaciones centradas en quines habitan fuera de lo fotografiable? Se presentó el dilema de cómo tratar la fotografía en tanto ¿fuente? en relación con los procesos inmigratorios: ¿cómo ubicar a las fotos?, ¿cómo ponerlas en diálogo con los otros materiales disponibles para el investigador? Una de las ponencias ubicó el problema en torno a dos álbumes que aparecieron en su trabajo de campo. Esos álbumes, su organización, la estética y el cuidado de cada uno, ¿es único o se trataba en cambio de una práctica extendida?, ¿qué suponía contar con los medios para conseguir retratarse en el momento en que aquellas colecciones privadas fueron construidas? Lo críptico de cada fotografía conversa con el resto del universo finito de imágenes de cada álbum. Surge entonces la pregunta, ¿qué tipo de documento es este? y ¿cómo trabajar con él? Siguiendo la línea de investigación acerca de temas relativos a la inmigración, otro de los trabajos presentó un diálogo peculiar entre las fotografías de un grupo de inmigrantes y la correspondencia que ese mismo grupo familiar había mantenido con miembros de la familia que habían quedado en Europa. Si las cartas, muchas veces, detallaban problemas, obstáculos y penurias, las fotografías solían mostrar a la familia en situaciones de festejo, celebración y alegría filial. ¿Cómo se explica esta brecha, esta diferencia entre la puesta en escena fotográfica y la narratividad de las cartas?

Otras fotografías que documentan la inmigración exhiben puntos conflictivos, disruptivos, que hacen que detengamos nuestra mirada en detalles sintomáticos. Más aún cuando es posible verlas en relación con largas series fotográficas retratadas por un mismo fotógrafo. En uno de los trabajos se trató con una serie de fotografías de esta índole, es decir, retratadas por el mismo hombre. Una de ellas tiene algo de inquietante; una familia presumiblemente proveniente de Europa, posa ante un rancho que aparece como objeto tangible del tiempo anterior a la llegada de los europeos. El grupo familiar y el contexto donde son fotografiados señalan una clara discontinuidad. Ante esta imagen una puede preguntarse, ¿qué ha sido de los que vivían en el rancho?, y en este caso, como en el resto también cabe preguntarnos acerca de las posibilidades y el alcance de cualquier inferencia.


 


Reseña: Reunión del Núcleo "Identidades y memoria". Expusieron Emmanuel Kahan y Elizabeth Jelin, IDES, 30 de noviembre de 2007

Por Teresa Cáceres

En la reunión del 30 de noviembre de 2007 se discutieron los trabajos de Elizabeth Jelin "Silencios, visibilidades y acción colectiva: Identidades étnicas, de clase y de género en los procesos de memorialización" y de Emmanuel Kahan"¿Qué ves cuándo me ves? Los judíos en el archivo de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la provincia de Buenos Aires".

El texto presentado por Kahan es parte de su tesis de maestría que trata sobre cómo "vieron" y "representaron" a los judíos los agentes de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Parte de dichos archivos fueron entregados por la Comisión Provincial por la Memoria, en mayo de 2004, a la Biblioteca “Max Nordau” de la ciudad de La Plata. La información revelaba “la ‘vigilancia’ que había sido desplegada entre fines de la década de los años sesenta y los albores de los noventa”. Con su trabajo Kahan explora los procesos de examen y vigilancia y la institucionalización de los mismos, entre otros temas. En el trabajo que presentó en la reunión Kahan reflexiona respecto a “los diversos imaginarios y representaciones en torno a los judíos y sus instituciones que fueron producidos por los funcionarios de una de las agencias estatales que, de acuerdo con lo expresado por Eduardo Rezses, institucionalizaría las formas de dominación del Estado”.

El texto de Jelin recoge materiales de investigación de colegas a los que intenta hacer entrar en diálogo desde lugares desigualitarios de poder, específicamente clase, género y raza. “Las líneas culturales que fracturan el mundo social son a menudo resultados o consecuencias de los conflictos, no sus causas”. Si bien conflictos como los que padeció el Cono Sur en los años setenta no explicitaban variables culturales en su centro, “hay injusticias estructurales y opresiones históricas subyacentes, y éstas deben ser analizadas tomando en cuenta las dimensiones culturales y étnicas”.
Para poner en acción estas premisas, Jelin toma los resultados de la Comisión de Verdad y Reconciliación, la dimensión étnica de las violaciones a los derechos humanos y la especificidad de “las declaraciones de las mujeres”; las discrepancias entre las memorias locales y las nacionales (entre las memorias blancas y las no tanto) a la hora de narrar el pasado reciente en la provincia y la especificidad de la “víctima judía” en el proceso represivo argentino.
 


Reseña: Reunión del Núcleo "Crónicas de viaje y las fotografías del Nunca Más". Expusieron Emilio Crenzel y Elizabeth Jelin, IDES, 4 de abril de 2008

Por Teresa Cáceres

En la reunión del 4 de abril de 2008 del Núcleo de Estudios sobre Memoria se discutieron los textos de Emilio Crenzel "Las fotografías del Nunca Más: Verdad y prueba jurídica de las desapariciones" y algunas crónicas de la estadía de Elizabeth Jelin en Berlín.

El artículo de Crenzel analiza el archivo fotográfico de la CONADEP y da cuenta del proceso de selección que hizo posible el resultado final. En base a la lectura del texto de Crenzel, se discutió respecto a los usos de la fotografía, en tanto prueba jurídica, pero también se discutió qué decía de sí misma la CONADEP a la hora de priorizar y elegir determinadas fotografías para formar parte del informe. Más allá de esto, se discutió respecto al proceso mismo de "la petición" de fotos a los familiares, y a la organización de un archivo en ese sentido. Se reflexionó igualmente respecto a la metáfora de la foto: ¿hay marcas de dolor en los espacios? ¿se homogenizan los espacios? Se habló también de la especificidad: los espacios fotografiados están "limpios" de "lo vivido". Aún así hay un relato que construye: está la subjetividad del productor de la foto, de quien la escoge.

Se volvió a la pregunta del espacio no explorado: la recepción de la fotografía. En un ejercicio realizado entre todos los presentes en la reunión, vimos que hay quienes pasaron por alto la fotografía (no la tienen registrada en el recuerdo), no así los planos; quienes tenían como principal horizonte encontrar nombres; quienes sí querían ver las fotos, fueran cuales fueran. Este es un ámbito aun no explorado y que abre caminos de reflexión.

Respecto a los textos de viaje de Jelin, parten de una necesidad de la autora de ir "contando" lo que va "viendo" y cómo, desde la extrañeza, el interés, la sorpresa o la incomodidad, conforma un tipo de narración que ha llamado "crónicas". Su principal motivación en estos textos es dar cuenta de cómo los lugares "fueron, dejaron de ser y luego volvieron a ser": cosa que en Europa está naturalizada. De ahí la pregunta sobre qué hacer con todos aquellos elementos que son producto del nazismo o del comunismo en el caso de Budapest: ¿se los saca?, ¿se los relega a una especie de cementerio?, ¿dónde empieza y dónde termina la erradicación?, ¿dónde empieza y dónde termina "lo maldito"?, quedan como preguntas abiertas sobre las que se discute pero sobre las que aun no hay una respuesta concreta.



 
 
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LIBROS

Crenzel, Emilio, La historia política del Nunca Más. La memoria de los desaparecidos en la Argentina, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2008


 
Por Federico Lorenz

Uno de los más importantes vehículos de memoria en relación con la experiencia terrorista estatal en la Argentina es el Informe producido por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), publicado en 1984 bajo el título de Nunca Más, por EUDEBA, la editorial de la Universidad de Buenos Aires. La exhaustiva investigación de Emilio Crenzel se propuso explicar la historia política de dicho Informe, ofrecer una serie de argumentos y explicaciones para entender "cómo un relato elaborado por una Comisión que concitó el rechazo inicial de la mayoría de los organismos de derechos humanos, los partidos de oposición, las Fuerzas Armadas y la jerarquía católica, que no recibió apoyo alguno de los sindicatos o de las corporaciones empresariales y cuyos objetivos fueron establecidos por la voluntad del Poder Ejecutivo que la creó, se convirtió en el símbolo de la memoria colectiva sobre las desapariciones" (pág. 190).

Para hacerlo, el autor desarrolla un trabajo de reconstrucción de los diferentes contextos en los que el Informe fue elaborado, dado a publicidad y circulado, entre las poco más de dos décadas que median entre su primera publicación y su reimpresión con un nuevo prólogo, en ocasión del trigésimo aniversario del golpe militar del 24 de marzo de 1976. Lo que va hilvanando la interpretación de Crenzel es la hipótesis que orienta su trabajo, consistente en la idea de que el "Nunca Más conformó un nuevo régimen de memoria sobre la violencia política y las desapariciones en la Argentina, que integró ciertos principios generales de la democracia política, los postulados del gobierno de Alfonsín para juzgar la violencia política y la narrativa humanitaria forjada durante la dictadura para denunciar sus crímenes" (pág. 24).

El primero de los capítulos se ocupa de analizar los cambios en los discursos sobre la violencia política, fundamentalmente como una consecuencia del predominio que fue adquiriendo aquel inspirado por las denuncias por violaciones a los derechos humanos. Muestra lo que distingue al régimen de las desapariciones dentro del contexto más amplio de la violencia política argentina, y analiza las formas que tuvo el conocimiento acerca de estas mientras se producían.

El siguiente capítulo analiza meticulosamente el proceso de constitución de la CONADEP, el aporte cuantitativo y cualitativo que sus acciones produjeron en la apropiación social de la experiencia dictatorial y, entre otros, aporta elementos para romper un sentido común muy fuerte en relación con la historia política de la Comisión: contra la idea de que se trató sólo de una comisión de "notables" que concitó la oposición de los organismos de derechos humanos, Crenzel muestra que el éxito de esta se debió a una alianza y articulación entre estos y el Estado, visible en el logro de producir una instalación política que "debería conjugar dos intervenciones simultáneas: expresar una condena moral contemporánea al sistema de desaparición y constituirse en un legado a futuro que ayudara a evitar su reiteración" (pág. 92).

Semejante voluntad fundacional y refundadora debía necesariamente producir una (re)lectura sobre la historia argentina reciente, y de ella se ocupa el capítulo tres, que muestra como conclusión más importante que el Nunca Más produjo una "humanización abstracta" de las víctimas de la dictadura, "que representa sus vidas genéricas y eclipsa su condición de seres históricos concretos, sus vidas políticas, esto es, aquellos atributos que, precisamente, recuerdan los enfrentamientos que dividieron a la sociedad argentina. El informe, así, realiza simultáneamente una doble operación: repolitiza la identidad de los desaparecidos con respecto a la perspectiva dictatorial, al presentarlos como sujetos de derecho, y la despolitiza al proponerlos como víctimas inocentes, sin incluir su condición militante" (pág. 112).

En el cuarto capítulo Crenzel analiza algunos de los usos públicos y resignificaciones que el Nunca Más como vehículo de memoria experimentó desde su difusión. Entre otros, los modos en que diferentes actores sociales lo utilizaron como base para sus lecturas sobre la época o la reinstalación de sus demandas, o la reinterpretación que artistas como León Ferrari hicieron de este desde su obra, para llegar al polémico nuevo prólogo que la gestión kirchnerista incluyó en las ediciones del 2006. En este último caso, Crenzel encuentra que, más allá de enunciaciones que parecerían nuevas lecturas políticas sobre la época, la cuestión de fondo, la mirada que el Nunca Más construyó sobre la época, sigue, en lo que al Informe hace, intacta.

El análisis del autor se apoya en una exégesis minuciosa del objeto que analiza, y de los sucesivos contextos de producción y circulación del Nunca Más, basado en entrevistas a los principales protagonistas de su materialización, así como en otras fuentes escritas y audiovisuales, y el diálogo con lo mejor de la producción desde el campo de los estudios sobre la memoria.
 

LIBROS

Jensen, Silvina Inés, La provincia flotante. El exilio argentino en Cataluña (1976-2006), Barcelona, Km 13.774, 2007.


 
Por María Virginia Pisarello

La Provincia Flotante es una obra construida en clave historiográfica, que pone en tela de juicio el mito según el cual la Argentina fue y es tierra de acogida, conforme a "aquella inconmovible certeza que hizo de la Argentina decimonónica una tierra promisoria, pródiga y tolerante" (pág 330). A lo largo de sus páginas, Silvina Jensen recorre diferentes facetas del exilio protagonizado por miles de argentinos que recalaron en Cataluña durante la última dictadura militar (1976-83). Se aventura así en la difícil tarea de inscribir en un contexto histórico plurinacional, las memorias exiliares de casi un centenar de entrevistados que actualmente residen en Cataluña o que han retornado a su país natal.

Atento a ello, repone en todo su espesor las luchas por la memoria desatadas en los últimos treinta años a raíz del estatuto y reconocimiento de la condición de "exiliado", para lo cual la autora complementa y entrecruza las fuentes orales con una ingente variedad de materiales documentales, periodísticos y literarios, que se apoyan en un riguroso trabajo de archivo a uno y otro lado del Atlántico.

El libro reconstruye los itinerarios de salida y caracteriza a los emigrantes, así como también identifica las diversas formas de acogida e inserción que ellos tuvieron en la movilizada sociedad catalana de los setenta, comprometida con una transición en la que cifraban sus reclamos por la vuelta de la democracia, por la recuperación de sus instituciones tradicionales y por la reivindicación de la identidad nacional. En este clima fue donde se fortalecieron La Casa Argentina a Catalunya y la Comisión de Solidaridad de Familiares de Desaparecidos, Muertos y Presos Políticos de Barcelona -COSOFAM-, dos asociaciones de denuncia y sociabilidad en el exilio, que presentaron notorias convergencias y divergencias, tal como se observa a raíz de ciertas coyunturas particulares: la celebración del campeonato Mundial de Fútbol en Argentina en 1978, la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA -CIDH- en 1979 y el desarrollo de la Guerra de Malvinas en 1982.

A lo largo de La Provincia Flotante, se analiza el devenir de ambas entidades en relación con el de sus homólogas peninsulares y del resto del mundo, de cara a analizar los debates y derroteros que jalonaron el exilio argentino en países americanos y europeos. Es por esta vía que la autora nos acerca a los grandes problemas que enmarcaron el destierro, y sellaron la orientación de los retornos; entre ellos: la redefinición de la actividad militante orientada a la defensa de los derechos humanos, el análisis de la derrota sufrida y la apuesta a la construcción democrática.

Gestada en este clima, la experiencia de los desexilios entrañó grandes obstáculos para quienes regresaron a la Argentina, donde la vuelta de la democracia (en 1983) fue acompañada por la sanción de Leyes de Impunidad -Punto Final y Obediencia Debida- y de indultos presidenciales a los miembros de la Junta Militar. En este contexto, quienes permanecieron en el extranjero no cejaron en la lucha por la Verdad, la Justicia y la Memoria, hasta el presente, tal como lo demuestra la reconstitución del entramado asociativo del exilio en Cataluña en los años ochenta y noventa.

Desde una perspectiva que vincula la mediana y la corta duración, Silvina Jensen identifica procesos colectivos, a la vez que reconoce el peso de las individualidades. Los interrogantes que instala sobre el pasado y el presente de las sociedades de expulsión y de acogida, le permiten identificar ciertas marcas identitarias de la comunidad exílica argentina, aún treinta años después de su partida. Con esta constatación se cierra una obra cuya precisión y especificidad no limitan la apuesta programática que conlleva, y la apertura de horizontes de estudio que estimula.


 

LIBROS

Lorenz, Federico, Combates por la memoria. Huellas de la dictadura en la historia, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2007

 
Por Rossana Nofal

De pe a pa, derechito en el renglón. Para un manual de escritura de la historia.

“En un lejano país existió hace muchos años una oveja negra. Fue fusilada.” Invitación al diálogo polémico, el relato de Augusto Monterroso es la entrada perfecta a las preguntas de Federico Lorenz: ¿con qué argumentos se ajustició lo diferente?, ¿cuáles fueron los argumentos de la muerte?, ¿cuáles las palabras silenciosas de la defensa?

Los Combates por la memoria se empiezan a contar con un giño de autor muy claro, un llamado a leer a contrapelo los cánones establecidos y desmontar, cuidadosamente, los binarismos que llevan a pensar que lo que hace el bien está bien y lo que hace el mal está mal.

Una intervención constante, con la lógica del contrapunto, explica una búsqueda narrativa más allá de sectarismos; una crítica secular, sin posiciones acartonadas, desfachatada, si se quiere, rigurosa, exhaustiva. Todo en un mismo escenario de combate.

Lorenz ilumina los relatos maestros que construyeron las claves de una interpretación alegórica de la historia en términos de buenos y malos; cruza los esquemas establecidos y se pregunta por las categorías de clase y las variables de género. Con una clara voluntad de historizar la memoria trabaja el núcleo duro de lo que llama la “vulgata procesita”, simbólicamente eficaz, apoyada en silencios y borraduras. Se trata de “un relato que justifica la represión ilegal contraponiéndole la violencia de las organizaciones armadas, apoyado en una memoria subterránea y latente que aflora frente a determinados eventos, como por ejemplo las discusiones surgidas a partir de la iniciativa presidencial de instalar un museo en el predio de la ESMA” (pág. 18).

El libro se abre con preguntas inquietantes sobre el para qué de la historia y de los historiadores. El cruce subjetivo quiebra la universal reiteración de los interrogantes y nos posiciona frente a un lector acosado por fantasmas y en un juego múltiple de voces y verdades. “Tenía entonces, por supuesto, una visión bastante idealizada de lo que los historiadores hacemos y de lo que la historia es, que en gran medida es la que seguimos construyendo en las escuelas todos los días. Por otra parte, sinceramente, no creo que se pueda ser profesor –de lo que sea- sin alimentar esa convicción: que la historia –que la disciplina- es una herramienta de intervención política” (pág. 11).
Lorenz escribe un libro comunicante, para ser leído en un tranvía, como diría Oliverio Girondo, para ser leído en un subterráneo de Buenos Aires. Palabras escritas para leer en un tiempo suspendido, cuando no llegan los trenes y los ómnibus en los que viajan ejércitos de profesores en cualquier geografía. La palabra yo expone la voluntad de un centro autorial en donde la historia alcanza al historiador y lo transforma, lo saca fuera del lugar común y lo posiciona en un campo de batalla, en un espacio de disputas por el poder de la interpretación.

“Soy hijo de muchas violencias y silencios. Los que comenzamos el secundario en 1984 heredamos la muerte y la derrota, traducidas en una normativa para el buen vivir, una serie de valores incuestionables porque garantizaban un futuro alejado de la violencia. ¿Hasta qué punto no fuimos educados desde el miedo, desde el recuerdo del dolor que paraliza?” (pág. 13). Lorenz se propone, entonces, leer a los malos de esta historia y toma todos los riesgos. “Quiénes están enterrados bajo los sinvergüenzas que disfrutan es una de las preguntas orientadoras de este libro. Qué era lo que muchos llamaron revolución, qué forma tuvieron esos sueños, son las otras” (pág. 13). Todos los movimientos nacionalistas crean mitos sobre sí mismos, cada generación, agrega Lorenz, construye el pasado a su medida; los historiadores, frente a la hegemonía de estos relatos, se ubican siempre como aguafiestas.

Explora los artículos de la revista Gente o el libro de Ramón Genaro Díaz Bessone, Guerra Revolucionaria en la Argentina (1959-1978). “Su relato construye la historia como una respuesta de las Fuerzas Armadas a la agresión de unas minorías contra el conjunto de la sociedad” (pág. 22). El historiador busca los indicios con los que se construye una propaganda subterránea capaz de organizar las claves de la interpretación alegórica del presente. Creo que Lorenz desmonta los relatos falsos con los que se colonizó los imaginarios, cuáles fueron las máquinas de narrar y las máquinas de guerra que justificaron los mecanismos del terror. La lectura de la malla discursiva que atravesó la sociedad le permite leer la organización de un modelo binario pensado en clave de enfrentamiento entre buenos y malos, entre los unos y los otros. “Bessone ni siquiera menciona el terrorismo de Estado pues caracteriza a todo el proceso como guerra, aún apropiándose de la terminología de sus adversarios, al agregarle el adjetivo ‘revolucionaria’” (pág. 23). Las operaciones “normales” implican todo aquello denunciado por las víctimas como una sinrazón y condenado en distintas instancias. Qué dijo la derecha y cuáles fueron los andamiajes significativos de esas palabras equívocas.

Lorenz visita sus antiguas obsesiones y vuelve a la noche de los lápices y al testimonio de su informante clave: Pablo Díaz y su figuración de autor. Un capítulo importante abre los portones de la ESMA y expone las disputas en torno al edificio y sus relatos. El acto inaugural de esta nueva flexión del 24 de marzo de 2004 y el indudable cambio en los libretos de la memoria frente a la intervención estatal. “Los hechos, sin duda, no hablan por sí solos, pero el trabajo de los historiadores, y de quienes participen en el debate, es hacer que su inclusión en una narrativa histórica los transforme en evidencia y no en ilustración” (pág. 94).

“Todos los finales son abiertos”. Lorenz se juega en el espacio intersticial de la diferencia y toma todos los riesgos; Rep ilumina los personajes de esta polémica con una ilustración de tapa construida en espejo: esto pasó, esto no pasó. Es el lector quien tiene la última palabra. Esta apelación abre otra puerta de entrada, más plural, en el espesor de la literatura de la vulgata procesista. Es precisamente él quien corta el circuito y es ajeno al régimen de la representación binaria. Su lugar es políticamente menos tranquilizador y puede sostener lo contrario, incluso frente a las verdades y a los presupuestos del lugar de autor.

 

LIBROS

Alcoba, Laura, La casa de los conejos, Edhasa, 2008 (Manèges, Gallimard, 2007)

 
Por Margarita Merbilhaá

La novela de Laura Alcoba viene a ocupar un lugar particular entre las narraciones que abordan el pasado reciente. En primer lugar, porque nos instala entre dos dimensiones que no son fáciles de acercar: el testimonio y la ficción literaria, dos discursos que por lo general se han venido bifurcando en las narraciones sobre la dictadura y el pasado reciente. La novela está fuertemente marcada por procedimientos de ficción que dan a lo testimonial un espesor distinto y lo testimonial, a su vez, está claramente evocado y omnipresente, sin lugar para el equívoco. Por un lado, sabemos desde las primeras páginas que abren la novela, en las que una voz en primera persona se dirige a Diana, a Diana Terrugi, la militante de Montoneros responsable de una de las imprentas más importantes de la organización, oculta en una casa que fue salvajemente atacada en un operativo que marcó para siempre a muchos habitantes de la ciudad de La Plata, la casa de donde se llevaron a Clara Anahí, la hija de tres meses de Diana y Daniel. Sin embargo, luego de ese marco inicial, aparece desde el primer capítulo una voz que va construyendo un mundo privado, anclado en el espacio y el tiempo (“La Plata, 1975”) pero donde se va configurando un mundo propio, el de la infancia. Cobra una dimensión nueva, entonces, nombrar a la “Argentina de los Montoneros, de la dictadura y del terror desde la altura de una niña que fui”, dice la autora, (pág.12), reconstruyendo la cotidianeidad ya no sólo del terror sino de la militancia, del repliegue inevitable que se combinaba con unos últimos impulsos de resistencia a la dictadura, de lo que era vivir en el encierro y el aislamiento desde la percepción de un nena de siete y ocho ochos.

Al haber sido la novela escrita en principio para un público francés, casi podría decirse que la edición argentina es otra novela. Los dos libros resultan muy diferentes por la manera tan inconmensurable en que intervienen sobre la experiencia de los lectores. La lengua de la versión original es una lengua aprendida en el exilio, también incorporada durante la infancia pero después de los hechos narrados, de modo que el francés pudo funcionar como una mediación de lo vivido. Una mediación marcada ante todo por la impasibilidad, para usar una palabra flaubertiana. Es algo que la traducción recuperó bien, en cierta extrañeza del idioma. Da la impresión de una reescritura que estuvo atenta a ese tono, en el que se impuso la neutralidad, la suspensión del juicio, de la valoración, de la indagación.

Significativamente, el relato de hechos no alcanza a ocupar el primer plano, que más bien está invadido por lo imaginario: percepciones, impresiones, silencios y por lo simbólico, el desfile de las voces de los adultos. ¡Cuánto hablan esos adultos en la novela!, ¡cuán saturado está ese mundo de mediados de los setenta de análisis!. La niña tiene mucho para escuchar, desde explicaciones que aspiran a refundar tradiciones culturales hasta relatos escolares que desfilan ante la narradora aturdida por tantas vivencias contradictorias. Está presente la religión en la escena del bautismo, con ese personaje de la amiga de la madre, que de tan fantasmagórico no tiene nombre en la novela; también circulan los relatos familiares de sobremesa y asoman por momentos las lecturas coyunturales tributarias de una cultura política que reinventaba el mundo con el fervor de la voluntad.

Uno de los mayores aciertos de la novela es precisamente haber creado en la ficción un mundo de la infancia, haber sido escrita a partir de una mirada infantil, una mirada que se corre constantemente de una perspectiva fija: la narradora está, a pesar suyo, llevada de un lado a otro. La mirada que devuelve de la experiencia de la clandestinidad y de haber compartido esa militancia está extrañada y a la vez implicada. Es que ella tomó parte pasivamente, aunque suene contradictorio, lo que se traduce en un uso tímido, muy acotado, del “nosotros” para hablar del día a día de la militancia y también por una asimilación del lenguaje militante de los adultos: “Yo no consigo hablar. Miro al Ingeniero, espantada. Quisiera dejar de mirarlo así pero no consigo siquiera volver la cabeza. Estoy como clavada por sus dos ojos. Quisiera que él se calme, pero comprendo que lo que he hecho es gravísimo. Decididamente, no estoy a la altura” (pág. 100). Esta mirada no evalúa ni analiza, ofrece un relato despojado, que no quiere hacer una crónica sino que se organiza hilando escenas de recuerdos, pautadas por silencios “significativos” (“Como sea, comprendo que en el caso de que alguien, en la cárcel, me haga preguntas, no podré volver a la casa de los conejos. Me parece que tengo miedo. En fin, es una de las tantas cosas de las que no estoy segura” (pág. 88).La niña sabe que por seguridad, no tiene que preguntar, ni hablar, ni explicar nada a ningún extraño y tampoco a los adultos con los que convive, a excepción de Diana, aunque esto no sea deliberado.

Al inventar un mundo desde una perspectiva extrañada que se sustrae precisamente a las explicaciones, el vacío de sentidos que se instaura es proyectado entonces hacia un espacio situado fuera de la novela y se traslada, así, al lector. Por eso, al menos al recuperar las escenas de su infancia, la narradora no se preocupa por procesar ni interpretar lo que está viviendo. Ese es uno de los modos en que esta narración nos interpela: nos obliga a leer evaluando, intentando comprender. Nos traslada a nuestros propios recuerdos o a los recuerdos de otros, leídos o escuchados. Alcanza incluso un núcleo incómodo para lectores argentinos, en el modo en que emerge un intento sostenido por desconocer la Historia. Lo leemos en dos soluciones formales que pueden resultar inquietantes. Por un lado, el máximo borramiento de contextos históricos, o la intención de darles la espalda acotándolos a lo más inmediato o tangible de la experiencia revolucionaria. Por otro lado, la narradora recurre al uso de expresiones con una densa carga simbólica para el contexto discursivo de los análisis sobre nuestro pasado reciente (se habla en la introducción de la “locura argentina”, de “seres arrebatados por la violencia”), las que circulan como si estuvieran despojadas de su carácter conflictivo. Parecieran palabras escritas haciendo caso omiso de la repercusión de sus sentidos en Argentina.

Los recuerdos que aparecen son, ante todo, lo menos colectivos que pueden ser: no se trata de vivencias comunes a todos, no forman parte de una memoria pública y urbana, contrariamente a, por ejemplo, los discursos de Videla, los tanques en las calles, los allanamientos. Aquí la memoria que surge es la de las acciones clandestinas, la de la visita a las cárceles de la dictadura. Esta memoria acotada, privada, adquiere ahora otro carácter, porque al ser puesta en una ficción, pasa a pertenecer al presente (el de la lectura, el de la circulación de los libros), un presente que nada tiene que ver con el pasado de hace treinta años. A través de esta puesta en ficción, la narradora opta no sólo por volver a darles una entidad perdida sino sobre todo por no dejarlos en el pasado. Y los propios hechos del pasado cobran otra dimensión, en tanto dejan de ser secretos, clandestinos. En este sentido resulta revelador que en el capítulo 6 haya una vuelta al presente de enunciación, en el que la voz narradora saca a la luz una palabra anclada en la práctica política de esos años, y luego borrada. La palabra “embute” sale del secreto y se revela su sentido. Se trata de sacar del embute hechos nunca antes narrados.

Si pocos pueden identificarse con lo que allí se narra, esto contrasta con el modo en que la infancia solitaria que se va construyendo imaginariamente podría ser la de cualquiera, en cualquier tiempo. En esto, también la novela nos interpela, en tanto no está situada ni encerrada exclusivamente en el pasado (contrariamente a lo que ocurría con los habitantes de la casa de la imprenta clandestina): hay allí una elección de escritura. Por un lado, la novela vuelve sobre escenas narradas desde una temporalidad contemporánea a los hechos, pero hay otra temporalidad, que incluye al presente en que se enuncian esos recuerdos: el marco inicial donde la narradora le escribe a Diana; el marco final, la transcripción de documentos publicados hace menos de diez años, que por primera vez registran lo que pasó en la casa; las informaciones que le suministra Chicha Mariani a la narradora, hace nada más que cinco años. ¿Cómo interpretarlo? No se trata, finalmente, de acceder a alguna interpretación de la experiencia, menos a un análisis retrospectivo, porque como ya dijimos, la narradora se sustrae a eso. De alguna manera, las remisiones a fechas tan contemporáneas tienen que ver con lo que aparece al comienzo respecto de la necesidad de “escribir para olvidar un poco”, pero también porque ha comprendido “que no hay que olvidar a los vivos” (pág. 12). ¿Qué vivos? ¿Nosotros? Definitivamente, pasamos, con la heterogeneidad de nuestras experiencias en el pasado reciente, a ser testigos de los hechos que allí se narran; la radicalización política de los años setenta nos invade a todos, se cuela en los intersticios en que retorna el pasado. Uno de los efectos de esto es que la clandestinidad estalla definitivamente. El “embute” vuelve a existir durante el tiempo de la lectura, y se destapa.

Pero hay otros puntos de contacto más perdurables con “los vivos”, menos visibles, que aparecen en un trabajo de escritura ya no despojado, como ocurría con la mirada infantil elegida por la narradora. Otros tramos de la novela se revelan ricos en imágenes, son simbólicamente densos y remiten a un orden visual, al plano de la mirada. En este aspecto la novela apela también a nuestro registro menos consciente: se van configurando maneras de mirar, aparece un espesor de imágenes en el que la narradora surge ante todo como observadora. Es “testigo ocular”, pero también juega con la libertad que le permite ver, mirar, borrar imágenes, recrearlas, ocultar la luz y hacerla aparecer cuando se quiera. Esto nos interpela, decía, porque todos fuimos, a nuestro pesar, más o menos testigos oculares de los tiempos de la dictadura y lo fuimos de los modos más diversos. Se podían ocultar los cuerpos, censurar la palabra, pero inevitablemente algo de los operativos, la represión y la opresión quedaba a la vista.

Por eso abundan las escenas en que se configuran formas de mirar dispares y variadas: los ojos y la sonrisa de Diana, los efectos visuales de la calesita, el juego con autitos compartidos con otros hijos de militantes, los ojos vacíos de la monja que hace de maestra, lo que la nena no puede dejar de ver cuando la hacen desvestirse junta a su abuela, lo visible y lo invisible (en primer lugar el embute), el mapa de la ciudad que se usa para delatar el embute, la referencia a “La carta robada” de Edgar Alan Poe. Lo invisible pero a la vista de todos, lo oculto y lo clandestino. Ese mundo recreado de la infancia también es un espacio de todos y que traspasa las fronteras. El de esta novela tiene una lógica que desafía las reglas del “azar”, las del movimiento, las de la óptica y también los códigos del mundo de los adultos. A veces les reclama cordura, sólo con actos incontrolados, liberadores de la tensión. Una infancia que nos habla, por supuesto, del mundo de los mayores y que deja incluso ver una clara marca generacional en el modo en que muchos padres jóvenes de la generación de los años sesenta y setenta desafiaron los modos tradicionales de dirigirse y de educar a los niños, y buscaron tratarlos como personas plenas, hablarles sin engaños ni silencios. Eso también es un registro olvidado que la novela recupera.

La casa de los conejos interviene sobre aquel pasado de muchas maneras que intentamos indagar. Casi podría decirse que con su publicación en español, con la puesta en circulación de lo que allí se cuenta por primera vez, es la casa en sí misma la que se transforma. Por efecto de la ficción, la “casa de los conejos” deja de serlo y pasa a ser la casa de la imprenta clandestina construida en 1975 para resistir a los últimos años de gobierno de Isabel Perón y, en dictadura, para la publicación del periódico Evita montonera. Una casa por la que pasaron y se escondieron niños, mujeres, hombres llevados a situaciones límite.

 

LIBROS

A propósito de Alan Pauls, Historia del llanto, Barcelona, Anagrama, 2008

 
Por Jordana Blejmar

Historia del llanto. Un testimonio
, el último libro de Alan Pauls, es un texto híbrido, mezcla de buildungsroman, novela de la interioridad, autobiografía y una declaración estético-política escrita en clave ficcional. Es, sobre todo y como la define su autor, una nouvelle que trata sobre el testimonio en tercera persona de un “niño-monstruo”, lector precoz, confidente, niño prodigio, freak, “group y de la lucha armada”.

¿Qué se atestigua? Las desventuras y vaivenes de una infancia, transcurrida durante los álgidos años sesenta y setenta en la Argentina, “empeñada en no llamar la atención”.

Es que el protagonista, cuyo nombre desconocemos y que tiene alternadamente entre cuatro y catorce años, sabe que vive una estación intensa de la historia nacional pero está condenado a experimentarla desde la periferia. Su aproximación a eso que Alain Badiou llamó pasión de lo real, es decir la dimensión insurreccional y amoral de la política que vivió gran parte del siglo pasado, se da a través de la literatura marxista – Fanon, Michael Löwy, Armand Mattelart – y el contacto con aquellos que sí experimentaron en carne propia quimeras y desencantos: un cantautor de protesta exiliado, una ex erpia, un oligarca torturado. La ecléctica galería de personajes la completan los padres, un vecino militar y una novia chilena de familia conservadora.

Junto con el título, la portada del libro, el detalle de “Ezeiza Paintant”, perteneciente al mural de Fabián Marcaccio que evoca la masacre del 20 de junio de 1973, resultado del enfrentamiento de sectores opuestos del peronismo, funciona como advertencia: ésta es una historia de derroteros y desengaños.

Todos los personajes son, en última instancia, farsantes, como el superhéroe que se revela vulnerable ante la kriptonita (y también ante su propia moralidad), y el militar que, detrás de su apariencia viril y autoritaria, esconde un costado sensible y femenino. Otros ejemplos son el protagonista, que “siempre se ha sentido como un impostor, el doble pálido de su amigo…”, los aliens de la serie Los invasores y, por antonomasia, todos los uniformados, “curas, policías, militares, cajeras de supermercados, alumnos de escuela”, cuyas investiduras revelan una doble vida y están diseñadas para significar equívocos.

Además de la ruptura radical del peronismo en Ezeiza, otros hechos – el asesinato de Aramburu y la muerte de Gatica – aparecen, velados y fugaces, intercalados en la narración. El 11 de septiembre de 1973 es, no obstante, la única referencia histórica que se menciona. El protagonista y un amigo, dos años mayor, miran por televisión las imágenes del Palacio de la Moneda rodeado de militares. Ambos son simpatizantes de la izquierda revolucionaria. Él, que siempre ha sido un chico sensible (lo demuestra su capacidad de escucha a los problemas adultos, un lagrimal hasta entonces inagotable e incluso el ardor que siente en la yemas de los dedos cuando roza el fondo de la pileta), se mantiene inerte ante la pantalla. Su amigo, por el contrario, no puede contener el llanto frente a la caída de Allende y la comprobación del fin de la utopía socialista que acompañó toda una generación de jóvenes latinoamericanos.

Pero, ya lo habíamos advertido, el foco de atención no es tanto la historia con mayúsculas (aunque tramposamente también así lo sugieran el título y la portada), como los años tiernos del protagonista.

Pauls dice que este libro es el primero de una serie de tres sobre los años setenta (el próximo será Historia del pelo) y que comienza donde termina La vida descalzo (2006). En las últimas líneas de esa crónica de un niño sobre la playa, reflexiona el narrador que “quizá no haya habido días en nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos que creímos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con el libro por el que más tarde, una vez que lo hayamos olvidado, estaremos dispuestos a sacrificarlo todo.”

Ese descubrimiento – la comprobación de que no hay nada tan intenso como la lectura – acompaña también al protagonista de Historia del llanto. Los libros y publicaciones de las organizaciones armadas lo acercan a los hechos del mundo exterior. A su vez, sin embargo, le revelan que esos hechos, mediados por la lectura, se encuentran tan distantes de su vida como el horizonte mismo.

La obsesión por Lo Cerca funciona como motor del relato. También desde esa matriz es posible leer la relación padre-hijo. La proximidad del personaje con su padre lo hace llorar. Al mismo tiempo, éste, aunque se lo proponga, no puede “llegarle”. Lo expone ante sus amigos como un juguete de feria, pero cuando su hijo lo busca, lo necesita, es el compañero de dobles de tenis del padre quien, en su lugar, le acaricia la cabeza. Lo Cerca, parece decir el libro, es una categoría que mejor mantener a Lo Lejos.

Acaso ese “ocaso” de la figura paterna (que, a nivel político, muestra las fisuras de los ideales) es lo que no permite al protagonista identificarse por completo con su amigo, el que llora por Allende que, a principios de los setenta, fue uno de los primeros Padres caídos.

Hay que decir además que, alejado de los discursos más comunes cuando se habla de los tempranos setenta en la literatura argentina contemporánea, esto es, la reivindicación absoluta de la lucha armada o, su opuesto, el rechazo acérrimo de cualquiera de sus preceptos, Historia del llanto trata de algo diferente. En efecto, el libro se propone como una crítica a la pedagogía progresista, el sentido común y el ejercicio de la caridad cuya cultura Pauls asocia con la identificación con el dolor y la inmediatez, la sencillez y la transparencia, valores que no puede sino aborrecer. El problema aquí no es tanto la crítica en sí, sino el modo en que se resuelve literariamente.

Un claro ejemplo lo constituyen las casi veinte páginas que la novela le dedica a defenestrar al cantautor de protestas (la Bondad Humana, como lo llama el protagonista), apenas regresado de un exilio español de siete años, que expresaría esos valores y cuyo correlato en la vida real es, no hay duda, el cantante Piero: tiene cabeza enrulada, “anteojos de miope” y “tono de argentino rehabilitado”, además de una “sempiterna sonrisa” que algunos han atribuido a “una forma benévola de atrofia muscular”. “Es un desastre – se lee en un momento – miente hasta cuando afina la guitarra” y “ya en los años setenta ni los sordos lo hubieran soportado”.

Cuesta entender tanta animadversión con un personaje público que poco dice sobre ese progresismo (o, para el caso, sobre casi nada en particular). Y es que el encuentro con esta figura y sobre todo con tres versos de una de sus canciones, no es sólo un episodio más en la historia, sino el “gran acontecimiento político” de la vida del protagonista. Aquel que le revela la sinrazón de su adhesión a la causa revolucionaria y lo que despierta en él la náusea, como define al sentimiento de desilusión que lo acompañará hasta el final del relato.

Por lo demás, la novela tiene algunos aciertos. En primer lugar, ensaya una efectiva exploración de la intimidad y, con buen tino, la sitúa en un momento en que esa dimensión (la de la vida privada) se hallaba bastardeada tanto por derecha como por izquierda. Pauls no es, se sabe, un amateur en este terreno. Desde El pudor del pornógrafo (1984), pasando por su lúcido prólogo y edición a Cómo se escribe un diario íntimo (1996), sus intervenciones respecto del género epistolar, los estudios sobre Puig, y ese texto programático sobre el (des)amor que es El pasado (2006), sus preocupaciones estético-literarias se proponen entender con persistencia casi obsesiva los recónditos vínculos entre escritura y vida, entre literatura e interioridad.

Sumado a esta búsqueda, la construcción ficticia de lo que el mismo autor denomina el “testigo irrelevante”, alguien que nada tiene que decir sobre su época, porque nada ha visto, nada ha oído, nada ha hecho, es afirmar el derecho a la palabra que todos tenemos cuando se discute un período que, durante mucho tiempo, parecía haber sido objeto de debate exclusivo de los entendidos. Aquí es posible, incluso, ver una conexión con Ciencias Morales, la otra novela de Anagrama sobre el pasado reciente, lanzada al mercado casi en simultáneo con esta. Testigo irrelevante es también, por ejemplo, el hermano de la preceptora del libro de Martín Kohan, un soldado que no llega a combatir en Malvinas y que, por eso, no tiene nada que decir. De allí las postales cada vez más lacónicas que le manda a su madre desde el sur.

Finalmente, el libro introduce ciertas novedades estilísticas que resulta oportuno subrayar. El ritmo de escritura busca solaparse con el de lectura al dar la impresión de haber sido escrito de un tirón, en una sola frase y exigir, por eso, una lectura sin pausas. Los corchetes con puntos suspensivos no la interrumpen. Al contrario, la agilizan. Por otro lado, el tiempo de la enunciación (siempre el presente) logra encarnar, en la escritura, la verdadera naturaleza del recuerdo: aún cuando evoque el pasado, la memoria siempre se ejerce desde un aquí y ahora.

Es verdad que ni la incomodidad que el libro parece tener con dos tópicos de los setenta – la militarización que evocan los uniformes y la sensiblería – ni la construcción del personaje principal terminan de convencer. Lo primero porque, aunque válido, el juicio parece algo injusto con una época más compleja y rica que la imagen que se desprende de esa crítica. Lo segundo porque, si bien la figura del “testigo irrelevante” que propone es por demás atractiva, lo cierto es que este niño no está del todo al margen y por eso su irrelevancia es, de algún modo, relativa.

Así y todo, Historia del llanto contribuye a un debate fresco y en curso sobre lo que Alberto Giordano llamó “escrituras del yo” y también sobre la relación entre literatura e historia, la experiencia de lectura en tiempos de acción, la naturaleza del testimonio y el estatus del testigo. Las reflexiones que propone esta nouvelle, entonces, son bienvenidas, aunque más no sea para discutir con ellas.

 
 


MUESTRAS Y REUNIONES
Ponerle el cuerpo a la falta: Notas sobre la muestra "Ausencias". Centro Cultural Recoleta, 26 de febrero al 30 de marzo de 2008


Por Teresa Cáceres y María Eugenia Mendizábal

En la muestra presentada en el Centro Cultural Recoleta se despliega la obra de Gustavo Germano, quien se adentra en catorce casos de desaparición forzada en Entre Ríos utilizando el soporte fotográfico para provocar en el público la sensación que da nombre a su trabajo: Ausencias. Germano recopila entre los familiares y amigos de detenidos desaparecidos fotografías “de álbum”: vacaciones, casamiento, grupos de amigos, familias. Los protagonistas de las fotografías están en acción, en contexto, sonriendo, en el campo, a la vera de un río, en los interiores o el jardín de una casa.

Luego, el autor reconstruye la escena, pasados los años, en la misma locación y con los mismos protagonistas. La diferencia es que los que antes eran niños ahora son adultos, y los que eran adultos ahora son ancianos. La diferencia es que ya no están todos. La fotografía recreada por Germano marca el tiempo, y marca la tensión entre los que están y los que no están, siendo estos últimos los que, desde lo fantasmal, se apoderan de la fotografía. La segunda foto es una re-construcción, una re-presentación en la que se hace material la ausencia de una, dos, tres o más personas, que permanecen detenidas-desaparecidas. En cada una de esas fotografías lo restante, los restantes, los que quedaron, crecieron y envejecieron, las corporalidades de los que siguen vivos dan cuenta de la falta, de la perdurabilidad del dolor, del daño provocado no ya solamente sobre los cuerpos de los “ausentes” sino sobre cada uno de los cuerpos que seguimos vivos.

Las dos fotografías de cada caso son de amplio formato y están colocadas una al lado de la otra, invitando a la comparación. El paralelismo entre ambas fotos, la familiar y la re-creada, es un ejercicio en el que se presenta el agujero, el espacio vacío (que sigue lleno, basta con ver a cada uno de los fotografiados cediéndole paso y espacio al ausente). Presenta así, además, la perdurabilidad del dolor y la perseverancia del recuerdo. Algo de la dimensión social, de las consecuencias sobre el conjunto de la sociedad de la desaparición forzosa de personas se observa, en la obvia falta, en el vacío de cada una de las fotografías contemporáneas.

La exposición es acompañada también por un video que muestra el proceso de producción de cada una de las fotos del hoy. Se ve a los familiares y amigos eligiendo el lugar, indicándole a Germano dónde y cómo. Se los ve dóciles ante las instrucciones del autor que, con la foto original en mano, intenta reproducir las poses, el enfoque, la perspectiva de la foto de hace treinta años. Una pareja joven en la playa. Después, una playa vacía. La misma pareja, luego, con su hija de pocos meses, mostrándola al lente, los tres con una sonrisa. Después, sólo la hija entre el vacío de sus padres. Dos hermanos bajando ágiles por una cuesta. Luego, uno sólo, ya no tan ágil, haciendo el mismo descenso.

La propuesta estética va un poco más allá, si seguimos la exposición acompañados del tríptico que acompaña la muestra: una breve historia de vida de cada uno de los detenidos-desaparecidos y en algunos casos escritos de los propios detenidos-desaparecidos, que son ausencias en las fotografías contemporáneas. Así, el visitante descubre que existe una ligazón entre varias de las fotografías, entre quienes faltan o perduran en el presente: hay parientes, hay amigos. Hay un relato continuo entre los catorce casos. Algo más acerca de la trama social herida se descubre en esta segunda instancia. Quienes quedan ¿relatan? , con su mero juntarse, abrazarse, tocarse, estar ahí, la falta del compañero, de la compañera. La escenificación planteada por el autor no es espuria, genera preguntas, sentimientos e inquietudes. La memoria se corporiza en la distribución de los presentes alrededor de las ausencias, en la escenificación que propone el autor. La ausencia del/los detenido/os-desaparecido/os se corporiza en el/los cuerpo/os de los presentes, o en aquello del contexto original que perdura. En la muestra, la falta, en su doble acepción de merma y daño, no cesa y quienes perviven “ponen el cuerpo” para hacerla pública.

Pueden ver las fotografías de la muestra en la página web del autor:
http://www.gustavogermano.com

 
 

MUESTRAS Y REUNIONES
Notas sobre el acto realizado en el Espacio para la Memoria (ex Escuela de Mecánica de la Armada) el 24 de marzo de 2008


Por María Eugenia Mendizábal

El 24 de marzo de 2008 se realizó, en rememoración y repudio al último golpe de Estado que vivió Argentina, un acto “interreligioso” organizado por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. El acto se realizó en la ex Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), uno de los ex centros clandestinos de detención utilizado por la última dictadura militar y donde comenzó a materializarse en 2004 el “Espacio para la Memoria y la Promoción de los Derechos Humanos”.

Habían pasado cuatro años desde el día en que el ex presidente de la nación, Néstor Kirchner, firmara un convenio con la Ciudad de Buenos Aires para la devolución del predio. Aquel día una de las calles aledañas al lugar se había colmado de gente expectante que escuchaba por primera vez a un presidente pedir disculpas por los crímenes cometidos por el terrorismo de Estado. Exactamente cuatro años más tarde desde que cantaran músicos populares y que la gente entrara espontáneamente al predio, circulara por los edificios (por primera vez abiertos al público) e ingresara al emblemático “cuatro columnas” para cantar entre lágrimas y banderas, el himno nacional a capella, creando una sensación de comunidad espontánea.

Esta vez el evento se desarrolló dentro del predio, en la explanada del emblemático edificio “cuatro columnas”. Las escalinatas del edificio sirvieron de escenario y frente a ellas se ubicaron sillas reservadas para Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo y otros miembros de los organismos de Derechos Humanos. Alrededor se fue ubicando el resto de las personas que asistieron al acto, la prensa y diversas personalidades relacionadas con la promoción de los Derechos Humanos, desde la administración pública (de la Ciudad de Buenos Aires y la Nación) y el poder legislativo, entre otros.

El secretario de Derechos Humanos de la nación, Eduardo Luis Duhalde, abrió el acto y en sus palabras expresó que a “treinta y dos años de la noche más negra” que vivió el país, se realizaba la invocación religiosa con el objeto de “fortalecer nuestro espíritu” y para homenajear a las víctimas. Estableció, Duhalde, que “honramos a todas las víctimas de la dictadura genocida” ya que la condición de víctima “no permite distinción” y que nadie mereció ser blanco del odio y la ferocidad de los represores.

Luego de que hablara el secretario de Derechos Humanos, lo hicieron el Rabino Daniel Goldman, el Padre Domingo Bresci y el Pastor Aldo Etchegoyen. Algunos hicieron menciones a textos religiosos, otros a las instituciones a las que pertenecen, todos se refirieron a la noción de justicia y de verdad como inherentes a la vida y a la memoria. Los tres religiosos mencionaron, desde diferentes posiciones, la especificidad del sitio donde nos habíamos convocado.
Mientras que el rabino Goldman hizo énfasis en la noción de verdad que emergía en ese sitio, en el rol de la memoria y la historia en la lucha contra la impunidad, el padre Bresci hizo hincapié en los roles jugados por la iglesia católica durante la dictadura. Por su parte, Etchegoyen reforzó la idea –compartida por los tres religiosos- de la persistencia de la lucha y la victoria de la vida sobre la muerte.

En el comienzo del acto, antes de que hablaran el funcionario y los religiosos, se escuchó una grabación del himno nacional argentino. El público cantó las estrofas. Muchas manos en “V” y algunos puños elevados cerraron los versos que dicen “coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir”. De todos los momentos de este acto interreligioso ese, entiendo, fue vivido del modo más “religioso” de todos, ahí se dio una forma de comunidad de fe otra que, de todos modos, concordaba con las palabras de cada uno de los religiosos.


 

MUESTRAS Y REUNIONES
Notas sobre la Conferencia "Memories in the age of globalization". Viena, 6 al 8 de marzo de 2008


Por Susana G. Kaufman

Organizada por el IFK -Internationales Forschungszentrum Kulturwissenschaften- en la ciudad de Viena, tuvo lugar la conferencia Memories in the age of globalization.

La propuesta, organizada por Aleida Assmann de la Universidad de Konstanz y por Sebastian Conrad de la Universidad de Florencia, convocó a profesionales de distintas disciplinas, regiones y áreas temáticas para la presentación de papers y para el intercambio de trabajos y experiencias locales.

La convocatoria planteaba que en la era de la globalización los focos y repercusiones de temas sociales, de discursos políticos y la creación de símbolos no están ya confinados a los límites nacionales sino que han atravesado fronteras. Y esto vale para el campo de construcción de memorias que, aún con sus formas locales, pueden verse comparadas e influidas en el contexto global. También, resaltaban que esas memorias se construyen y se confrontan en una situación de advertencia política y ética para las diferentes regiones del mundo.

En este contexto tres áreas fueron propuestas y elegidas para la organización de la agenda de la conferencia. Estas fueron: la dialéctica entre lo global y lo local, los traumas transnacionales y la difusión de signos y símbolos.

El trabajo que presentamos –Memorias y reconstrucción de subjetividades en períodos de violencia política en Sud América. Marcos globales y locales– que preparamos con Elizabeth Jelin, proponía revisar y problematizar los procesos de elaboración de las violencias represivas durante la historia reciente argentina. El trabajo incluyó una discusión conceptual, especialmente centrada en la noción de trauma, la descripción de las figuras paradigmáticas de la violencia en nuestro país y el análisis de las huellas en las generaciones siguientes. También pensar la represión en el marco de pactos y planes llevados a cabo en la región de manera conjunta y plantear miradas comparativas como así también el desafío de no abandonar la importancia de la perspectiva subjetiva y local en la construcción de esas memorias.

 


VIAJES

¿Dónde ponemos a los "malos" de la historia?

Por Elizabeth Jelin, desde Berlín

En estos meses que estoy pasando en Berlín, como Fellow del Wissenschaftskolleg zu Berlin, tengo la posibilidad de explorar y reflexionar sobre lo que veo y vivo aquí. No se trata de estudios etnográficos o sociológicos sistemáticos, sino de miradas y reflexiones donde voy volcando mis sensaciones, sentimientos, enigmas y misterios. Lo que sigue está en esa clave, distinta en muchos sentidos a la ponencia de corte académico.

Hay un tema sobre el que leí algo y miré con atención en Berlín. Pero lo que me lleva ahora a salir de Berlín y hablar de esto es haber estado el fin de semana pasado en Budapest, con Susi Kaufman, en una escapada después de un seminario que compartimos en Viena.

Un comentario adicional: me costó mucho escribir esta nota. Combinar sentimientos y reacciones emocionales frente a lo que una ve con preguntas históricas que cualquiera de nosotro/as se puede hacer y con el bagaje de interpretaciones y teorías sobre la memoria y sus procesos (que es, al fin de cuentas, sobre lo que trabajo) no me resultó fácil en este caso. Sentí que se me colaban demasiados diálogos imaginarios con colegas en seminarios y coloquios. No quiero que estas notas sean ponencias académicas, pero al mismo tiempo siento que lo que hago como “profesión” (con toda la carga de vocación y compromiso que esta palabra tiene) es una parte central de mí. No puedo separar sentimientos personales de creencias y sentimientos políticos o de conocimientos intelectuales.

La cuestión tiene que ver con los archivos, monumentos, memoriales, museos. Si bien hay muchas formas, estilos y estéticas –con lo cual hay muchos debates sobre cómo simbolizar, representar, honrar o recordar el pasado– hay algo que resalta: lo más común es poner a las víctimas en el centro de los memoriales, tanto en los propios campos y lugares de detención como en monumentos o museos. Contar historias de sufrimiento, de situaciones límite en las que se puso a prueba la propia condición humana –esto es lo que se encuentra en la ESMA, en los museos del Holocausto, en el Memorial de las víctimas judías del Holocausto en Berlín, en las placas recordatorias en montones de lugares–.

La pregunta es ¿qué hacer con los victimarios?, ¿dónde y cómo representar al mal? Pero también, ¿quiénes son los malos? o ¿a cuáles malos prestar atención? En los seminarios académicos normalmente se los llama “perpetradores” o “victimarios”, pero en el fondo creo que el “quiénes están en esa categoría” está muy marcado por luchas políticas y no solamente por los actos horrendos que fueron capaces de cometer. Cada grupo humano, en distintas circunstancias históricas, tiene su lista y sus prioridades. Lo que me impacta de esto en este momento no es tanto cómo se definen los “bandos” en relación con lo acontecido en un período de la historia (el Nazismo, el comunismo, para no ir demasiado para atrás) sino la superposición de pasados, tema que me da vueltas en la cabeza y reitero de una a otra hojita. Son capas de la historia que no se suceden o apoyan en lo anterior. Al igual que en geología, la nueva capa tectónica (o histórica) mueve las anteriores, agrega fracturas, sedimentaciones, nuevas amalgamas, fusiones y combinaciones.

En Berlín, la cuestión de las maldades históricas del siglo XX parece estar centrada en la actualidad en la tensión entre los Nazis y los comunistas. Ambos fueron malos. ¿Cómo representar estas maldades, mirándolas no desde las víctimas (los intentos, voluntarios o no, de equiparación de las víctimas de uno u otro régimen están a la vista en muchos lados), sino desde los lugares que recuerdan las políticas de exterminio o de terror del Nazismo y las maneras de presentar al comunismo? Primero hablo de Budapest; después vuelvo a Berlín.

Budapest es una ciudad en plena transición (lo que para los urbanistas anglosajones es el comienzo de un proceso de “gentrification”): algunos edificios y áreas restauradas y limpias, preparadas para el goce de una arquitectura excepcionalmente hermosa de fines del XIX y comienzos del XX, mezclados con otras áreas que llevan cien años sin que nadie les haya prestado mantenimiento o atención, grises, sucias, todavía en decadencia. En la ciudad, los signos del pasado de luchas están en muchos lugares. Quizás lo más notorio y ubicuo es esto:
¿Es de la guerra, o sea, de la ofensiva soviética? ¿Es del levantamiento del ’56? ¿De algún otro momento? No lo sabemos, pero las señales están. Por otro lado, no encontramos en la ciudad marcas espaciales del pasado comunista. Sólo uno: en una plaza céntrica hay un monumento a los soldados soviéticos caídos en (¿qué palabra usar? Yo diría “liberación”, pero en una guía de la ciudad dice “sitio”…) de 1945. Es, según la guía, “el único monumento comunista que no se retiró de su lugar desde el cambio de régimen”. Se mantiene allí, con su estrella de cinco puntas, y la hoz y el martillo grabados en ella
Pero por lo que vimos, no resultó ser demasiado difícil hacer otro tipo de memorialización del pasado comunista. No una satanización directa o un relato histórico que narra decisiones y políticas, a menudo horrendas, que afectaron la vida de millones. Fuimos al “Parque del recuerdo”. El lugar no tiene mucha narración histórica explícita (por el momento, prometen un “centro de documentación” para el futuro…). Más bien, se trata de una memoria visual, un
Parque de Estatuas:

Parque de las estatuas – Parque del recuerdo. Budapest
Monumentos gigantes de la dictadura comunista. Un vistazo detrás de la cortina de hierro. Uno de los sitios turísticos más interesantes de Budapest. El recuerdo de la caída de la dictadura. La única colección de estatuas del Comunismo en Europa Central.

Abierto todos los días desde las 10 a.m. hasta el anochecer.

Contratapa de un folleto turístico en castellano, tomado de un mostrador del hotel


En el folleto “Statue Park. Gigantic monuments from the age of Communist Dictatorship" explican mucho más, y usan la palabra “cementerio de estatuas” y muchas veces –inclusive en un poema—la palabra “tiranía”.

En la página web explican:
La cuestión de qué hacer con todas las estatuas del sistema político previo fue una de las muchas cuestiones que ocuparon el debate público después de los cambios políticos de 1989/90. El 5 de diciembre de 1991, la Asamblea de Budapest tomó la decisión acerca de la suerte de estas estatuas: la elección de qué estatuas dejar y cuáles sacar estaría en manos de cada uno de los distritos. El Comité cultural de la Asamblea invitó a una presentación de propuestas sobre qué hacer con las estatuas, que en realidad fue una manera de recibir propuestas sobre el diseño del futuro “Parque de las Estatuas”. El ganador fue Ákos Eleod (Architectural Studio Vadász and Partners).

Ahora que la excitación y controversia sobre su apertura se calmaron, parecería que el Parque está ocupando su lugar entre los muchos museos y espacios de Budapest.

La enorme escalinata (parte inferior de la foto de la izquierda) es una copia de la que había en el centro de Budapest, donde se paraban y saludaban las autoridades durante los desfiles. Encima había una estatua de ocho metros de altura de Stalin. En el levantamiento de 1956 derribaron la estatua y sólo quedaron las botas, hasta que el levantamiento fue reprimido y sacaron las botas. Las del parque (que miden, calculo, más de un metro) son una réplica…

Y hay montones de otras estatuas, con estéticas diversas. La definición de qué estatuas están allí es clara: las estatuas del comunismo que los distritos decidieron eliminar de los espacios públicos. No todas, sino las más importantes. Si uno/a revisa la colección de placas y estatuas, parecería que TODO lo del régimen anterior, lo de la “dictadura”, es malo y merece estar en ese lugar, en el “cementerio”. Caminar por el parque sin el convencimiento de que hay que denostar TODO lo hecho por los comunistas y durante el régimen comunista me provocaba inquietud, desasosiego, sentimientos encontrados. O quizás algo de indignación frente a no ver matices sino todo malo…

En el cartoncito que te dan como entrada, está reproducido esto:

Este monumento recuerda a los 1200 húngaros que formaron parte de las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil Española. Del otro lado de la piedra están los nombres de las ciudades españolas donde pelearon. ¿Había que sacarlo de su emplazamiento? ¿Es un monumento de “la tiranía”?

Es, según explican en los folletos, el planeta, tomado entre dos manos, como “símbolo de los resultados sociales y políticos de las últimas tres décadas”. Fue instalado en 1976. ¿No podría haber quedado? ¿Sacarlo sólo porque lo había puesto el régimen comunista?

Por supuesto, están los pro-hombres en la entrada. ¿Había que sacarlos? En Berlín, una de las cosas que dejaron fue el monumento a Marx y Engels, en Alexanderplatz.

Y las reconocibles representaciones del realismo socialista:

Sensaciones y emociones encontradas. No del parque en sí, sino de la multiplicidad de sentidos. Sin duda, puede ser leído en distintas claves: yo buscaba entender, en los nombres de los representados, en las fechas de ejecución de los monumentos, en alguna descripción de folleto, algo sobre el socialismo en Hungría. Y detectar algunos datos históricos, como la revolución fallida de Bela Kun en 1919 (hay varias estatuas, inclusive una enorme y masiva).
Buscaba algo sobre Hungría y su relación con la Unión Soviética.
Hay monumentos a la “amistad soviético-húngara”, y la estatua del reconocimiento al soldado soviético de la liberación, ¡que es enorme! (seis metros de altura). Esta estatua era parte de un memorial que incluía diversos conjuntos escultóricos, y estaba ubicada en el cerro Gellért (la parte que quedó, un alto pedestal con una mujer sosteniendo una palma, se ve desde muchos lugares de la ciudad). La estatua del soldado fue destruida durante el levantamiento de 1956, y una reproducción exacta fue repuesta en 1958.

Como digo, sentimientos encontrados. En vez de destruir símbolos, como se hace cada vez que hay una transición, una victoria o una liberación (todo/as tenemos presentes las imágenes del momento de destrucción de las estatuas de Saddam Hussein, y muchas otras, más lejanas o cercanas), la transición húngara fue gradual y pacífica. Esto permitió mantener, reparar o reproducir las estatuas y exponerlas. Por suerte (porque puedo imaginar lo que sería o será) no hay mucho relato. Está el folleto, pero no te lo ofrecen al entrar y hay que comprarlo. Nosotras lo compramos al salir, después de ver que alguien lo tenía.

El parque da pie para mucho. Para confirmar imágenes de los “tiranos” o para hacerse preguntas sobre la historia. Pero hay que recordar que en Hungría las posturas políticas de ultraderecha y neonazis son bastante fuertes. Y les viene MUY bien poner TODO el MAL en el comunismo. De hecho, vimos a alguien haciendo el saludo nazi…

Ahora que lo pienso, no vimos en Budapest ningún memorial oficial recordando a los judíos y a los roma (gitanos) deportados y eliminados por el Nazismo. Vimos sólo un par de señales. Un memorial muy conmovedor, en el patio de la sinagoga central. Es una especie de sauce llorón, y en sus hojitas están inscriptos los nombres de judíos deportados y las fechas de deportación (de Hungría fueron más de medio millón). Pero no nos pudimos acercar, porque había una reja cerrada (era domingo muy temprano en la mañana).

Detrás de la reja, en el fondo, está el memorial.
Después de escribir esto, me enteré de que para tener el nombre de alguien en una hojita de metal hay que pagar…

Hay también una calle y un recordatorio a Roaul Wallenberg y a otro diplomático que ayudó a salvar judíos en Budapest. Pero no más… Es que el tema de la persecución de judíos durante el Nazismo no parece haber sido un tema presente en los países de la órbita soviética…


Y ahora sí, los “malos” en Berlín.

Había prometido decir algo sobre los malos en Berlín. ¿Cómo se representan? ¿Quiénes son? Obviamente, los Nazis fueron muy malos. También los comunistas. Vayamos por partes.

Hay una enorme y variada gama de maneras de conmemorar a sus víctimas, de mostrar los horrores del Nazismo, de desplegar la lógica del exterminio. Pero, ¿qué se dice de los Nazis mismos? ¿De los jerarcas y líderes? ¿De los victimarios y de la sociedad que los acompañó? En verdad, muy poco.

Está el sitio de la Conferencia de Wannsee, una lujosísima mansión de fin de semana al borde de un lago en las afueras de Berlín. Como dice una guía de turismo, “una de las mansiones más hermosas y más aborrecibles al mismo tiempo”, porque allí, el 20 de enero de 1942, hubo una reunión de 15 personas (entre ellas, A. Eichmann) en la que se tomó la decisión de la “Solución Final sobre la cuestión judía”. Todavía no lo visité, aunque está muy cerca del lugar donde vivo. Más allá del edificio, lo que se exhibe en él son documentos y fotos de víctimas, de ghettos, de campos de exterminio.
Agregado del 13 de mayo:
Ayer visité esa casa. En un día de sol hermoso, con un clima de playa y paseos en yate, en un barrio suburbano que hace acordar a las partes más lindas de San Fernando o Tigre. Allí está la casa… Allí se cuenta la historia del surgimiento y crecimiento del Nazismo, sus líderes y aliados. Es mucho para agregar ahora; tendrá que ser otra crónica.

El tema de la representación del terror y de sus responsables parece estar centrado en la historia, conflictiva, abierta y sin solución final, del sitio donde estuvo la GESTAPO, que en las guías aparece como la “Topografía del terror”. Les cuento de qué se trata, con una foto de lo que hay ahora.

Esta foto tiene tres capas: el Ministerio de Finanzas arriba (edificio restaurado de arquitectura nazi, cuando era la sede del Ministerio de Aviación dirigido por Goering). En el medio está un pedazo de muro, y abajo la excavación y muestra semi-permanente de la “Topografía del terror”. De esto quiero hablar ahora.

Desde hace unos años, en esa línea de terreno que sigue al muro, donde excavaron y encontraron restos y ruinas de la prisión del edificio, hay una exposición de la historia del Nacionalsocialismo. La instalación es bastante precaria, cubierta solamente por un tinglado. Frente a ella, hay exposiciones transitorias, de paneles al aire libre. Cuando estuve hace unos años el tema era los miembros del poder judicial durante el Nazismo y la continuidad de los jueces en sus cargos después de la guerra, tanto en Alemania Oriental como en la Occidental. Hubo también una exposición sobre los juegos olímpicos de 1936, y ahora hay una sobre la prisión que funcionó allí.

Pero el espacio del edificio y de lo que debería ser la “Topografía del Terror” es muchísimo más grande, como se ve en esta foto aérea tomada de la página web de la Fundación “Topografía del Terror”.

(La exposición bajo el tinglado y la foto anterior corresponden a la línea del muro que aparece a la izquierda en esta foto; la temporaria está adelante).

El lugar del que hablamos está ubicado muy cerca del centro geográfico de Berlín (Postdamer Platz) y a no más de cuatro cuadras de la Puerta de Brandenburgo. Los edificios que estaban allí fueron bombardeados por los aliados, y enseguida, después del final de la guerra, dinamitaron los restos de los edificios y se llevaron los escombros. ¿Sabían ustedes que en el bosque de Grunewald, por donde yo vivo, hay un cerro artificial, Teufelberg, de 80 metros de altura, levantado con los escombros de la destrucción de la guerra? (como es algo bastante interesante y curioso, pongo una nota al final sobre ese cerro, pero ahora quiero seguir con la historia de este maldito lugar).

El tema me interesó mucho, justamente porque parecería que el que siga vacío y con controversias sobre su destino es un síntoma de algo raro. Cuando hay decisión política (por ejemplo con el Memorial del Holocausto) en Berlín aparecen los arquitectos y los recursos para llevar adelante las obras rápidamente. Si no lo hacen, “por algo será”… Me puse a leer y a buscar información y conseguí bastante. Especialmente unos capítulos en un libro, The new Berlin. Memory, politics, place, de Karen Till (2005), que dedica un par de capítulos a esta historia. Resumo algo de lo que dice Till, complementado con otras cosas. Ayer terminé de escribir una versión de esta crónica, y hoy volví al lugar, para tomar algunas fotos y volver a ver las exposiciones. Así que tuve que revisar y rescribir, además de agregar fotos.

Hacia fines de los años setenta, este enorme terreno nivelado (son seis hectáreas) comenzó a interesar a arquitectos e historiadores urbanos. El terreno rodeaba a un edificio que quedaba en pie (el Martin Gropius Bau, que en la foto estaría continuando el ángulo inferior izquierdo) y había planes de restaurarlo y reciclarlo como centro cultural. Al trabajar sobre el proyecto y explorar la historia del sitio, quedó claro que allí, en ese terreno de escombros, habían funcionado las oficinas administrativas centrales del poder del Nacional-Socialismo: eran las oficinas de la GESTAPO (policía secreta), de los SS (fuerzas de choque) y del SD (servicios de seguridad). De allí salían todas las órdenes de exterminio.

Mientras en el edificio de al lado (lo que se ve detrás de la foto de la derecha) se llevaba a cabo una exposición sobre el pasado prusiano y su revalorización, varios grupos ciudadanos empezaron a protestar y a reclamar porque pensaban que más que el pasado prusiano, a quienes había que conmemorar era a las víctimas del Nazismo. Las discusiones sobre qué hacer fueron muy intensas durante los años ochenta. Participaban de esas discusiones diversos grupos sociales, de diferentes edades y clases sociales, quienes a través de explorar su vínculo con ese espacio, trataban de ubicarse en el difícil terreno de la identidad alemana. Fueron años y años de debates, con grupos ciudadanos, con nombres como “Museo activo de la resistencia al fascismo en Berlín” o el “Taller de historia de Berlín”. Algunos veían en el terreno y sus escombros una metáfora del deseo alemán de OLVIDO y silencio en la posguerra. Algunos empezaron a excavar en ese terreno, pero también en ese acto, a “excavar” el sentido de ser una sociedad de victimarios.

En realidad, parecería que los intentos de borrar la presencia nazi en el terreno comenzaron poco después de la guerra. Especialmente entre las tropas de ocupación norteamericanas, primaba la idea de destruir los resabios del pasado para “evitar que la enfermedad se propague”. Durante los años cincuenta, ya con autoridades alemanas, todo lo que quedaba fue demolido, independientemente de si se podía o no recuperar los edificios. Las autoridades oficiales urbanas usaron medios legales (declarar que los edificios que quedaban en pie eran un “peligro público”) para destruir edificios –según alguno/as, siguiendo criterios que tenían que ver con el grado de asociación que los edificios tenían con el régimen Nazi antes que con el grado de deterioro–. Después de la construcción del muro, el terreno perdió cualquier valor, por su cercanía con la “tierra de nadie”.

En 1982, y con los debates en caliente –inclusive los debates más políticos y conceptuales sobre las ideas de qué y para qué había que construir memoriales– hubo un primer concurso de proyectos para el lugar. Se declaró un proyecto ganador, pero no hubo acuerdo y finalmente se descartó. La clave de la controversia estaba también en que había grupos que no querían un memorial conmemorando víctimas (de éstos ya había muchos) sino un sitio histórico de victimarios, del aparato del Terror del Nacionalsocialismo.

Al acercarse la conmemoración de los 750 años de Berlín (que iba a ocurrir en 1987), los grupos de activistas comenzaron a llevar adelante jornadas de excavación sin permiso oficial, en las cuales descubrieron cimientos y celdas de prisión. Un memorial informal, con coronas y cintas, fue destruido al día siguiente. Como en otros casos (El Atlético en sus comienzos, por ejemplo), esto fortaleció la energía y la determinación social de que algo había que tener en ese lugar.

La historia que sigue es larga. Exposiciones informales, eventos y muestras temporarias, solicitudes al gobierno… En 1992, se formó una Fundación, y el gobierno llamó a otro concurso, ganado por el diseño de un arquitecto suizo. Seis años después sólo se habían construido los cimientos y una pequeña parte. Allí se paró la construcción, supuestamente por problemas presupuestarios. Cinco años más tarde, en 2004, el gobierno (el gobierno federal y el de la ciudad de Berlín) decidió demoler lo hecho, dar por finalizado ese proyecto, y convocar a un nuevo concurso, con la idea de que el memorial estaría listo en 2007.

Se convocó al concurso, y se eligió el proyecto ganador. Eso fue hace dos años. En los carteles dice que estará listo en 2009. Pero estamos en 2008 y el lugar está vacío, desolado. El proyecto incluye un montón de árboles y caminitos, pero no hay nada. No parece estar pasando nada, más allá de la precaria exposición de los paneles (visitada siempre por mucha gente) y un pequeño edificio (una especie de prefabricada) donde hay un servicio de información.

¿Habrá en algún momento un lugar donde se pueda mirar y hablar de los victimarios y sus acciones? ¿O esto tiene que quedar sólo en los libros de historia, en las novelas y en las películas?

Como les decía, el cerro fue construido por los aliados después de la Segunda Guerra Mundial, y durante los siguientes veinte años, los escombros se fueron acumulando allí. Se estima que hay 12 millones de metros cúbicos de escombros (400.000 edificios, mucho, ¿no?). Hay muchos otros montículos de este tipo en Alemania. Lo que es especial en el caso de Teufelsberg es que (según Wikipedia) debajo de ese cerro hay un edificio diseñado por Albert Speer, un colegio técnico militar. Los aliados intentaron demoler el edificio dinamitándolo, pero era tan resistente que optaron por cubrirlo con escombros. Hay más historias sobre el lugar en Wikipedia (Teufelsberg).

Pero acá no termina mi historia de “los malos”. Porque como sabemos, hay otros “malos” más recientes, el régimen comunista, la RDA. ¿Existen las mismas controversias y dificultades de mostrar estas maldades y estos malos? Mostrar la actuación de la STASI parece ser mucho más fácil, y no parece haber provocado controversia alguna. En el centro de Berlín, a no más de cuatro cuadras de la “Topografía del Terror”, hay una exposición permanente del accionar de la STASI (en un edificio sólido, bajo techo, con una escultura en la puerta representando un “interrogatorio” policial, o alguien delatando, o algo así). Sin duda, es mucho más “permanente” que la de la GESTAPO. Su título es (lo copio del folleto en inglés) “The State Security. A Guarantee for the Dictatorship of the Socialist Unity Party”. La exposición da información general, muestra tecnologías utilizadas y hace un recorrido histórico entre 1949 y 1990.

Sí, está en el centro de la ciudad, al lado de un parque de juegos de chicos, y lo que se ve adelante es para que los chicos jueguen...

Hay además un Museo de la STASI, en el edificio donde funcionaba. Cuando fuimos con Máximo Badaró (queda bastante lejos del centro, en un barrio de Berlín Este) estaba cerrado, aun cuando fuimos en el horario en que las guías dicen que está abierto… En los folletos dice que el museo abrió en 1990 (¡¡¡Qué rapidez!!!) y se puede visitar la oficina del jefe (Erich Mielke), el archivo, ver muchos objetos, y demás. Prometo volver a visitarlo, aunque esta vez llamaré por teléfono antes de largarme hasta allá.

En fin, creo que las preguntas sobre cómo representar el mal, quiénes son los malos, qué decir de ellos, o si dejarlos hablar o no (debate que se genera en los archivos de historia oral o en las novelas…) nos afectan a todos y todas. Y tenemos que seguir preguntándonos…

No hay duda del Terror de la STASI, y de la utilidad pedagógica, histórica, ética, de mostrarlo. Lo que me llama la atención –y prometo seguir explorando– es la aparente facilidad en mostrar su forma de actuación y sus personajes centrales como EL MAL absoluto, y las dificultades, debates y controversias alrededor de mostrar a los protagonistas del MAL Nazi. ¿Otra instancia del juego de las equivalencias? ¿O de la relativización / normalización?

 
 


VIAJES

Campos de batalla

Por Federico Lorenz

(Este texto forma parte de Fantasmas de Malvinas. Un libro de viaje, que será publicado en 2008).

Son esqueletos los cimientos de la isla y su historia se firma con huesos.
Juan Bautista Duizeide, Kanaka.


El sitio de una antigua batalla puede ser hermoso. Los restos abandonados de las maquinarias de guerra, los despojos materiales del combate, a una hora y en un lugar adecuados, pueden movernos a la nostalgia y conmovernos con su belleza. Eso pasa, por ejemplo, cuando después de un largo recorrido a campo traviesa, una tarde de lluvia y mucho frío, se llega al lugar donde se estrelló el Pucará de Tomba. Anoté mentalmente, en Malvinas, buscar a mi regreso el párrafo de Los dinosaurios, el cuento de Ítalo Calvino donde el último de su especie encuentra la osamenta de uno de sus hermanos, liberada por el deshielo. Aquí está:
"Dejando atrás una morena de guijarros, troncos arrancados, barro y osamentas de pájaros, se abría un pequeño valle en forma de concha. Un primer velo de líquenes verdecía las rocas liberadas del hielo. En el medio, tendido como si durmiera, con el cuello estirado por los intervalos de las vértebras, la cola desplegada en una larga línea serpentina, yacía un esqueleto de Dinosaurio gigantesco. La caja torácica se arqueaba como una vela y cuando el viento golpeaba contra los listones chatos de las costillas parecía que aún le latiera dentro un corazón invisible El cráneo había girado hasta quedar torcido, la boca abierta como en un último grito.
Los Nuevos corrieron hasta allí dando voces jubilosas: frente al cráneo se sintieron mirados fijamente por las órbitas vacías; permanecieron a unos pasos de distancia, silenciosos; después se volvieron y reanudaron su necio jolgorio (...) Aquellos huesos, aquellos colmillos, aquellos miembros exterminadores, hablaban una lengua ahora ilegible, ya no decían nada a nadie, salvo aquel vago nombre que había perdido relación con las experiencias del presente".

El texto de Calvino funciona como advertencia para los idealizadores de la violencia, para los artesanos del recuerdo. El protagonista, Qfwfq, es el último dinosaurio y vive entre los Nuevos, animales en una escala evolutiva superior a la suya, que cuentan distintas historias sobre los dinosaurios, según pasan los años, cambian los humores y las circunstancias. Así, primero son seres temibles que pueblan las pesadillas, luego seres a los que hay que tenerles pena porque se extinguieron, para ser también un modelo de virtudes a imitar. Hasta que un día Qfwfq se encuentra a un niño dinosaurio perfecto, que le dice convencido:
-Soy un Nuevo.
Los dinosaurios, en un momento, ya no son nada, ni siquiera se parecen al recuerdo que teníamos de ellos.
Se trata de no perder de vista nunca que aquí hubo sangre y vidas truncas. Que todos tenemos una sola existencia, pero las guerras y los muertos serán lo que queramos hacer de ellos.
Para llegar al avión estrellado, hay que marchar casi dos horas a campo traviesa, cruzando arroyos, hundiéndose en la turba. Tenemos que parar con bastante frecuencia para abrir y cerrar tranqueras. Hace dos días que llueve en forma intermitente, y el terreno, de por sí una esponja, está bastante difícil. Antes de los restos del avión, nos encontramos con otra osamenta, más antigua. En el camino, sobre una altura que tiene una vista increíble, hay una gran construcción de ladrillo, que “los gauchos” usaban para vigilar a sus animales. La vista desde allí es amplia: planicies onduladas y herbosas se extienden hasta donde alcanza la mirada. Un fósil de otra época, anterior a la ocupación británica, cuando en las islas vivían unos seres tan míticos como los dinosaurios.
Al fin, la camioneta para bastante lejos de lo que es una mancha grisácea, el antiguo avión de combate. Caminamos con cuidado, es muy fácil hundirse hasta cerca de las rodillas en la turba. Para pisar seguro, hay que buscar las matas de paja brava que susurran húmedas contra nuestros zapatos.

Pucará
De a poco, comienzan a aparecer restos del Pucará. Pedazos de aluminio, retorcidos y oxidados, con las marcas de los remaches y los agujeros de los tiros ingleses y el choque. Una cohetera apunta sus bocas vacías e inútiles hacia nosotros. Un Sea Harrier persiguió al avión de Tomba a ras del suelo hasta derribarlo. El piloto se salvó, pero el pájaro quedó allí, para que los isleños sigan viviendo de él.

Los isleños lo arrastraron desde el lugar en el que impactó en 1982 al que está ahora. Pero más que una vejación, parecería como si alguien lo hubiera dispuesto delicadamente sobre el terreno para estudiarlo: las alas extendidas, el fuselaje quebrado en varios fragmentos, la cola tumbada a un costado, las heridas de los disparos visibles en distintos lugares de la estructura. Cada tanto, manchas del camuflaje verdes y marrones, como esos viejos restos de cuero de megaterio que obsesionaron a Bruce Chatwin.

Otro lugar que conserva marcas de la guerra es el viejo aeropuerto, el cordón umbilical que alimentó a ese bebé prematuro que fue Malvinas. Hoy parece abandonado, pero no lo está. Sirve para los vuelos locales de la FIGAS (Falkland Islands Glovernment Air Service). En la pista, son visibles los parches que cubrieron los cráteres de las bombas británicas. Fuera del aeropuerto, cerca de Canopus Hill, dos de ellos aún son pequeñas lagunas en las que nadan las avutardas. Pedimos permiso para caminar por la pista, y como aún falta un rato para que aterrice la avioneta nos autorizan a hacerlo. En los alrededores, hay un dédalo de trincheras que zigzaguean desde la pista hacia las alambradas que rodean el aeródromo. Entre los pajonales asoman tambores de combustible oxidados, picados por el viento y el salitre. Cada tanto, aparecen pilas deshilachadas de sacos terreros, aún amontonadas en orden pero chorreando la arena blanca que desentona con la tierra y los escombros de la zona.
Escuchamos el ronroneo de la avioneta, pero es como despertar de un sueño, porque en verdad el lugar parece abandonado. Es difícil pensar la importancia que tuvo ese sitio, el ir y venir de los aviones, vital para la guarnición atrapada en Malvinas. Fue una de las zonas más duramente bombardeadas durante la guerra. El Regimiento de Infantería 25, una de cuyas compañías combatió en Darwin, se enterró allí con la misión de defenderlo. Sólo en ese lugar cayeron más de 1200 disparos de la artillería naval, a los que hay que añadirles las bombas de aviación.

Además de estos escenarios, hay otros más modestos, y algunos de los ex combatientes sobrevivientes de la guerra necesitan volver a ellos.
Los que pueden, visitan el lugar en el que podrían haber muerto y en el que vieron a tantos morir. Quieren cumplir promesas, cerrar heridas, saldar deudas, pasar una noche en la antigua posición. El tiempo se detuvo para ellos en el momento en el que los marcó indeleblemente con la guerra, aunque hayan seguido viviendo. Para otros no fue así: no sobrevivieron a la batalla, ni a los recuerdos que se armaron de ella.
-Hermanito, aquí estoy, quiero decirte que desde entonces hice lo que pude.
-Lo sé, tranquilo.
-Un abrazo, tanto tiempo que te extrañaba y te lo quería decir.
-Ahora sí, adiós.
Tuve el privilegio de acompañar a algunos de ellos en Malvinas, para darme cuenta de que los objetos, las marcas, aún los lugares, son postales incompletas de una batalla, meros ganchos para colgar la verdadera pintura, que es el recuerdo.
Una tarde nos encontramos con un grupo de ex soldados argentinos. Llegaron en el mismo vuelo que nosotros, y a pesar de que tienen planificada su visita al Longdon para mañana, no se aguantaron para salir. Por puro azar, los conocía desde antes, a raíz de mi trabajo: íbamos al mismo sitio, los cerros al Oeste del puerto. Pasamos por el lugar donde estuvo el cuartel de los Royal Marines, en Moody Brook: nada queda de él, destruido por la guerra.
Los hombres que acompañamos ya reconocieron la cresta del Wireless Ridge, donde estuvieron sus posiciones, y hacia allí vamos. No tenían pensado llegarse hoy hasta sus covachas, los pozos que ocuparon durante la guerra. Simplemente salieron a caminar después de comer. Pero, como me dice Alfredo, uno de ellos, a los gritos para ganarle al viento:
-No sé qué fuerza me trajo para acá y ahora me atrae, no me deja volver.
Y ahora están parados, detenidos en la base de una lomada anodina: del otro lado está su historia.
Para cortar camino, le piden permiso a los gritos a una isleña que está trabajando en la entrada de su casa:
-Can we pass? We want to visit the places where we fought 25 years ago!
-Yes, come in.
Y eso es todo. La mujer ni siquiera dejó de acomodar unas herramientas en la entrada de su casa. Nada de palabras mágicas.

Monte Longdon
Subimos a los tumbos por la ladera esponjosa y húmeda. De repente asomamos a un valle, que sube suavemente hacia otra loma y allá, a lo lejos, recortado contra el cielo, está el monte Longdon. Es una visión abrumadora, pero acaso sólo lo sea si pensamos que allí tuvo lugar uno de los combates más feroces de la guerra. Más allá, al norte, del otro lado de un brazo de agua, hay una casa que ellos conocen demasiado bien: cerca de ella, cuatro de sus compañeros volaron cuando el bote en el que cruzaban para buscar comida chocó contra una mina. El faldeo verde está manchado de negro aquí y allá con una frecuencia desazonadora: lo que no son restos de las posiciones argentinas son las marcas de las bombas inglesas que las buscaron.

Me he quedado solo. Los hombres a los que acompañaba van y vienen entre las rocas evocando jornadas y nombres, ríen, gritan y se abrazan cuando dan con lo que estaban buscando. Al final, sin embargo, vence un silencio cargado y reflexivo, y sus voces se pierden, además, entre las ráfagas poderosas que vienen del Longdon, allá al oeste, como una advertencia. Desparramados por el suelo hay restos que representan la vida de esos hombres en los pozos: maderas, frazadas, ponchos, hierros oxidados y cables de teléfono.
Uno de los que vuelven, Beto, perdió un brazo durante la guerra, y lo hirieron en el pecho para rematarlo. Recuerda la guerra en tres colores, me dijo antes de venir: negro de la tierra, blanco del humo de la explosión, y rojo de su sangre. Servía los morteros que apoyaban a sus compañeros de la Compañía B, que sufrió el ataque inglés en la noche del 11 de junio.
En el camino, nos contó que a la noche, en Malvinas, soñaba con los canelones que le hacía su mamá, y que se enojaba con sus compañeros de posición cuando lo despertaban:
-Dejame seguir comiendo.
Ahora está fascinado por el lugar: levanta piezas de hierro que tras sus palabras cobran vida y permiten imaginar sus acciones; señala los restos de su posición y sencillamente informa que los pozos que la rodean son los cráteres de la artillería inglesa que los buscó para destruirlos. Levanta una caramañola rota, la tira, despliega una frazada mohosa, se mete en un pozo semiderruido, toma unas cápsulas servidas, alza un caño que usaron de antena para la radio... nos mira desde lo alto, conmovido, y dice simplemente:
- Tengo todo lo mío.
Parece que hasta el viento ha cesado por un instante, pero no es así. Sólo es la ladera del cerro que nos repara. Cuando llegamos al filo del Wireless Ridge, ya de regreso, sus bramidos nos recuerdan que siempre estará allí, custodiando las cosas con las que Beto fue a la guerra, lo que de él dejó en Malvinas, a los que no volvieron, a los que jamás se pudieron ir del todo de las islas.
Cañón del Longdon
Durante la semana que estuvimos en Malvinas volvimos varias veces a esa zona. Cada uno de ellos quería encontrar su posición durante la guerra, y marcarla con una placa que dice “Aquí combatí”. Juan dejó las fotos de sus padres, porque lo acompañaron durante la guerra. Cada uno de esos reconocimientos es una visita y una ceremonia despojada de toda solemnidad, como cuando se sacaron la foto todos juntos en el cañón de Marcelo Postogna, o en la cima del Longdon. Una camiseta de la selección nacional, una de Gimnasia y Esgrima, otra de Estudiantes, una verde y amarilla del Club Comercial y Deportivo de Ingeniero White, vino, mates, y dos camisetas del CECIM La Plata entre cánticos de tribuna.

Vuelven, parece en ese momento, para terminar de convencerse de que están vivos tanto como de que es cierto que eso que vivieron sucedió. Van y vienen una y otra vez entre los pozos, nos muestran puñados de balas oxidadas sin disparar, nos explican qué parte de qué cosa es un cachivache de hierro de forma extraña. Levantan los trapos patéticos que fueron sus frazadas, sus bolsas de dormir, sus bolsones portaequipos, y arman historias de frío y privaciones a partir de cada uno de esos hallazgos.

Un bolsón, el “3471”, emerge de un pozo anegado por el agua negruzca. A Felipe no le alcanza con lo que encuentran esparcido en el terreno: revuelve ese caldo como si fuera uno de los pozos de Rancho la Brea, y fósiles o plumas de especies aun no descubiertas fueran a emerger. Pero de esos pequeños calderos de brujas sólo salen hilachas y retazos de su historia.
Es otro tipo de épica el que relatan esos restos. En un museo puede haber reconstrucciones de sus uniformes, de sus equipos, dioramas reproduciendo sus condiciones de vida, ilustrados por fotografías, fragmentos de entrevistas y documentales. Pero aquí hay pozos individuales en los que las horas fueron muertas a fuerza de chistes repetidos, confesiones y promesas. Hay piedras angurrientas que jamás le devolverán el brazo a Beto, la vida a los caídos, pero que en cambio serán siempre parte del lastre de sus navegaciones.
No están aquí los restos del dinosaurio, sino las marcas de la carnicería que lo aniquiló, los despojos de la batalla que libró por sobrevivir.
Los únicos monumentos son los vivos que transitaron esto y los muertos que aquí quedaron, porque la guerra, de un modo extraño, sobrevive en sus sobrevivientes. Una de las mañanas que los acompañábamos, pasó a baja altura uno de los cazabombarderos Tornado que son parte de la guarnición de la base de Mount Pleasant. Vimos a los muchachos, varios metros adelante nuestro, quedarse paralizados por un segundo, como si en lugar de ese vuelo anodino fuera otra vez una de las bestias negras que todos los días, a la mañana o la noche, dejaba caer sus bombas y sus balas sobre los pozos de zorro de los argentinos.
Sin saber en dónde estaban, si reírse o llorar, o sin en realidad nunca se habían ido del todo de ahí, y las balas furiosas buscaban otra vez su carne joven para hacerse el plato del día.

 
 
 
  CONGRESOS, JORNADAS, CONFERENCIAS

II Encuentro Bonaerense de Memoria e Historia Oral
Chascomús, 21 y 22 de agosto de 2008

Fecha límite para la entrega de resúmenes: 17 de julio, y para la entrega de los trabajos: 15 de agosto de 2008.

Mayores informaciones: Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires “Dr. Ricardo Levene”, Pasaje Dardo Rocha, 49 N° 588, 2° piso (1900), La Plata. Tel./fax: 0221-4824925 y 4275152 -
Correos electrónicos: dir_archivo_historico@ic.gba.gov.ar y congresopueblos@hotmail.com

"V Jornadas Nacionales Espacio, Memoria e Identidad"
Rosario, 8, 9 y 10 de octubre de 2008

Las jornadas están siendo organizada por la Facultad de Humanidades, Artes y la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario/CONICET. Para obtener información respecto a las mesas temáticas y sus coordinadores, abstracts y ponencias, pueden visitar la página web: www.ceemi-unr.com.ar
Lugar del evento: Facultad de Humanidades y Artes. Entre Ríos 758, Rosario, Argentina.
Para consultas y mayor información: info@ceemi-unr.com.ar

V Foro Latinoamericano “Memoria e Identidad”
Montevideo, Uruguay
, 23 al 26 de octubre de 2008
Los ejes de trabajo son los siguientes: Eje 1: Ciencias sociales y culturas populares: un diálogo pendiente. Eje 2: Identidad, proyecto social, políticas e integración. Eje 3: Hacia un desarrollo culturalmente sostenible. Eje 4: Migración y desplazamiento: desafíos para los Derechos Humanos. Eje 5: Desafíos de interacción entre tradición y modernidad.
Para mayor información visitar la página web: www.signo.com.uy/index_archivos/comunitaria_foro_participar.htm

III Jornadas de Historia de la Patagonia
San Carlos de Bariloche, 6 al 8 de noviembre de 2008
Para información detallada respecto a las mesas temáticas, fechas de envío de resúmenes y presentaciones y sus coordinadores, pueden dirigirse a la siguiente página web: http://cepatagonicos.blogspot.com o escribir al correo electrónico: jorhispat@yahoo.com.ar
En el marco de estas jornadas, dos de los miembros del Núcleo de Estudios sobre Memoria han organizado la mesa “Experiencias de la guerra de Malvinas”. Los interesados en presentar un trabajo, específicamente en esta mesa, deberán enviar por correo electrónico un resumen siguiendo el formato y cronograma planteados para la jornada en general, a las siguientes direcciones: flialorenz@ciudad.com.ar, con copia a jensen@criba.edu.ar


XI Congreso de La Solar
Bahía Blanca, 18 al 21 de noviembre de 2008

Convocado por la Sociedad Latinoamericana de Estudios sobre América Latina y El Caribe, bajo los auspicios del Departamento de Humanidades de la Universidad Nacional del Sur.
Tema: “‘Desde nuestroSur mirando a nuestrAmérica’ Un análisis en torno a sus aspectos genuinos hacia el bicentenario de las revoluciones americanas”.
Para informarse respecto a los subtemas, pueden entrar a la página web del congreso: www.solar-2008.com Informes e inscripciones: Adriana Claudia Rodríguez, Decana Departamento de Humanidades UNS, 12 de Octubre y San Juan, 8000, Bahía Blanca, Argentina; e-mail: acrodri@criba.edu.ar y xisolar@uns.edu.ar

 

 
  NOVEDADES BIBLIOGRÁFICAS  

Material incorporado a la biblioteca de IDES relacionado a los temas de memoria

• Barboza, Beatriz, Ana Demarco, Cecilia Duffau, Irma Leites, Patricia Mora, Elena Morelli y Martha Passeggi, Los ovillos de la memoria. Taller Testimonio y Memoria del Colectivo de Ex-Presas Políticas, Montevideo, Senda, 2006. (315 págs., ISBN 9974-96-131-9)
• Barrán, José Pedro, Gerardo Caetano y Álvaro Rico, Informe final 2005-2006. Investigaciones arqueológicas sobre detenidos-desaparecidos en la dictadura cívico-militar, Montevideo, IMPO, 2007. (184 págs.)
• Bonner, Michelle D., Sustaining human rights: women and Argentine human rights organizations, Pennsylvania, The Pennsylvania State University Press, 2007. (203 págs., ISBN 0-271-03264-1)
• Braylan, Marisa y Adrián Jmelnizky, Informe sobre antisemitismo en la Argentina 2005, Buenos Aires, DAIA, Centro de Estudios Sociales, 2006. (435 págs.)
• Caviglia, Mariana, Vivir a oscuras: escenas cotidianas durante la dictadura, Buenos Aires, Aguilar, 2006. (208 págs., ISBN 987-04-0343-3)
• Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), Derechos humanos y control civil sobre las fuerzas armadas, Buenos Aires, Centro de Estudios Legales y Sociales, 2006. (78 págs., ISBN 987-20324-6-7)
• Comisión Provincial por la Memoria, Archivo Provincial de la Memoria, Centros Clandestinos de Detención en Córdoba, La Plata, Comisión Provincial por la Memoria, 2008. (35 págs.)
• Dandan, Alejandra y Silvina Heguy, Joe Baxter, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2006. (432 págs., ISBN 987-545-403-6)
• Dillet, María Graciela, María Josefa Dal Dosso y María Cristina Pinal, Memorias de una presa política, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2006. (336 págs., ISBN 987-545-371-4
• Franco, Marina, Los emigrados políticos argentinos en Francia (1973-1983): algunas experiencias y trayectorias, Buenos Aires/París, Universidad de Buenos Aires/Universidad de Paris 7, 2006. (Vol. 1, 650 págs.; Vol. 2, 400 págs, Tesis de Doctorado en Historia)
• Franco, Marina, El exilio. Argentinos en Francia durante la dictadura. Buenos Aires, Siglo XXI, 2008. (336 págs., ISBN 978-987-629-029-6)
• Gorini, Ulises, La rebelión de las Madres. Historia de las Madres de Plaza de Mayo. Tomo I (1976-1983), Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2006. (696 págs., ISBN 987-545-355-2)
• Jozami, Eduardo, Rodolfo Walsh, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2006. (400 págs., ISBN 987-545-408-7)
• LaCapra, Dominick, Historia en tránsito: experiencia, identidad, teoría crítica, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2006. (366 págs., ISBN 950-557-686-2)
• Larraquy, Marcelo, Fuimos soldados: historia secreta de la contraofensiva montonera, Buenos Aires, Aguilar, 2006. (248 págs., ISBN 987-04-0545-2)
• Lazzara, Michael J., Chile in transition. The poetics and politics of memory, Gainesville, University Press of Florida, 2006. (199 págs., ISBN 0-8130-3008-0)
• Lorenz, Federico Guillermo, Las guerras por Malvinas, Buenos Aires, Edhasa, 2006. (338 págs., ISBN 950-9009-56-3)
• Markarian, Vania, Idos y recién llegados. La izquierda uruguaya en el exilio y las redes transnacionales de derechos humanos, 1967-1984, México DF, Uribe y Ferrari, 2006. (299 págs., ISBN 970-756-143-2)
• Mason, Alfredo, Sindicalismo y dictadura: una historia poco contada (1976-1983), Buenos Aires, Biblos, 2007. (165 págs., ISBN 950-786-580-0)
• Mosca, Juan José y Luis Pérez Aguirre, Derechos Humanos: pautas para una educación liberadora, Montevideo, Trilce, 2006. (183 págs., ISBN 9974-32-421-1)
• Perel, Martín, Pablo Perel y Eduardo Raíces, Universidad y dictadura: derechos, entre la liberación y el orden (1973/83), Buenos Aires, Ediciones del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, 2006. (170 págs., ISBN 987-22918-1-0)
• Pujol, Sergio, Rock y dictadura, Buenos Aires, Emecé, 2006. (296 págs., ISBN 950-04- 2739-7)
• Ruiz, Marisa, La piedra en el zapato: amnistía y la dictadura uruguaya. La acción de Amnistía Internacional en los sucesos de mayo de 1976 en Buenos Aires, Montevideo, Universidad de la República, 2006. (247 págs., ISBN 9974-0-0320-2)
• Tarcus, Horacio, Marx en la Argentina: sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores Argentina, 2007. (544 págs., ISBN 987-1220-99-1)
• Varea, Fernando Gabriel, El cine argentino durante la dictadura militar 1976-1983, Rosario, Municipal de Rosario, 2006. (120 págs., ISBN 987-9267-28-1)

 


GINGKO

 
Elegimos la hoja de Gingko, porque representa a un árbol asociado a la vida y la memoria.
El Gingko es el árbol más longevo del planeta, sus hojas portan las marcas de una historia de supervivencia a catástrofes, no solamente naturales.
 

Núcleo de Estudios sobre Memoria
Directora Académica: Elizabeth Jelin
Coordinadores: Emilio Crenzel y Máximo Badaró

Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES)

Aráoz 2838, 1425, Buenos Aires, Argentina.
Tel: (54-11) 4804-4949. Fax: (54-11) 4804-5856

www.ides.org.ar

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