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Querid@s Amig@s
Retomamos el contacto con ustedes enviándoles
el número 14 del Boletín del Núcleo
de Estudios sobre Memoria del IDES.
El
Núcleo de Estudios sobre Memoria del
Instituto de Desarrollo Económico y Social reúne
a investigadores y docentes interesados en abordar,
desde una perspectiva académica, los estudios
sobre memoria con énfasis en el Cono Sur de América
Latina. A través de sus diversas actividades,
se propone contribuir a consolidar el campo de estudios
sobre memoria y crear un ámbito de debate y encuentro
para desarrollar investigaciones sobre esta problemática.
Nuestro Boletín busca poner a disposición
de las personas interesadas la información sobre
la producción artística y bibliográfica
centrada en los temas de memoria. Nuestro principal
objetivo es el de crear lazos entre investigadores e
instituciones localizados en diversos puntos geográficos
de la Argentina y del exterior.
Recibimos comentarios, consultas e informaciones en
nuestra dirección electrónica: nucleomemoria@yahoo.com.ar
La preparación y publicación de este Boletín
es una actividad realizada en el marco del proyecto
"Memorias y elaboración del pasado reciente.
Archivos, museos, imágenes y testimonios de la
violencia política y la represión estatal",
que cuenta con el apoyo financiero de la ANPCYT (05/33306).
Este número del Boletín fue editado
por Federico Lorenz, Rossana Nofal, María Eugenia
Mendizábal y Teresa Cáceres. Las correcciones
estuvieron a cargo de Mariana McLoughlin.
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CONTENIDO
DE ESTE BOLETÍN |
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PALABRAS
INICIALES
Por Federico Lorenz
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ACTIVIDADES
DEL NÚCLEO DE ESTUDIOS SOBRE MEMORIA
Reseña:
Jornadas "Fotografía, Memorias e Identidad. Experiencias de
Investigación", Centro de Estudios Avanzados. Universidad Nacional
de Córdoba, noviembre de 2007
Por María Eugenia
Mendizábal
Reseña:
Reunión del Núcleo "Identidades y memoria". Expusieron
Emmanuel Kahan y Elizabeth Jelin, IDES, 30 de noviembre de 2007
Por Teresa Cáceres
Reseña:
Reunión del Núcleo "Crónicas de viaje y las fotografías
del Nunca Más". Expusieron Emilio Crenzel y Elizabeth Jelin,
IDES, 4 de abril de 2008
Por Teresa Cáceres
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COMENTARIOS
LIBROS
Crenzel,
Emilio, La historia política del Nunca Más. La
memoria de los desaparecidos en la Argentina, Buenos
Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2008
Por
Federico Lorenz
Jensen,
Silvina Inés, La provincia flotante. El exilio argentino
en Cataluña (1976-2006), Barcelona, Km 13.774, 2007.
Por María Virginia Pisarello
Lorenz, Federico, Combates por
la memoria. Huellas de la dictadura en la historia, Buenos
Aires, Capital Intelectual, 2007
Por Rossana Nofal
Alcoba, Laura, La casa de los conejos, Edhasa, 2008
(Manèges, Gallimard, 2007)
Por Margarita Merbilhaá
A propósito de Alan Pauls, Historia
del llanto, Barcelona, Anagrama, 2008
Por Jordana Blejmar
MUESTRAS
Y REUNIONES
Ponerle
el cuerpo a la falta: Notas sobre la muestra "Ausencias".
Centro Cultural Recoleta, 26 de febrero al 30 de marzo de
2008
Por Teresa Cáceres y María Eugenia Mendizábal
Notas sobre el acto realizado en el
Espacio para la Memoria (ex Escuela de Mecánica de la Armada)
el 24 de marzo de 2008
Por María Eugenia Mendizábal
Notas
sobre la Conferencia "Memories in the age of globalization".
Viena, 6 al 8 de marzo de 2008
Por Susana G. Kaufman
VIAJES
¿Dónde ponemos
a los "malos" de la historia?
Por Elizabeth Jelin, desde Berlín
Campos
de batalla
Por Federico Lorenz
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CONGRESOS,
JORNADAS, CONFERENCIAS NOVEDADES BIBLIOGRÁFICAS
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NOVEDADES
BIBLIOGRÁFICAS
Material incorporado a la biblioteca del IDES relacionado a
los temas de memoria
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PALABRAS
INICIALES
Por
Federico Lorenz
He aquí una nueva entrega del Boletín del Núcleo
de Estudios sobre Memoria. Está atravesado por
algunas de las preocupaciones que habitualmente orientan
nuestras discusiones: las relaciones entre el pasado
y el presente, los dilemas éticos en torno a hechos
violentos, las diferentes escalas y tipos de decisiones
que la memoria genera, alimenta u obtura. Los procesos
de transmisión y circulación allí donde el daño muchas
veces parece irreparable.
Para
pensar estas situaciones elegimos una forma, la de las
crónicas de viajes. Se trata de una de las figuras más
añejas en los relatos sociológicos e históricos, desde
Herodoto a nuestros días. Los recorridos van de Berlín,
en Europa, a las islas Malvinas, en el extremo Sur de
América, pero a veces las preguntas son las mismas,
como así también las marcas en las que estas se encarnan.
Algunas de ellas tienen que ver con interrogaciones
morales además de disciplinares, es decir, con los usos
y sentidos que el pasado construye. ¿Cómo procesar esas
encrucijadas, dilucidar un sentido posible entre muchos?,
y ¿qué consecuencias tiene este proceso? Elegimos la
difícil pregunta sobre el lugar de "los malos en la
Historia". Lo hacemos con la voluntad de confrontar
los presupuestos y las verdades, las convicciones y
valores naturalizados y que alimentan nuestras investigaciones,
que se vuelven más frágiles y cuestionables cuando dejamos
los espacios seguros tras las murallas disciplinares,
puertos que abandonamos para explorar los espacios donde
las memorias confrontan y las cartografías se alteran.
En el camino -otro viaje- se iluminan lugares ignotos
y voces silenciadas que ponen a prueba certezas y herramientas,
los instrumentos del viajero. Viajes semejantes se producen
en el campo literario y en las artes audiovisuales.
Exploraciones que buscan un nombre en un mapa, un destino
que sin embargo sólo es la certeza del nombre, no así
del recorrido que lleva a él.
Notarán que el volumen de materiales de esta entrega
es importante: muchas páginas de ensayos, informes y
reseñas. Por un lado, porque imaginamos el Boletín
como un espacio de intercambio pero, también, de compañía
y reflexión en la tarea. Al mismo tiempo, creemos que
es una señal de un estado de la cuestión y funcionamiento
como grupo que lleva ya unos cuantos años, pero sobre
todo, es la señal de que la inquisición permanente es
la que alimenta el trabajo, señala nuevos recorridos,
revela nuevas viejas preguntas.
Buenos y malos, héroes y villanos, villanos heroicos
y héroes envilecidos, certezas y debilidades: desafíos
que se traducen en preguntas y hojas de ruta.
Esperamos
sus comentarios, sugerencias y aportes para seguir mejorando
este trabajo.
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| ACTIVIDADES
DEL NÚCLEO DE ESTUDIOS SOBRE MEMORIA |
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Reseña: Jornadas "Fotografía, Memorias e Identidad.
Experiencias de Investigación", Centro de Estudios Avanzados.
Universidad Nacional de Córdoba, noviembre de 2007
Por María Eugenia Mendizábal
El pasado, ¿está perdido para siempre?, ¿qué es lo que
pervive del pasado en nuestras memorias? Si el pasado
es un país foráneo, ¿qué tipo de documentos de ese país
son las fotografías, que parecen traerlo hacia nosotros,
como soporte de las memorias y como imágenes de más
de uno de nuestros olvidos? ¿Cómo las utilizamos en
la investigación y el análisis en las ciencias sociales,
¿qué lugar les damos en relación con la palabra, con
las palabras, ¿hasta dónde las "dejamos hablar"? y ¿tenemos
suficientes herramientas para establecer con ellas y
a través de ellas conversaciones y análisis productivos,
con las memorias de las personas, los grupos, las comunidades
con quienes trabajamos?. En las jornadas realizadas
en Córdoba, en noviembre de 2007, se presentó una serie
de ponencias que abordan el trabajo de la memoria y
de la investigación sobre las memorias y el uso, la
vinculación y el trabajo de análisis desde las ciencias
sociales -incluida la historia- con las fotografías.
El encuentro se organizó en dos jornadas, en las que
hubo tres mesas de trabajos: 1. Imagen y restitución
de identidades. La cuestión del indígena desde la fotografía
y el video, 2. Fotografía y memoria en barrios obreros
y villas, y 3. Fotografía, violencia y situación límite.
Además se realizó una conferencia que estuvo a cargo
de Luis Príamo.
Algunas ponencias trabajaron sobre iniciativas, vicisitudes
y dudas que genera el uso del material fotográfico en
la investigación acerca de las memorias de distintos
grupos y personas: ¿qué se provoca?, ¿en qué se trastoca
la intervención del investigador cuando se propone "volver"
a una comunidad a devolverle fotografías que fueron
tomadas en otro momento? Las respuestas son variadas
y claramente diferenciales cuando las personas fotografiadas
logran o no reconocerse en las imágenes previas. Las
fotografías permiten reflexionar sobre el paso del tiempo,
sobre las nuevas modalidades de verse en la realización
del trabajo y en las nuevas o diferentes formas de trabajar.
En otros casos las fotografías son devueltas a una comunidad
en la que, pasado el tiempo, los fotografiados no son
los principales receptores del "legado" fotográfico.
¿Es posible verse en las fotos tomadas a los antepasados?
En los agujeros, y vacíos, en los desplazamientos semánticos
que muestran y manifiestan los actores en la recepción
de las fotografías es posible adentrarse en el territorio
de las identidades, identificaciones y en el campo de
lo propio, no siempre apropiado por las comunidades
en sus miradas retrospectivas. Otra serie de trabajos
se centró en la circulación de imágenes de diversos
grupos étnicos en algunos países del cono sur. Aquí
las preguntas más urgentes se centraron en la conformación
de estereotipos, en marcas de otredad, donde el/la fotografiado/a
es retratado/a de manera ficcional, aunque luego las
imágenes se plasmen en libros y materiales que las instalan
como "documentos". El otro, nativo, es otro que puede
ser manipulado en el momento de tomar la imagen (construirla)
y en el momento de definirlo. Algunas imágenes fueron
utilizadas sin dar cuenta real ni de quiénes eran las
personas retratadas ni de los contextos de producción
de dichas fotografías. El recorrido de estas fotografías,
el trato dado, se puede poner en paralelo con el trato
dado a cada una de las comunidades re-tratadas. Pasado
el tiempo, en otro contexto socio-cultural y político,
una de las ponencias detalló el trabajo realizado con
diversos grupos focales en el análisis de estereotipos,
marcas de otredad e identidades. Aquí aparecen fuertemente
las modalidades de búsqueda de signos externos, del
ámbito del escenario del contexto cultural en el cual
las diferentes personas que conformaron los grupos centraron
sus miradas.
Una serie de trabajos estuvo centrada en la vinculación
de las fotografías relacionadas con situaciones conflictivas
y de catástrofe social. Los ponentes dieron cuenta de
las dificultades de diversas personas de re-conocerse
en lo que la fotografía presente. Pasado el tiempo,
la fotografía no siempre muestra lo que las personas
conservan como imagen de sí en momentos de conflicto
donde la propia subjetividad estuvo herida. Por otro
lado, se presentaron dos trabajos en los cuales las
fotografías fueron documentando los procesos de marcación
de sitios que funcionaron como centros clandestinos
de detención durante la última dictadura militar. Las
investigadoras fotografiaron, documentaron el proceso,
mientras la materialidad era modificada en apropiaciones
de diferente índole. Las fotografías dan cuenta, ayudan
a historizar los trabajos de las memorias en relación
con las materialidades que estos sitios proveen. Por
ejemplo, desde una cierta altura fue posible fotografiar,
revelar, un pequeño espacio dentro de un lugar que luego
de haber sido Centro Clandestino de Detención fue convertido
en escuela, donde quedaba en pie la arquitectura del
ex centro clandestino, a tan sólo algunos centímetros
del patio donde los niños juegan en los recreos. ¿Qué
hacer con estas fotos?, ¿cómo analizarlas en diálogo
con la reconstrucción del espacio como escuela que sigue
siendo sitio de memoria?
También se relataron experiencias de investigación en
barrios obreros y villas. ¿Cómo trabajar con materiales
de acervos documentales de empresas?, ¿cómo trabajar
la identificación o la distancia entre el presente y
el momento en que las fotografías fueron tomadas?, ¿cómo
acompañan y nutren las fotografías aquellas investigaciones
centradas en quines habitan fuera de lo fotografiable?
Se presentó el dilema de cómo tratar la fotografía en
tanto ¿fuente? en relación con los procesos inmigratorios:
¿cómo ubicar a las fotos?, ¿cómo ponerlas en diálogo
con los otros materiales disponibles para el investigador?
Una de las ponencias ubicó el problema en torno a dos
álbumes que aparecieron en su trabajo de campo. Esos
álbumes, su organización, la estética y el cuidado de
cada uno, ¿es único o se trataba en cambio de una práctica
extendida?, ¿qué suponía contar con los medios para
conseguir retratarse en el momento en que aquellas colecciones
privadas fueron construidas? Lo críptico de cada fotografía
conversa con el resto del universo finito de imágenes
de cada álbum. Surge entonces la pregunta, ¿qué tipo
de documento es este? y ¿cómo trabajar con él? Siguiendo
la línea de investigación acerca de temas relativos
a la inmigración, otro de los trabajos presentó un diálogo
peculiar entre las fotografías de un grupo de inmigrantes
y la correspondencia que ese mismo grupo familiar había
mantenido con miembros de la familia que habían quedado
en Europa. Si las cartas, muchas veces, detallaban problemas,
obstáculos y penurias, las fotografías solían mostrar
a la familia en situaciones de festejo, celebración
y alegría filial. ¿Cómo se explica esta brecha, esta
diferencia entre la puesta en escena fotográfica y la
narratividad de las cartas?
Otras fotografías que documentan la inmigración exhiben
puntos conflictivos, disruptivos, que hacen que detengamos
nuestra mirada en detalles sintomáticos. Más aún cuando
es posible verlas en relación con largas series fotográficas
retratadas por un mismo fotógrafo. En uno de los trabajos
se trató con una serie de fotografías de esta índole,
es decir, retratadas por el mismo hombre. Una de ellas
tiene algo de inquietante; una familia presumiblemente
proveniente de Europa, posa ante un rancho que aparece
como objeto tangible del tiempo anterior a la llegada
de los europeos. El grupo familiar y el contexto donde
son fotografiados señalan una clara discontinuidad.
Ante esta imagen una puede preguntarse, ¿qué ha sido
de los que vivían en el rancho?, y en este caso, como
en el resto también cabe preguntarnos acerca de las
posibilidades y el alcance de cualquier inferencia.
Reseña:
Reunión del Núcleo "Identidades y memoria".
Expusieron Emmanuel Kahan y Elizabeth Jelin, IDES, 30
de noviembre de 2007
Por Teresa Cáceres
En la reunión del 30 de noviembre de 2007 se
discutieron los trabajos de Elizabeth Jelin "Silencios,
visibilidades y acción colectiva: Identidades
étnicas, de clase y de género en los procesos
de memorialización" y de Emmanuel Kahan"¿Qué
ves cuándo me ves? Los judíos en el archivo
de la Dirección de Inteligencia de la Policía
de la provincia de Buenos Aires".
El texto presentado por Kahan es parte de su tesis de
maestría que trata sobre cómo "vieron"
y "representaron" a los judíos los
agentes de la Dirección de Inteligencia de la
Policía de la Provincia de Buenos Aires. Parte
de dichos archivos fueron entregados por la Comisión
Provincial por la Memoria, en mayo de 2004, a la Biblioteca
“Max Nordau” de la ciudad de La Plata. La
información revelaba “la ‘vigilancia’
que había sido desplegada entre fines de la década
de los años sesenta y los albores de los noventa”.
Con su trabajo Kahan explora los procesos de examen
y vigilancia y la institucionalización de los
mismos, entre otros temas. En el trabajo que presentó
en la reunión Kahan reflexiona respecto a “los
diversos imaginarios y representaciones en torno a los
judíos y sus instituciones que fueron producidos
por los funcionarios de una de las agencias estatales
que, de acuerdo con lo expresado por Eduardo Rezses,
institucionalizaría las formas de dominación
del Estado”.
El texto de Jelin recoge materiales de investigación
de colegas a los que intenta hacer entrar en diálogo
desde lugares desigualitarios de poder, específicamente
clase, género y raza. “Las líneas
culturales que fracturan el mundo social son a menudo
resultados o consecuencias de los conflictos, no sus
causas”. Si bien conflictos como los que padeció
el Cono Sur en los años setenta no explicitaban variables
culturales en su centro, “hay injusticias estructurales
y opresiones históricas subyacentes, y éstas
deben ser analizadas tomando en cuenta las dimensiones
culturales y étnicas”.
Para poner en acción estas premisas, Jelin toma
los resultados de la Comisión de Verdad y Reconciliación,
la dimensión étnica de las violaciones
a los derechos humanos y la especificidad de “las
declaraciones de las mujeres”; las discrepancias
entre las memorias locales y las nacionales (entre las
memorias blancas y las no tanto) a la hora de narrar
el pasado reciente en la provincia y la especificidad
de la “víctima judía” en el
proceso represivo argentino.
Reseña:
Reunión del Núcleo "Crónicas de viaje y las
fotografías del Nunca Más". Expusieron Emilio Crenzel
y Elizabeth Jelin, IDES, 4 de abril de 2008
Por Teresa Cáceres
En la reunión del 4 de abril de 2008 del Núcleo
de Estudios sobre Memoria se discutieron los textos
de Emilio Crenzel "Las fotografías del Nunca Más:
Verdad y prueba jurídica de las desapariciones" y algunas
crónicas de la estadía de Elizabeth Jelin en Berlín.
El artículo de Crenzel analiza el archivo fotográfico
de la CONADEP y da cuenta del proceso de selección que
hizo posible el resultado final. En base a la lectura
del texto de Crenzel, se discutió respecto a los usos
de la fotografía, en tanto prueba jurídica, pero también
se discutió qué decía de sí misma la CONADEP a la hora
de priorizar y elegir determinadas fotografías para
formar parte del informe. Más allá de esto, se discutió
respecto al proceso mismo de "la petición" de fotos
a los familiares, y a la organización de un archivo
en ese sentido. Se reflexionó igualmente respecto a
la metáfora de la foto: ¿hay marcas de dolor en los
espacios? ¿se homogenizan los espacios? Se habló también
de la especificidad: los espacios fotografiados están
"limpios" de "lo vivido". Aún así hay un relato que
construye: está la subjetividad del productor de la
foto, de quien la escoge.
Se volvió a la pregunta del espacio no explorado: la
recepción de la fotografía. En un ejercicio realizado
entre todos los presentes en la reunión, vimos que hay
quienes pasaron por alto la fotografía (no la tienen
registrada en el recuerdo), no así los planos; quienes
tenían como principal horizonte encontrar nombres; quienes
sí querían ver las fotos, fueran cuales fueran. Este
es un ámbito aun no explorado y que abre caminos de
reflexión.
Respecto a los textos de viaje de Jelin, parten de una
necesidad de la autora de ir "contando" lo que va "viendo"
y cómo, desde la extrañeza, el interés, la sorpresa
o la incomodidad, conforma un tipo de narración que
ha llamado "crónicas". Su principal motivación en estos
textos es dar cuenta de cómo los lugares "fueron, dejaron
de ser y luego volvieron a ser": cosa que en Europa
está naturalizada. De ahí la pregunta sobre qué hacer
con todos aquellos elementos que son producto del nazismo
o del comunismo en el caso de Budapest: ¿se los saca?,
¿se los relega a una especie de cementerio?, ¿dónde
empieza y dónde termina la erradicación?, ¿dónde empieza
y dónde termina "lo maldito"?, quedan como preguntas
abiertas sobre las que se discute pero sobre las que
aun no hay una respuesta concreta.
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LIBROS
Crenzel, Emilio, La historia política del
Nunca Más. La memoria de los desaparecidos en
la Argentina, Buenos Aires, Siglo Veintiuno
Editores, 2008
|
| Por
Federico Lorenz |
Uno
de los más importantes vehículos de memoria en relación
con la experiencia terrorista estatal en la Argentina
es el Informe producido por la Comisión Nacional
sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), publicado
en 1984 bajo el título de Nunca Más, por EUDEBA,
la editorial de la Universidad de Buenos Aires. La exhaustiva
investigación de Emilio Crenzel se propuso explicar
la historia política de dicho Informe, ofrecer una serie
de argumentos y explicaciones para entender "cómo un
relato elaborado por una Comisión que concitó el rechazo
inicial de la mayoría de los organismos de derechos
humanos, los partidos de oposición, las Fuerzas Armadas
y la jerarquía católica, que no recibió apoyo alguno
de los sindicatos o de las corporaciones empresariales
y cuyos objetivos fueron establecidos por la voluntad
del Poder Ejecutivo que la creó, se convirtió en el
símbolo de la memoria colectiva sobre las desapariciones"
(pág. 190).
Para hacerlo, el autor desarrolla un trabajo de reconstrucción
de los diferentes contextos en los que el Informe fue
elaborado, dado a publicidad y circulado, entre las
poco más de dos décadas que median entre su primera
publicación y su reimpresión con un nuevo prólogo, en
ocasión del trigésimo aniversario del golpe militar
del 24 de marzo de 1976. Lo que va hilvanando la interpretación
de Crenzel es la hipótesis que orienta su trabajo, consistente
en la idea de que el "Nunca Más conformó un
nuevo régimen de memoria sobre la violencia política
y las desapariciones en la Argentina, que integró ciertos
principios generales de la democracia política, los
postulados del gobierno de Alfonsín para juzgar la violencia
política y la narrativa humanitaria forjada durante
la dictadura para denunciar sus crímenes" (pág. 24).
El primero de los capítulos se ocupa de analizar los
cambios en los discursos sobre la violencia política,
fundamentalmente como una consecuencia del predominio
que fue adquiriendo aquel inspirado por las denuncias
por violaciones a los derechos humanos. Muestra lo que
distingue al régimen de las desapariciones dentro del
contexto más amplio de la violencia política argentina,
y analiza las formas que tuvo el conocimiento acerca
de estas mientras se producían.
El siguiente capítulo analiza meticulosamente el proceso
de constitución de la CONADEP, el aporte cuantitativo
y cualitativo que sus acciones produjeron en la apropiación
social de la experiencia dictatorial y, entre otros,
aporta elementos para romper un sentido común muy fuerte
en relación con la historia política de la Comisión:
contra la idea de que se trató sólo de una comisión
de "notables" que concitó la oposición de los organismos
de derechos humanos, Crenzel muestra que el éxito de
esta se debió a una alianza y articulación entre estos
y el Estado, visible en el logro de producir una instalación
política que "debería conjugar dos intervenciones simultáneas:
expresar una condena moral contemporánea al sistema
de desaparición y constituirse en un legado a futuro
que ayudara a evitar su reiteración" (pág. 92).
Semejante voluntad fundacional y refundadora debía necesariamente
producir una (re)lectura sobre la historia argentina
reciente, y de ella se ocupa el capítulo tres, que muestra
como conclusión más importante que el Nunca Más
produjo una "humanización abstracta" de las víctimas
de la dictadura, "que representa sus vidas genéricas
y eclipsa su condición de seres históricos concretos,
sus vidas políticas, esto es, aquellos atributos que,
precisamente, recuerdan los enfrentamientos que dividieron
a la sociedad argentina. El informe, así, realiza simultáneamente
una doble operación: repolitiza la identidad de los
desaparecidos con respecto a la perspectiva dictatorial,
al presentarlos como sujetos de derecho, y la despolitiza
al proponerlos como víctimas inocentes, sin incluir
su condición militante" (pág. 112).
En el cuarto capítulo Crenzel analiza algunos de los
usos públicos y resignificaciones que el Nunca Más
como vehículo de memoria experimentó desde su difusión.
Entre otros, los modos en que diferentes actores sociales
lo utilizaron como base para sus lecturas sobre la época
o la reinstalación de sus demandas, o la reinterpretación
que artistas como León Ferrari hicieron de este desde
su obra, para llegar al polémico nuevo prólogo que la
gestión kirchnerista incluyó en las ediciones del 2006.
En este último caso, Crenzel encuentra que, más allá
de enunciaciones que parecerían nuevas lecturas políticas
sobre la época, la cuestión de fondo, la mirada que
el Nunca Más construyó sobre la época, sigue, en lo
que al Informe hace, intacta.
El análisis del autor se apoya en una exégesis minuciosa
del objeto que analiza, y de los sucesivos contextos
de producción y circulación del Nunca Más,
basado en entrevistas a los principales protagonistas
de su materialización, así como en otras fuentes escritas
y audiovisuales, y el diálogo con lo mejor de la producción
desde el campo de los estudios sobre la memoria.
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LIBROS
Jensen, Silvina Inés, La provincia flotante.
El exilio argentino en Cataluña (1976-2006),
Barcelona, Km 13.774, 2007.
|
| Por
María Virginia Pisarello |
La
Provincia Flotante es una obra construida en clave
historiográfica, que pone en tela de juicio el mito
según el cual la Argentina fue y es tierra de acogida,
conforme a "aquella inconmovible certeza que hizo de
la Argentina decimonónica una tierra promisoria, pródiga
y tolerante" (pág 330). A lo largo de sus páginas, Silvina
Jensen recorre diferentes facetas del exilio protagonizado
por miles de argentinos que recalaron en Cataluña durante
la última dictadura militar (1976-83). Se aventura así
en la difícil tarea de inscribir en un contexto histórico
plurinacional, las memorias exiliares de casi un centenar
de entrevistados que actualmente residen en Cataluña
o que han retornado a su país natal.
Atento a ello, repone en todo su espesor las luchas
por la memoria desatadas en los últimos treinta años
a raíz del estatuto y reconocimiento de la condición
de "exiliado", para lo cual la autora complementa y
entrecruza las fuentes orales con una ingente variedad
de materiales documentales, periodísticos y literarios,
que se apoyan en un riguroso trabajo de archivo a uno
y otro lado del Atlántico.
El libro reconstruye los itinerarios de salida y caracteriza
a los emigrantes, así como también identifica las diversas
formas de acogida e inserción que ellos tuvieron en
la movilizada sociedad catalana de los setenta, comprometida
con una transición en la que cifraban sus reclamos por
la vuelta de la democracia, por la recuperación de sus
instituciones tradicionales y por la reivindicación
de la identidad nacional. En este clima fue donde se
fortalecieron La Casa Argentina a Catalunya
y la Comisión de Solidaridad de Familiares de Desaparecidos,
Muertos y Presos Políticos de Barcelona -COSOFAM-,
dos asociaciones de denuncia y sociabilidad en el exilio,
que presentaron notorias convergencias y divergencias,
tal como se observa a raíz de ciertas coyunturas particulares:
la celebración del campeonato Mundial de Fútbol en Argentina
en 1978, la visita de la Comisión Interamericana de
Derechos Humanos de la OEA -CIDH- en 1979 y el desarrollo
de la Guerra de Malvinas en 1982.
A lo largo de La Provincia Flotante, se analiza
el devenir de ambas entidades en relación con el de
sus homólogas peninsulares y del resto del mundo, de
cara a analizar los debates y derroteros que jalonaron
el exilio argentino en países americanos y europeos.
Es por esta vía que la autora nos acerca a los grandes
problemas que enmarcaron el destierro, y sellaron la
orientación de los retornos; entre ellos: la redefinición
de la actividad militante orientada a la defensa de
los derechos humanos, el análisis de la derrota sufrida
y la apuesta a la construcción democrática.
Gestada en este clima, la experiencia de los desexilios
entrañó grandes obstáculos para quienes regresaron a
la Argentina, donde la vuelta de la democracia (en 1983)
fue acompañada por la sanción de Leyes de Impunidad
-Punto Final y Obediencia Debida- y de indultos presidenciales
a los miembros de la Junta Militar. En este contexto,
quienes permanecieron en el extranjero no cejaron en
la lucha por la Verdad, la Justicia y la Memoria, hasta
el presente, tal como lo demuestra la reconstitución
del entramado asociativo del exilio en Cataluña en los
años ochenta y noventa.
Desde una perspectiva que vincula la mediana y la corta
duración, Silvina Jensen identifica procesos colectivos,
a la vez que reconoce el peso de las individualidades.
Los interrogantes que instala sobre el pasado y el presente
de las sociedades de expulsión y de acogida, le permiten
identificar ciertas marcas identitarias de la comunidad
exílica argentina, aún treinta años después de su partida.
Con esta constatación se cierra una obra cuya precisión
y especificidad no limitan la apuesta programática que
conlleva, y la apertura de horizontes de estudio que
estimula. |
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LIBROS
Lorenz, Federico, Combates por la memoria.
Huellas de la dictadura en la historia, Buenos
Aires, Capital Intelectual, 2007
|
| Por
Rossana Nofal |
De pe a pa, derechito en el renglón. Para un manual
de escritura de la historia.
“En un lejano país existió hace
muchos años una oveja negra. Fue fusilada.”
Invitación al diálogo polémico,
el relato de Augusto Monterroso es la entrada perfecta
a las preguntas de Federico Lorenz: ¿con qué
argumentos se ajustició lo diferente?, ¿cuáles
fueron los argumentos de la muerte?, ¿cuáles
las palabras silenciosas de la defensa?
Los Combates por la memoria se empiezan a contar
con un giño de autor muy claro, un llamado a
leer a contrapelo los cánones establecidos y
desmontar, cuidadosamente, los binarismos que llevan
a pensar que lo que hace el bien está bien y
lo que hace el mal está mal.
Una intervención constante, con la lógica
del contrapunto, explica una búsqueda narrativa
más allá de sectarismos; una crítica
secular, sin posiciones acartonadas, desfachatada, si
se quiere, rigurosa, exhaustiva. Todo en un mismo escenario
de combate.
Lorenz ilumina los relatos maestros que construyeron
las claves de una interpretación alegórica
de la historia en términos de buenos y malos;
cruza los esquemas establecidos y se pregunta por las
categorías de clase y las variables de género.
Con una clara voluntad de historizar la memoria trabaja
el núcleo duro de lo que llama la “vulgata
procesita”, simbólicamente eficaz,
apoyada en silencios y borraduras. Se trata de “un
relato que justifica la represión ilegal contraponiéndole
la violencia de las organizaciones armadas, apoyado
en una memoria subterránea y latente que aflora
frente a determinados eventos, como por ejemplo las
discusiones surgidas a partir de la iniciativa presidencial
de instalar un museo en el predio de la ESMA”
(pág. 18).
El libro se abre con preguntas inquietantes sobre el
para qué de la historia y de los historiadores.
El cruce subjetivo quiebra la universal reiteración
de los interrogantes y nos posiciona frente a un lector
acosado por fantasmas y en un juego múltiple
de voces y verdades. “Tenía entonces, por
supuesto, una visión bastante idealizada de lo
que los historiadores hacemos y de lo que la historia
es, que en gran medida es la que seguimos construyendo
en las escuelas todos los días. Por otra parte,
sinceramente, no creo que se pueda ser profesor –de
lo que sea- sin alimentar esa convicción: que
la historia –que la disciplina- es una herramienta
de intervención política” (pág.
11).
Lorenz escribe un libro comunicante, para ser leído
en un tranvía, como diría Oliverio Girondo,
para ser leído en un subterráneo de Buenos
Aires. Palabras escritas para leer en un tiempo suspendido,
cuando no llegan los trenes y los ómnibus en
los que viajan ejércitos de profesores en cualquier
geografía. La palabra yo expone la voluntad de
un centro autorial en donde la historia alcanza al historiador
y lo transforma, lo saca fuera del lugar común
y lo posiciona en un campo de batalla, en un espacio
de disputas por el poder de la interpretación.
“Soy hijo de muchas violencias y silencios. Los
que comenzamos el secundario en 1984 heredamos la muerte
y la derrota, traducidas en una normativa para el buen
vivir, una serie de valores incuestionables porque garantizaban
un futuro alejado de la violencia. ¿Hasta qué
punto no fuimos educados desde el miedo, desde el recuerdo
del dolor que paraliza?” (pág. 13). Lorenz
se propone, entonces, leer a los malos de esta historia
y toma todos los riesgos. “Quiénes están
enterrados bajo los sinvergüenzas que disfrutan
es una de las preguntas orientadoras de este libro.
Qué era lo que muchos llamaron revolución,
qué forma tuvieron esos sueños, son las
otras” (pág. 13). Todos los movimientos
nacionalistas crean mitos sobre sí mismos, cada
generación, agrega Lorenz, construye el pasado
a su medida; los historiadores, frente a la hegemonía
de estos relatos, se ubican siempre como aguafiestas.
Explora los artículos de la revista Gente
o el libro de Ramón Genaro Díaz Bessone,
Guerra Revolucionaria en la Argentina (1959-1978).
“Su relato construye la historia como una respuesta
de las Fuerzas Armadas a la agresión de unas
minorías contra el conjunto de la sociedad”
(pág. 22). El historiador busca los indicios
con los que se construye una propaganda subterránea
capaz de organizar las claves de la interpretación
alegórica del presente. Creo que Lorenz desmonta
los relatos falsos con los que se colonizó los
imaginarios, cuáles fueron las máquinas
de narrar y las máquinas de guerra que justificaron
los mecanismos del terror. La lectura de la malla discursiva
que atravesó la sociedad le permite leer la organización
de un modelo binario pensado en clave de enfrentamiento
entre buenos y malos, entre los unos y los otros. “Bessone
ni siquiera menciona el terrorismo de Estado pues caracteriza
a todo el proceso como guerra, aún apropiándose
de la terminología de sus adversarios, al agregarle
el adjetivo ‘revolucionaria’” (pág.
23). Las operaciones “normales” implican
todo aquello denunciado por las víctimas como
una sinrazón y condenado en distintas instancias.
Qué dijo la derecha y cuáles fueron los
andamiajes significativos de esas palabras equívocas.
Lorenz visita sus antiguas obsesiones y vuelve a la
noche de los lápices y al testimonio de su informante
clave: Pablo Díaz y su figuración de autor.
Un capítulo importante abre los portones de la
ESMA y expone las disputas en torno al edificio y sus
relatos. El acto inaugural de esta nueva flexión
del 24 de marzo de 2004 y el indudable cambio en los
libretos de la memoria frente a la intervención
estatal. “Los hechos, sin duda, no hablan por
sí solos, pero el trabajo de los historiadores,
y de quienes participen en el debate, es hacer que su
inclusión en una narrativa histórica los
transforme en evidencia y no en ilustración”
(pág. 94).
“Todos los finales son abiertos”. Lorenz
se juega en el espacio intersticial de la diferencia
y toma todos los riesgos; Rep ilumina los personajes
de esta polémica con una ilustración de
tapa construida en espejo: esto pasó, esto no
pasó. Es el lector quien tiene la última
palabra. Esta apelación abre otra puerta de entrada,
más plural, en el espesor de la literatura de
la vulgata procesista. Es precisamente él
quien corta el circuito y es ajeno al régimen
de la representación binaria. Su lugar es políticamente
menos tranquilizador y puede sostener lo contrario,
incluso frente a las verdades y a los presupuestos del
lugar de autor.
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LIBROS
Alcoba, Laura, La casa de los conejos,
Edhasa, 2008 (Manèges, Gallimard, 2007)
|
| Por
Margarita Merbilhaá |
La novela de Laura Alcoba viene a ocupar un lugar particular
entre las narraciones que abordan el pasado reciente.
En primer lugar, porque nos instala entre dos dimensiones
que no son fáciles de acercar: el testimonio
y la ficción literaria, dos discursos que por
lo general se han venido bifurcando en las narraciones
sobre la dictadura y el pasado reciente. La novela está
fuertemente marcada por procedimientos de ficción
que dan a lo testimonial un espesor distinto y lo testimonial,
a su vez, está claramente evocado y omnipresente,
sin lugar para el equívoco. Por un lado, sabemos
desde las primeras páginas que abren la novela,
en las que una voz en primera persona se dirige a Diana,
a Diana Terrugi, la militante de Montoneros responsable
de una de las imprentas más importantes de la
organización, oculta en una casa que fue salvajemente
atacada en un operativo que marcó para siempre
a muchos habitantes de la ciudad de La Plata, la casa
de donde se llevaron a Clara Anahí, la hija de
tres meses de Diana y Daniel. Sin embargo, luego de
ese marco inicial, aparece desde el primer capítulo
una voz que va construyendo un mundo privado, anclado
en el espacio y el tiempo (“La Plata, 1975”)
pero donde se va configurando un mundo propio, el de
la infancia. Cobra una dimensión nueva, entonces,
nombrar a la “Argentina de los Montoneros, de
la dictadura y del terror desde la altura de una niña
que fui”, dice la autora, (pág.12), reconstruyendo
la cotidianeidad ya no sólo del terror sino de
la militancia, del repliegue inevitable que se combinaba
con unos últimos impulsos de resistencia a la
dictadura, de lo que era vivir en el encierro y el aislamiento
desde la percepción de un nena de siete y ocho
ochos.
Al haber sido la novela escrita en principio para un
público francés, casi podría decirse
que la edición argentina es otra novela. Los
dos libros resultan muy diferentes por la manera tan
inconmensurable en que intervienen sobre la experiencia
de los lectores. La lengua de la versión original
es una lengua aprendida en el exilio, también
incorporada durante la infancia pero después
de los hechos narrados, de modo que el francés
pudo funcionar como una mediación de lo vivido.
Una mediación marcada ante todo por la impasibilidad,
para usar una palabra flaubertiana. Es algo que la traducción
recuperó bien, en cierta extrañeza del
idioma. Da la impresión de una reescritura que
estuvo atenta a ese tono, en el que se impuso la neutralidad,
la suspensión del juicio, de la valoración,
de la indagación.
Significativamente, el relato de hechos no alcanza a
ocupar el primer plano, que más bien está
invadido por lo imaginario: percepciones, impresiones,
silencios y por lo simbólico, el desfile de las
voces de los adultos. ¡Cuánto hablan esos
adultos en la novela!, ¡cuán saturado está
ese mundo de mediados de los setenta de análisis!.
La niña tiene mucho para escuchar, desde explicaciones
que aspiran a refundar tradiciones culturales hasta
relatos escolares que desfilan ante la narradora aturdida
por tantas vivencias contradictorias. Está presente
la religión en la escena del bautismo, con ese
personaje de la amiga de la madre, que de tan fantasmagórico
no tiene nombre en la novela; también circulan
los relatos familiares de sobremesa y asoman por momentos
las lecturas coyunturales tributarias de una cultura
política que reinventaba el mundo con el fervor
de la voluntad.
Uno de los mayores aciertos de la novela es precisamente
haber creado en la ficción un mundo de la infancia,
haber sido escrita a partir de una mirada infantil,
una mirada que se corre constantemente de una perspectiva
fija: la narradora está, a pesar suyo, llevada
de un lado a otro. La mirada que devuelve de la experiencia
de la clandestinidad y de haber compartido esa militancia
está extrañada y a la vez implicada. Es
que ella tomó parte pasivamente, aunque
suene contradictorio, lo que se traduce en un uso tímido,
muy acotado, del “nosotros” para hablar
del día a día de la militancia y también
por una asimilación del lenguaje militante de
los adultos: “Yo no consigo hablar. Miro al Ingeniero,
espantada. Quisiera dejar de mirarlo así pero
no consigo siquiera volver la cabeza. Estoy como clavada
por sus dos ojos. Quisiera que él se calme, pero
comprendo que lo que he hecho es gravísimo. Decididamente,
no estoy a la altura” (pág. 100). Esta
mirada no evalúa ni analiza, ofrece un relato
despojado, que no quiere hacer una crónica sino
que se organiza hilando escenas de recuerdos, pautadas
por silencios “significativos” (“Como
sea, comprendo que en el caso de que alguien, en la
cárcel, me haga preguntas, no podré volver
a la casa de los conejos. Me parece que tengo miedo.
En fin, es una de las tantas cosas de las que no estoy
segura” (pág. 88).La niña sabe que
por seguridad, no tiene que preguntar, ni hablar, ni
explicar nada a ningún extraño y tampoco
a los adultos con los que convive, a excepción
de Diana, aunque esto no sea deliberado.
Al inventar un mundo desde una perspectiva extrañada
que se sustrae precisamente a las explicaciones, el
vacío de sentidos que se instaura es proyectado
entonces hacia un espacio situado fuera de la novela
y se traslada, así, al lector. Por eso, al menos
al recuperar las escenas de su infancia, la narradora
no se preocupa por procesar ni interpretar lo que está
viviendo. Ese es uno de los modos en que esta narración
nos interpela: nos obliga a leer evaluando, intentando
comprender. Nos traslada a nuestros propios recuerdos
o a los recuerdos de otros, leídos o escuchados.
Alcanza incluso un núcleo incómodo para
lectores argentinos, en el modo en que emerge un intento
sostenido por desconocer la Historia. Lo leemos en dos
soluciones formales que pueden resultar inquietantes.
Por un lado, el máximo borramiento de contextos
históricos, o la intención de darles la
espalda acotándolos a lo más inmediato
o tangible de la experiencia revolucionaria. Por otro
lado, la narradora recurre al uso de expresiones con
una densa carga simbólica para el contexto discursivo
de los análisis sobre nuestro pasado reciente
(se habla en la introducción de la “locura
argentina”, de “seres arrebatados por la
violencia”), las que circulan como si estuvieran
despojadas de su carácter conflictivo. Parecieran
palabras escritas haciendo caso omiso de la repercusión
de sus sentidos en Argentina.
Los recuerdos que aparecen son, ante todo, lo menos
colectivos que pueden ser: no se trata de vivencias
comunes a todos, no forman parte de una memoria pública
y urbana, contrariamente a, por ejemplo, los discursos
de Videla, los tanques en las calles, los allanamientos.
Aquí la memoria que surge es la de las acciones
clandestinas, la de la visita a las cárceles
de la dictadura. Esta memoria acotada, privada, adquiere
ahora otro carácter, porque al ser puesta en
una ficción, pasa a pertenecer al presente (el
de la lectura, el de la circulación de los libros),
un presente que nada tiene que ver con el pasado de
hace treinta años. A través de esta puesta
en ficción, la narradora opta no sólo
por volver a darles una entidad perdida sino sobre todo
por no dejarlos en el pasado. Y los propios hechos del
pasado cobran otra dimensión, en tanto dejan
de ser secretos, clandestinos. En este sentido resulta
revelador que en el capítulo 6 haya una vuelta
al presente de enunciación, en el que la voz
narradora saca a la luz una palabra anclada en la práctica
política de esos años, y luego borrada.
La palabra “embute” sale del secreto y se
revela su sentido. Se trata de sacar del embute hechos
nunca antes narrados.
Si pocos pueden identificarse con lo que allí
se narra, esto contrasta con el modo en que la infancia
solitaria que se va construyendo imaginariamente podría
ser la de cualquiera, en cualquier tiempo. En esto,
también la novela nos interpela, en tanto no
está situada ni encerrada exclusivamente en el
pasado (contrariamente a lo que ocurría con los
habitantes de la casa de la imprenta clandestina): hay
allí una elección de escritura. Por un
lado, la novela vuelve sobre escenas narradas desde
una temporalidad contemporánea a los hechos,
pero hay otra temporalidad, que incluye al presente
en que se enuncian esos recuerdos: el marco inicial
donde la narradora le escribe a Diana; el marco final,
la transcripción de documentos publicados hace
menos de diez años, que por primera vez registran
lo que pasó en la casa; las informaciones que
le suministra Chicha Mariani a la narradora, hace nada
más que cinco años. ¿Cómo
interpretarlo? No se trata, finalmente, de acceder a
alguna interpretación de la experiencia, menos
a un análisis retrospectivo, porque como ya dijimos,
la narradora se sustrae a eso. De alguna manera, las
remisiones a fechas tan contemporáneas tienen
que ver con lo que aparece al comienzo respecto de la
necesidad de “escribir para olvidar un poco”,
pero también porque ha comprendido “que
no hay que olvidar a los vivos” (pág. 12).
¿Qué vivos? ¿Nosotros? Definitivamente,
pasamos, con la heterogeneidad de nuestras experiencias
en el pasado reciente, a ser testigos de los hechos
que allí se narran; la radicalización
política de los años setenta nos invade
a todos, se cuela en los intersticios en que retorna
el pasado. Uno de los efectos de esto es que la clandestinidad
estalla definitivamente. El “embute” vuelve
a existir durante el tiempo de la lectura, y se destapa.
Pero hay otros puntos de contacto más perdurables
con “los vivos”, menos visibles, que aparecen
en un trabajo de escritura ya no despojado, como ocurría
con la mirada infantil elegida por la narradora. Otros
tramos de la novela se revelan ricos en imágenes,
son simbólicamente densos y remiten a un orden
visual, al plano de la mirada. En este aspecto la novela
apela también a nuestro registro menos consciente:
se van configurando maneras de mirar, aparece un espesor
de imágenes en el que la narradora surge ante
todo como observadora. Es “testigo ocular”,
pero también juega con la libertad que le permite
ver, mirar, borrar imágenes, recrearlas, ocultar
la luz y hacerla aparecer cuando se quiera. Esto nos
interpela, decía, porque todos fuimos, a nuestro
pesar, más o menos testigos oculares de los tiempos
de la dictadura y lo fuimos de los modos más
diversos. Se podían ocultar los cuerpos, censurar
la palabra, pero inevitablemente algo de los operativos,
la represión y la opresión quedaba a la
vista.
Por eso abundan las escenas en que se configuran formas
de mirar dispares y variadas: los ojos y la sonrisa
de Diana, los efectos visuales de la calesita, el juego
con autitos compartidos con otros hijos de militantes,
los ojos vacíos de la monja que hace de maestra,
lo que la nena no puede dejar de ver cuando la hacen
desvestirse junta a su abuela, lo visible y lo invisible
(en primer lugar el embute), el mapa de la
ciudad que se usa para delatar el embute, la referencia
a “La carta robada” de Edgar Alan Poe. Lo
invisible pero a la vista de todos, lo oculto y lo clandestino.
Ese mundo recreado de la infancia también es
un espacio de todos y que traspasa las fronteras. El
de esta novela tiene una lógica que desafía
las reglas del “azar”, las del movimiento,
las de la óptica y también los códigos
del mundo de los adultos. A veces les reclama cordura,
sólo con actos incontrolados, liberadores de
la tensión. Una infancia que nos habla, por supuesto,
del mundo de los mayores y que deja incluso ver una
clara marca generacional en el modo en que muchos padres
jóvenes de la generación de los años
sesenta y setenta desafiaron los modos tradicionales
de dirigirse y de educar a los niños, y buscaron
tratarlos como personas plenas, hablarles sin engaños
ni silencios. Eso también es un registro olvidado
que la novela recupera.
La casa de los conejos interviene sobre aquel
pasado de muchas maneras que intentamos indagar. Casi
podría decirse que con su publicación
en español, con la puesta en circulación
de lo que allí se cuenta por primera vez, es
la casa en sí misma la que se transforma. Por
efecto de la ficción, la “casa de los conejos”
deja de serlo y pasa a ser la casa de la imprenta clandestina
construida en 1975 para resistir a los últimos
años de gobierno de Isabel Perón y, en
dictadura, para la publicación del periódico
Evita montonera. Una casa por la que pasaron
y se escondieron niños, mujeres, hombres llevados
a situaciones límite.
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LIBROS
A propósito de Alan Pauls, Historia
del llanto, Barcelona, Anagrama, 2008
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| Por
Jordana Blejmar |
Historia del llanto. Un testimonio,
el último libro de Alan Pauls, es un texto híbrido,
mezcla de buildungsroman, novela de la interioridad,
autobiografía y una declaración estético-política
escrita en clave ficcional. Es, sobre todo y como la
define su autor, una nouvelle que trata sobre
el testimonio en tercera persona de un “niño-monstruo”,
lector precoz, confidente, niño prodigio, freak,
“group y de la lucha armada”.
¿Qué se atestigua? Las desventuras y vaivenes
de una infancia, transcurrida durante los álgidos
años sesenta y setenta en la Argentina, “empeñada
en no llamar la atención”.
Es que el protagonista, cuyo nombre desconocemos y que
tiene alternadamente entre cuatro y catorce años,
sabe que vive una estación intensa de la historia
nacional pero está condenado a experimentarla
desde la periferia. Su aproximación a eso que
Alain Badiou llamó pasión de lo real,
es decir la dimensión insurreccional y amoral
de la política que vivió gran parte del
siglo pasado, se da a través de la literatura
marxista – Fanon, Michael Löwy, Armand Mattelart
– y el contacto con aquellos que sí experimentaron
en carne propia quimeras y desencantos: un cantautor
de protesta exiliado, una ex erpia, un oligarca torturado.
La ecléctica galería de personajes la
completan los padres, un vecino militar y una novia
chilena de familia conservadora.
Junto con el título, la portada del libro, el
detalle de “Ezeiza Paintant”, perteneciente
al mural de Fabián Marcaccio que evoca la masacre
del 20 de junio de 1973, resultado del enfrentamiento
de sectores opuestos del peronismo, funciona como advertencia:
ésta es una historia de derroteros y desengaños.
Todos los personajes son, en última instancia,
farsantes, como el superhéroe que se revela vulnerable
ante la kriptonita (y también ante su propia
moralidad), y el militar que, detrás de su apariencia
viril y autoritaria, esconde un costado sensible y femenino.
Otros ejemplos son el protagonista, que “siempre
se ha sentido como un impostor, el doble pálido
de su amigo…”, los aliens de la serie Los
invasores y, por antonomasia, todos los uniformados,
“curas, policías, militares, cajeras de
supermercados, alumnos de escuela”, cuyas investiduras
revelan una doble vida y están diseñadas
para significar equívocos.
Además de la ruptura radical del peronismo en
Ezeiza, otros hechos – el asesinato de Aramburu
y la muerte de Gatica – aparecen, velados y fugaces,
intercalados en la narración. El 11 de septiembre
de 1973 es, no obstante, la única referencia
histórica que se menciona. El protagonista y
un amigo, dos años mayor, miran por televisión
las imágenes del Palacio de la Moneda rodeado
de militares. Ambos son simpatizantes de la izquierda
revolucionaria. Él, que siempre ha sido un chico
sensible (lo demuestra su capacidad de escucha a los
problemas adultos, un lagrimal hasta entonces inagotable
e incluso el ardor que siente en la yemas de los dedos
cuando roza el fondo de la pileta), se mantiene inerte
ante la pantalla. Su amigo, por el contrario, no puede
contener el llanto frente a la caída de Allende
y la comprobación del fin de la utopía
socialista que acompañó toda una generación
de jóvenes latinoamericanos.
Pero, ya lo habíamos advertido, el foco de atención
no es tanto la historia con mayúsculas (aunque
tramposamente también así lo sugieran
el título y la portada), como los años
tiernos del protagonista.
Pauls dice que este libro es el primero de una serie
de tres sobre los años setenta (el próximo
será Historia del pelo) y que comienza
donde termina La vida descalzo (2006). En las
últimas líneas de esa crónica de
un niño sobre la playa, reflexiona el narrador
que “quizá no haya habido días en
nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos
que creímos dejar sin vivirlos, aquellos que
pasamos con el libro por el que más tarde, una
vez que lo hayamos olvidado, estaremos dispuestos a
sacrificarlo todo.”
Ese descubrimiento – la comprobación de
que no hay nada tan intenso como la lectura –
acompaña también al protagonista de Historia
del llanto. Los libros y publicaciones de las organizaciones
armadas lo acercan a los hechos del mundo exterior.
A su vez, sin embargo, le revelan que esos hechos, mediados
por la lectura, se encuentran tan distantes de su vida
como el horizonte mismo.
La obsesión por Lo Cerca funciona como motor
del relato. También desde esa matriz es posible
leer la relación padre-hijo. La proximidad del
personaje con su padre lo hace llorar. Al mismo tiempo,
éste, aunque se lo proponga, no puede “llegarle”.
Lo expone ante sus amigos como un juguete de feria,
pero cuando su hijo lo busca, lo necesita, es el compañero
de dobles de tenis del padre quien, en su lugar, le
acaricia la cabeza. Lo Cerca, parece decir el libro,
es una categoría que mejor mantener a Lo Lejos.
Acaso ese “ocaso” de la figura paterna (que,
a nivel político, muestra las fisuras de los
ideales) es lo que no permite al protagonista identificarse
por completo con su amigo, el que llora por Allende
que, a principios de los setenta, fue uno de los primeros
Padres caídos.
Hay que decir además que, alejado de los discursos
más comunes cuando se habla de los tempranos
setenta en la literatura argentina contemporánea,
esto es, la reivindicación absoluta de la lucha
armada o, su opuesto, el rechazo acérrimo de
cualquiera de sus preceptos, Historia del llanto
trata de algo diferente. En efecto, el libro se propone
como una crítica a la pedagogía progresista,
el sentido común y el ejercicio de la caridad
cuya cultura Pauls asocia con la identificación
con el dolor y la inmediatez, la sencillez y la transparencia,
valores que no puede sino aborrecer. El problema aquí
no es tanto la crítica en sí, sino el
modo en que se resuelve literariamente.
Un claro ejemplo lo constituyen las casi veinte páginas
que la novela le dedica a defenestrar al cantautor de
protestas (la Bondad Humana, como lo llama
el protagonista), apenas regresado de un exilio español
de siete años, que expresaría esos valores
y cuyo correlato en la vida real es, no hay duda, el
cantante Piero: tiene cabeza enrulada, “anteojos
de miope” y “tono de argentino rehabilitado”,
además de una “sempiterna sonrisa”
que algunos han atribuido a “una forma benévola
de atrofia muscular”. “Es un desastre –
se lee en un momento – miente hasta cuando afina
la guitarra” y “ya en los años setenta
ni los sordos lo hubieran soportado”.
Cuesta entender tanta animadversión con un personaje
público que poco dice sobre ese progresismo (o,
para el caso, sobre casi nada en particular). Y es que
el encuentro con esta figura y sobre todo con tres versos
de una de sus canciones, no es sólo un episodio
más en la historia, sino el “gran acontecimiento
político” de la vida del protagonista.
Aquel que le revela la sinrazón de su adhesión
a la causa revolucionaria y lo que despierta en él
la náusea, como define al sentimiento
de desilusión que lo acompañará
hasta el final del relato.
Por lo demás, la novela tiene algunos aciertos.
En primer lugar, ensaya una efectiva exploración
de la intimidad y, con buen tino, la sitúa en
un momento en que esa dimensión (la de la vida
privada) se hallaba bastardeada tanto por derecha como
por izquierda. Pauls no es, se sabe, un amateur en este
terreno. Desde El pudor del pornógrafo
(1984), pasando por su lúcido prólogo
y edición a Cómo se escribe un diario
íntimo (1996), sus intervenciones respecto
del género epistolar, los estudios sobre Puig,
y ese texto programático sobre el (des)amor que
es El pasado (2006), sus preocupaciones estético-literarias
se proponen entender con persistencia casi obsesiva
los recónditos vínculos entre escritura
y vida, entre literatura e interioridad.
Sumado a esta búsqueda, la construcción
ficticia de lo que el mismo autor denomina el “testigo
irrelevante”, alguien que nada tiene que decir
sobre su época, porque nada ha visto, nada ha
oído, nada ha hecho, es afirmar el derecho a
la palabra que todos tenemos cuando se discute un período
que, durante mucho tiempo, parecía haber sido
objeto de debate exclusivo de los entendidos. Aquí
es posible, incluso, ver una conexión con Ciencias
Morales, la otra novela de Anagrama sobre el pasado
reciente, lanzada al mercado casi en simultáneo
con esta. Testigo irrelevante es también, por
ejemplo, el hermano de la preceptora del libro de Martín
Kohan, un soldado que no llega a combatir en Malvinas
y que, por eso, no tiene nada que decir. De allí
las postales cada vez más lacónicas que
le manda a su madre desde el sur.
Finalmente, el libro introduce ciertas novedades estilísticas
que resulta oportuno subrayar. El ritmo de escritura
busca solaparse con el de lectura al dar la impresión
de haber sido escrito de un tirón, en una sola
frase y exigir, por eso, una lectura sin pausas. Los
corchetes con puntos suspensivos no la interrumpen.
Al contrario, la agilizan. Por otro lado, el tiempo
de la enunciación (siempre el presente) logra
encarnar, en la escritura, la verdadera naturaleza del
recuerdo: aún cuando evoque el pasado, la memoria
siempre se ejerce desde un aquí y ahora.
Es verdad que ni la incomodidad que el libro parece
tener con dos tópicos de los setenta –
la militarización que evocan los uniformes y
la sensiblería – ni la construcción
del personaje principal terminan de convencer. Lo primero
porque, aunque válido, el juicio parece algo
injusto con una época más compleja y rica
que la imagen que se desprende de esa crítica.
Lo segundo porque, si bien la figura del “testigo
irrelevante” que propone es por demás atractiva,
lo cierto es que este niño no está del
todo al margen y por eso su irrelevancia es, de algún
modo, relativa.
Así y todo, Historia del llanto contribuye
a un debate fresco y en curso sobre lo que Alberto Giordano
llamó “escrituras del yo” y también
sobre la relación entre literatura e historia,
la experiencia de lectura en tiempos de acción,
la naturaleza del testimonio y el estatus del testigo.
Las reflexiones que propone esta nouvelle,
entonces, son bienvenidas, aunque más no sea
para discutir con ellas.
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MUESTRAS
Y REUNIONES
Ponerle el cuerpo a la falta: Notas sobre
la muestra "Ausencias". Centro Cultural
Recoleta, 26 de febrero al 30 de marzo de 2008
Por
Teresa Cáceres y María Eugenia Mendizábal
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En la muestra presentada en el Centro Cultural Recoleta
se despliega la obra de Gustavo Germano, quien se adentra
en catorce casos de desaparición forzada en Entre
Ríos utilizando el soporte fotográfico
para provocar en el público la sensación
que da nombre a su trabajo: Ausencias. Germano
recopila entre los familiares y amigos de detenidos
desaparecidos fotografías “de álbum”:
vacaciones, casamiento, grupos de amigos, familias.
Los protagonistas de las fotografías están
en acción, en contexto, sonriendo, en el campo,
a la vera de un río, en los interiores o el jardín
de una casa.
Luego,
el autor reconstruye la escena, pasados los años,
en la misma locación y con los mismos protagonistas.
La diferencia es que los que antes eran niños
ahora son adultos, y los que eran adultos ahora son
ancianos. La diferencia es que ya no están todos.
La fotografía recreada por Germano marca el tiempo,
y marca la tensión entre los que están
y los que no están, siendo estos últimos
los que, desde lo fantasmal, se apoderan de la fotografía.
La segunda foto es una re-construcción, una re-presentación
en la que se hace material la ausencia de una, dos,
tres o más personas, que permanecen detenidas-desaparecidas.
En cada una de esas fotografías lo restante,
los restantes, los que quedaron, crecieron y envejecieron,
las corporalidades de los que siguen vivos dan cuenta
de la falta, de la perdurabilidad del dolor, del daño
provocado no ya solamente sobre los cuerpos de los “ausentes”
sino sobre cada uno de los cuerpos que seguimos vivos.
Las dos fotografías de cada caso son de amplio
formato y están colocadas una al lado de la otra,
invitando a la comparación. El paralelismo entre
ambas fotos, la familiar y la re-creada, es un ejercicio
en el que se presenta el agujero, el espacio vacío
(que sigue lleno, basta con ver a cada uno de los fotografiados
cediéndole paso y espacio al ausente). Presenta
así, además, la perdurabilidad del dolor
y la perseverancia del recuerdo. Algo de la dimensión
social, de las consecuencias sobre el conjunto de la
sociedad de la desaparición forzosa de personas
se observa, en la obvia falta, en el vacío de
cada una de las fotografías contemporáneas.
La exposición es acompañada también
por un video que muestra el proceso de producción
de cada una de las fotos del hoy. Se ve a los familiares
y amigos eligiendo el lugar, indicándole a Germano
dónde y cómo. Se los ve dóciles
ante las instrucciones del autor que, con la foto original
en mano, intenta reproducir las poses, el enfoque, la
perspectiva de la foto de hace treinta años.
Una pareja joven en la playa. Después, una playa
vacía. La misma pareja, luego, con su hija de
pocos meses, mostrándola al lente, los tres con
una sonrisa. Después, sólo la hija entre
el vacío de sus padres. Dos hermanos bajando
ágiles por una cuesta. Luego, uno sólo,
ya no tan ágil, haciendo el mismo descenso.
La propuesta estética va un poco más allá,
si seguimos la exposición acompañados
del tríptico que acompaña la muestra:
una breve historia de vida de cada uno de los detenidos-desaparecidos
y en algunos casos escritos de los propios detenidos-desaparecidos,
que son ausencias en las fotografías contemporáneas.
Así, el visitante descubre que existe una ligazón
entre varias de las fotografías, entre quienes
faltan o perduran en el presente: hay parientes, hay
amigos. Hay un relato continuo entre los catorce casos.
Algo más acerca de la trama social herida se
descubre en esta segunda instancia. Quienes quedan ¿relatan?
, con su mero juntarse, abrazarse, tocarse, estar ahí,
la falta del compañero, de la compañera.
La escenificación planteada por el autor no es
espuria, genera preguntas, sentimientos e inquietudes.
La memoria se corporiza en la distribución de
los presentes alrededor de las ausencias, en la escenificación
que propone el autor. La ausencia del/los detenido/os-desaparecido/os
se corporiza en el/los cuerpo/os de los presentes, o
en aquello del contexto original que perdura. En la
muestra, la falta, en su doble acepción de merma
y daño, no cesa y quienes perviven “ponen
el cuerpo” para hacerla pública.
Pueden ver las fotografías de la muestra en la
página web del autor:
http://www.gustavogermano.com
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MUESTRAS
Y REUNIONES
Notas sobre el acto realizado en el Espacio para
la Memoria (ex Escuela de Mecánica de la
Armada) el 24 de marzo de 2008
Por
María Eugenia Mendizábal |
El 24 de marzo de 2008 se realizó, en rememoración
y repudio al último golpe de Estado que vivió
Argentina, un acto “interreligioso” organizado
por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.
El acto se realizó en la ex Escuela de Mecánica
de la Armada (ESMA), uno de los ex centros clandestinos
de detención utilizado por la última dictadura
militar y donde comenzó a materializarse en 2004
el “Espacio para la Memoria y la Promoción
de los Derechos Humanos”.
Habían pasado cuatro años desde el día
en que el ex presidente de la nación, Néstor
Kirchner, firmara un convenio con la Ciudad de Buenos
Aires para la devolución del predio. Aquel día
una de las calles aledañas al lugar se había
colmado de gente expectante que escuchaba por primera
vez a un presidente pedir disculpas por los crímenes
cometidos por el terrorismo de Estado. Exactamente cuatro
años más tarde desde que cantaran músicos
populares y que la gente entrara espontáneamente
al predio, circulara por los edificios (por primera
vez abiertos al público) e ingresara al emblemático
“cuatro columnas” para cantar entre lágrimas
y banderas, el himno nacional a capella, creando una
sensación de comunidad espontánea.
Esta vez el evento se desarrolló dentro del predio,
en la explanada del emblemático edificio “cuatro
columnas”. Las escalinatas del edificio sirvieron
de escenario y frente a ellas se ubicaron sillas reservadas
para Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo y otros miembros
de los organismos de Derechos Humanos. Alrededor se
fue ubicando el resto de las personas que asistieron
al acto, la prensa y diversas personalidades relacionadas
con la promoción de los Derechos Humanos, desde
la administración pública (de la Ciudad
de Buenos Aires y la Nación) y el poder legislativo,
entre otros.
El secretario de Derechos Humanos de la nación,
Eduardo Luis Duhalde, abrió el acto y en sus
palabras expresó que a “treinta y dos años
de la noche más negra” que vivió
el país, se realizaba la invocación religiosa
con el objeto de “fortalecer nuestro espíritu”
y para homenajear a las víctimas. Estableció,
Duhalde, que “honramos a todas las víctimas
de la dictadura genocida” ya que la condición
de víctima “no permite distinción”
y que nadie mereció ser blanco del odio y la
ferocidad de los represores.
Luego de que hablara el secretario de Derechos Humanos,
lo hicieron el Rabino Daniel Goldman, el Padre Domingo
Bresci y el Pastor Aldo Etchegoyen. Algunos hicieron
menciones a textos religiosos, otros a las instituciones
a las que pertenecen, todos se refirieron a la noción
de justicia y de verdad como inherentes a la vida y
a la memoria. Los tres religiosos mencionaron, desde
diferentes posiciones, la especificidad del sitio donde
nos habíamos convocado.
Mientras que el rabino Goldman hizo énfasis en
la noción de verdad que emergía en ese
sitio, en el rol de la memoria y la historia en la lucha
contra la impunidad, el padre Bresci hizo hincapié
en los roles jugados por la iglesia católica
durante la dictadura. Por su parte, Etchegoyen reforzó
la idea –compartida por los tres religiosos- de
la persistencia de la lucha y la victoria de la vida
sobre la muerte.
En el comienzo del acto, antes de que hablaran el funcionario
y los religiosos, se escuchó una grabación
del himno nacional argentino. El público cantó
las estrofas. Muchas manos en “V” y algunos
puños elevados cerraron los versos que dicen
“coronados de gloria vivamos o juremos con gloria
morir”. De todos los momentos de este acto interreligioso
ese, entiendo, fue vivido del modo más “religioso”
de todos, ahí se dio una forma de comunidad de
fe otra que, de todos modos, concordaba con las palabras
de cada uno de los religiosos.
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MUESTRAS
Y REUNIONES
Notas sobre la Conferencia "Memories in the
age of globalization". Viena, 6 al 8 de marzo
de 2008
Por
Susana G. Kaufman |
Organizada por el IFK -Internationales Forschungszentrum
Kulturwissenschaften- en la ciudad de Viena, tuvo lugar
la conferencia Memories in the age of globalization.
La propuesta, organizada por Aleida Assmann de la Universidad
de Konstanz y por Sebastian Conrad de la Universidad
de Florencia, convocó a profesionales de distintas
disciplinas, regiones y áreas temáticas
para la presentación de papers y para el intercambio
de trabajos y experiencias locales.
La convocatoria planteaba que en la era de la globalización
los focos y repercusiones de temas sociales, de discursos
políticos y la creación de símbolos
no están ya confinados a los límites nacionales
sino que han atravesado fronteras. Y esto vale para
el campo de construcción de memorias que, aún
con sus formas locales, pueden verse comparadas e influidas
en el contexto global. También, resaltaban que
esas memorias se construyen y se confrontan en una situación
de advertencia política y ética para las
diferentes regiones del mundo.
En este contexto tres áreas fueron propuestas
y elegidas para la organización de la agenda
de la conferencia. Estas fueron: la dialéctica
entre lo global y lo local, los traumas transnacionales
y la difusión de signos y símbolos.
El trabajo que presentamos –Memorias y reconstrucción
de subjetividades en períodos de violencia política
en Sud América. Marcos globales y locales–
que preparamos con Elizabeth Jelin, proponía
revisar y problematizar los procesos de elaboración
de las violencias represivas durante la historia reciente
argentina. El trabajo incluyó una discusión
conceptual, especialmente centrada en la noción
de trauma, la descripción de las figuras paradigmáticas
de la violencia en nuestro país y el análisis
de las huellas en las generaciones siguientes. También
pensar la represión en el marco de pactos y planes
llevados a cabo en la región de manera conjunta
y plantear miradas comparativas como así también
el desafío de no abandonar la importancia de
la perspectiva subjetiva y local en la construcción
de esas memorias.
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VIAJES
¿Dónde ponemos a los "malos" de la historia?
Por
Elizabeth Jelin, desde Berlín |
En estos meses que estoy pasando en Berlín,
como Fellow del Wissenschaftskolleg zu Berlin, tengo
la posibilidad de explorar y reflexionar sobre lo que
veo y vivo aquí. No se trata de estudios etnográficos
o sociológicos sistemáticos, sino de miradas
y reflexiones donde voy volcando mis sensaciones, sentimientos,
enigmas y misterios. Lo que sigue está en esa
clave, distinta en muchos sentidos a la ponencia de
corte académico.
Hay un tema sobre el que leí algo y miré
con atención en Berlín. Pero lo que me
lleva ahora a salir de Berlín y hablar de esto
es haber estado el fin de semana pasado en Budapest,
con Susi Kaufman, en una escapada después de
un seminario que compartimos en Viena.
Un comentario adicional: me costó mucho escribir
esta nota. Combinar sentimientos y reacciones emocionales
frente a lo que una ve con preguntas históricas
que cualquiera de nosotro/as se puede hacer y con el
bagaje de interpretaciones y teorías sobre la
memoria y sus procesos (que es, al fin de cuentas, sobre
lo que trabajo) no me resultó fácil en
este caso. Sentí que se me colaban demasiados
diálogos imaginarios con colegas en seminarios
y coloquios. No quiero que estas notas sean ponencias
académicas, pero al mismo tiempo siento que lo
que hago como “profesión” (con toda
la carga de vocación y compromiso que esta palabra
tiene) es una parte central de mí. No puedo separar
sentimientos personales de creencias y sentimientos
políticos o de conocimientos intelectuales.
La cuestión tiene que ver con los archivos, monumentos,
memoriales, museos. Si bien hay muchas formas, estilos
y estéticas –con lo cual hay muchos debates
sobre cómo simbolizar, representar, honrar o
recordar el pasado– hay algo que resalta: lo más
común es poner a las víctimas en el centro
de los memoriales, tanto en los propios campos y lugares
de detención como en monumentos o museos. Contar
historias de sufrimiento, de situaciones límite
en las que se puso a prueba la propia condición
humana –esto es lo que se encuentra en la ESMA,
en los museos del Holocausto, en el Memorial de las
víctimas judías del Holocausto en Berlín,
en las placas recordatorias en montones de lugares–.
La pregunta es ¿qué hacer con los victimarios?,
¿dónde y cómo representar al mal?
Pero también, ¿quiénes son los
malos? o ¿a cuáles malos prestar atención?
En los seminarios académicos normalmente se los
llama “perpetradores” o “victimarios”,
pero en el fondo creo que el “quiénes están
en esa categoría” está muy marcado
por luchas políticas y no solamente por los actos
horrendos que fueron capaces de cometer. Cada grupo
humano, en distintas circunstancias históricas,
tiene su lista y sus prioridades. Lo que me impacta
de esto en este momento no es tanto cómo se definen
los “bandos” en relación con lo acontecido
en un período de la historia (el Nazismo, el
comunismo, para no ir demasiado para atrás) sino
la superposición de pasados, tema que me da vueltas
en la cabeza y reitero de una a otra hojita. Son capas
de la historia que no se suceden o apoyan en lo anterior.
Al igual que en geología, la nueva capa tectónica
(o histórica) mueve las anteriores, agrega fracturas,
sedimentaciones, nuevas amalgamas, fusiones y combinaciones.
En Berlín, la cuestión de las maldades
históricas del siglo XX parece estar centrada
en la actualidad en la tensión entre los Nazis
y los comunistas. Ambos fueron malos. ¿Cómo
representar estas maldades, mirándolas no desde
las víctimas (los intentos, voluntarios o no,
de equiparación de las víctimas de uno
u otro régimen están a la vista en muchos
lados), sino desde los lugares que recuerdan las políticas
de exterminio o de terror del Nazismo y las maneras
de presentar al comunismo? Primero hablo de Budapest;
después vuelvo a Berlín.
Budapest
es una ciudad en plena transición (lo
que para los urbanistas anglosajones es el comienzo
de un proceso de “gentrification”):
algunos edificios y áreas restauradas
y limpias, preparadas para el goce de una arquitectura
excepcionalmente hermosa de fines del XIX y
comienzos del XX, mezclados con otras áreas
que llevan cien años sin que nadie les
haya prestado mantenimiento o atención,
grises, sucias, todavía en decadencia.
En la ciudad, los signos del pasado de luchas
están en muchos lugares. Quizás
lo más notorio y ubicuo es esto: |
 |
¿Es
de la guerra, o sea, de la ofensiva soviética?
¿Es del levantamiento del ’56?
¿De algún otro momento? No lo
sabemos, pero las señales están.
Por otro lado, no encontramos en la ciudad marcas
espaciales del pasado comunista. Sólo
uno: en una plaza céntrica hay un monumento
a los soldados soviéticos caídos
en (¿qué palabra usar? Yo
diría “liberación”,
pero en una guía de la ciudad dice “sitio”…)
de 1945. Es, según la guía, “el
único monumento comunista que no se retiró
de su lugar desde el cambio de régimen”.
Se mantiene allí, con su estrella de
cinco puntas, y la hoz y el martillo grabados
en ella |
 |
Pero por lo que vimos, no resultó ser demasiado
difícil hacer otro tipo de memorialización
del pasado comunista. No una satanización directa
o un relato histórico que narra decisiones y
políticas, a menudo horrendas, que afectaron
la vida de millones. Fuimos al “Parque del recuerdo”.
El lugar no tiene mucha narración histórica
explícita (por el momento, prometen un “centro
de documentación” para el futuro…).
Más bien, se trata de una memoria visual, un
Parque de Estatuas:
Parque de las estatuas – Parque del recuerdo.
Budapest
Monumentos gigantes de la dictadura comunista. Un vistazo
detrás de la cortina de hierro. Uno de los sitios
turísticos más interesantes de Budapest.
El recuerdo de la caída de la dictadura. La única
colección de estatuas del Comunismo en Europa
Central.
Abierto todos los días desde las 10 a.m. hasta
el anochecer.
 |
Contratapa
de un folleto turístico en castellano,
tomado de un mostrador del hotel
En el folleto “Statue Park. Gigantic monuments
from the age of Communist Dictatorship" explican
mucho más, y usan la palabra “cementerio
de estatuas” y muchas veces –inclusive
en un poema—la palabra “tiranía”.
|
En
la página
web explican:
La cuestión de qué hacer con todas las
estatuas del sistema político previo fue una
de las muchas cuestiones que ocuparon el debate público
después de los cambios políticos de 1989/90.
El 5 de diciembre de 1991, la Asamblea de Budapest tomó
la decisión acerca de la suerte de estas estatuas:
la elección de qué estatuas dejar y cuáles
sacar estaría en manos de cada uno de los distritos.
El Comité cultural de la Asamblea invitó
a una presentación de propuestas sobre qué
hacer con las estatuas, que en realidad fue una manera
de recibir propuestas sobre el diseño del futuro
“Parque de las Estatuas”. El ganador fue
Ákos Eleod (Architectural Studio Vadász
and Partners).
Ahora
que la excitación y controversia sobre su apertura
se calmaron, parecería que el Parque está
ocupando su lugar entre los muchos museos y espacios
de Budapest.
La
enorme escalinata (parte inferior de la foto de la izquierda)
es una copia de la que había en el centro de
Budapest, donde se paraban y saludaban las autoridades
durante los desfiles. Encima había una estatua
de ocho metros de altura de Stalin. En el levantamiento
de 1956 derribaron la estatua y sólo quedaron
las botas, hasta que el levantamiento fue reprimido
y sacaron las botas. Las del parque (que miden, calculo,
más de un metro) son una réplica…
Y
hay montones de otras estatuas, con estéticas
diversas. La definición de qué estatuas
están allí es clara: las estatuas del
comunismo que los distritos decidieron eliminar de los
espacios públicos. No todas, sino las más
importantes. Si uno/a revisa la colección de
placas y estatuas, parecería que TODO lo del
régimen anterior, lo de la “dictadura”,
es malo y merece estar en ese lugar, en el “cementerio”.
Caminar por el parque sin el convencimiento de que hay
que denostar TODO lo hecho por los comunistas y durante
el régimen comunista me provocaba inquietud,
desasosiego, sentimientos encontrados. O quizás
algo de indignación frente a no ver matices sino
todo malo…
En el cartoncito que te dan como entrada, está
reproducido esto:
 |
Este
monumento recuerda a los 1200 húngaros
que formaron parte de las Brigadas Internacionales
durante la Guerra Civil Española.
Del otro lado de la piedra están los nombres
de las ciudades españolas donde pelearon.
¿Había que sacarlo de su emplazamiento?
¿Es un monumento de “la tiranía”?
|
 |
Es,
según explican en los folletos, el planeta,
tomado entre dos manos, como “símbolo
de los resultados sociales y políticos
de las últimas tres décadas”.
Fue instalado en 1976. ¿No podría
haber quedado? ¿Sacarlo sólo porque
lo había puesto el régimen comunista?
|
| Por
supuesto, están los pro-hombres en la entrada.
¿Había que sacarlos? En Berlín,
una de las cosas que dejaron fue el monumento
a Marx y Engels, en Alexanderplatz. |
 |
 |
| Y
las reconocibles representaciones del realismo
socialista: |
|
Sensaciones
y emociones encontradas. No del parque en sí,
sino de la multiplicidad de sentidos. Sin duda,
puede ser leído en distintas claves: yo
buscaba entender, en los nombres de los representados,
en las fechas de ejecución de los monumentos,
en alguna descripción de folleto, algo
sobre el socialismo en Hungría. Y detectar
algunos datos históricos, como la revolución
fallida de Bela Kun en 1919 (hay varias estatuas,
inclusive una enorme y masiva). |
|
Buscaba
algo sobre Hungría y su relación
con la Unión Soviética.
Hay monumentos a la “amistad soviético-húngara”,
y la estatua del reconocimiento al soldado soviético
de la liberación, ¡que es enorme!
(seis metros de altura). Esta estatua era parte
de un memorial que incluía diversos conjuntos
escultóricos, y estaba ubicada en el cerro
Gellért (la parte que quedó, un
alto pedestal con una mujer sosteniendo una palma,
se ve desde muchos lugares de la ciudad). La estatua
del soldado fue destruida durante el levantamiento
de 1956, y una reproducción exacta fue
repuesta en 1958. |
|
Como digo, sentimientos encontrados. En vez de destruir
símbolos, como se hace cada vez que hay una transición,
una victoria o una liberación (todo/as tenemos
presentes las imágenes del momento de destrucción
de las estatuas de Saddam Hussein, y muchas otras, más
lejanas o cercanas), la transición húngara
fue gradual y pacífica. Esto permitió
mantener, reparar o reproducir las estatuas y exponerlas.
Por suerte (porque puedo imaginar lo que sería
o será) no hay mucho relato. Está el folleto,
pero no te lo ofrecen al entrar y hay que comprarlo.
Nosotras lo compramos al salir, después de ver
que alguien lo tenía.
El
parque da pie para mucho. Para confirmar imágenes
de los “tiranos” o para hacerse preguntas
sobre la historia. Pero hay que recordar que en Hungría
las posturas políticas de ultraderecha y neonazis
son bastante fuertes. Y les viene MUY bien poner TODO
el MAL en el comunismo. De hecho, vimos a alguien haciendo
el saludo nazi…
Ahora
que lo pienso, no vimos en Budapest ningún memorial
oficial recordando a los judíos y a los roma
(gitanos) deportados y eliminados por el Nazismo. Vimos
sólo un par de señales. Un memorial muy
conmovedor, en el patio de la sinagoga central. Es una
especie de sauce llorón, y en sus hojitas están
inscriptos los nombres de judíos deportados y
las fechas de deportación (de Hungría
fueron más de medio millón). Pero no nos
pudimos acercar, porque había una reja cerrada
(era domingo muy temprano en la mañana).
| |
Detrás
de la reja, en el fondo, está el memorial.
Después de escribir esto, me enteré
de que para tener el nombre de alguien en una
hojita de metal hay que pagar… |
Hay
también una calle y un recordatorio a Roaul Wallenberg
y a otro diplomático que ayudó a salvar
judíos en Budapest. Pero no más…
Es que el tema de la persecución de judíos
durante el Nazismo no parece haber sido un tema presente
en los países de la órbita soviética…
Y ahora sí, los “malos” en Berlín.
 |
Había
prometido decir algo sobre los malos en Berlín.
¿Cómo se representan? ¿Quiénes
son? Obviamente, los Nazis fueron muy malos. También
los comunistas. Vayamos por partes.
Hay
una enorme y variada gama de maneras de conmemorar a
sus víctimas, de mostrar los horrores del Nazismo,
de desplegar la lógica del exterminio. Pero,
¿qué se dice de los Nazis mismos? ¿De
los jerarcas y líderes? ¿De los victimarios
y de la sociedad que los acompañó? En
verdad, muy poco.
Está
el sitio de la Conferencia de Wannsee, una lujosísima
mansión de fin de semana al borde de un lago
en las afueras de Berlín. Como dice una guía
de turismo, “una de las mansiones más hermosas
y más aborrecibles al mismo tiempo”, porque
allí, el 20 de enero de 1942, hubo una reunión
de 15 personas (entre ellas, A. Eichmann) en la que
se tomó la decisión de la “Solución
Final sobre la cuestión judía”.
Todavía no lo visité, aunque está
muy cerca del lugar donde vivo. Más allá
del edificio, lo que se exhibe en él son documentos
y fotos de víctimas, de ghettos, de campos de
exterminio.
Agregado del 13 de mayo:
Ayer visité esa casa. En un día de sol
hermoso, con un clima de playa y paseos en yate, en
un barrio suburbano que hace acordar a las partes más
lindas de San Fernando o Tigre. Allí está
la casa… Allí se cuenta la historia del
surgimiento y crecimiento del Nazismo, sus líderes
y aliados. Es mucho para agregar ahora; tendrá
que ser otra crónica.
El
tema de la representación del terror y de sus
responsables parece estar centrado en la historia, conflictiva,
abierta y sin solución final, del sitio donde
estuvo la GESTAPO, que en las guías aparece como
la “Topografía del terror”. Les cuento
de qué se trata, con una foto de lo que hay ahora.
 |
Esta
foto tiene tres capas: el Ministerio de Finanzas
arriba (edificio restaurado de arquitectura nazi,
cuando era la sede del Ministerio de Aviación
dirigido por Goering). En el medio está
un pedazo de muro, y abajo la excavación
y muestra semi-permanente de la “Topografía
del terror”. De esto quiero hablar ahora.
|
Desde
hace unos años, en esa línea de terreno
que sigue al muro, donde excavaron y encontraron restos
y ruinas de la prisión del edificio, hay una
exposición de la historia del Nacionalsocialismo.
La instalación es bastante precaria, cubierta
solamente por un tinglado. Frente a ella, hay exposiciones
transitorias, de paneles al aire libre. Cuando estuve
hace unos años el tema era los miembros del poder
judicial durante el Nazismo y la continuidad de los
jueces en sus cargos después de la guerra, tanto
en Alemania Oriental como en la Occidental. Hubo también
una exposición sobre los juegos olímpicos
de 1936, y ahora hay una sobre la prisión que
funcionó allí.
Pero
el espacio del edificio y de lo que debería ser
la “Topografía del Terror” es muchísimo
más grande, como se ve en esta foto aérea
tomada de la página web de la Fundación
“Topografía del Terror”.
 |
(La
exposición bajo el tinglado y la foto anterior
corresponden a la línea del muro que aparece
a la izquierda en esta foto; la temporaria está
adelante). |
El
lugar del que hablamos está ubicado muy cerca
del centro geográfico de Berlín (Postdamer
Platz) y a no más de cuatro cuadras de la Puerta
de Brandenburgo. Los edificios que estaban allí
fueron bombardeados por los aliados, y enseguida, después
del final de la guerra, dinamitaron los restos de los
edificios y se llevaron los escombros. ¿Sabían
ustedes que en el bosque de Grunewald, por donde yo
vivo, hay un cerro artificial, Teufelberg, de 80 metros
de altura, levantado con los escombros de la destrucción
de la guerra? (como es algo bastante interesante y curioso,
pongo una nota al final sobre ese cerro, pero ahora
quiero seguir con la historia de este maldito lugar).
 |
El
tema me interesó mucho, justamente porque
parecería que el que siga vacío
y con controversias sobre su destino es un síntoma
de algo raro. Cuando hay decisión política
(por ejemplo con el Memorial del Holocausto) en
Berlín aparecen los arquitectos y los recursos
para llevar adelante las obras rápidamente.
Si no lo hacen, “por algo será”…
Me puse a leer y a buscar información y
conseguí bastante. Especialmente unos capítulos
en un libro, The new Berlin. Memory, politics,
place, de Karen Till (2005), que dedica un par
de capítulos a esta historia. Resumo algo
de lo que dice Till, complementado con otras cosas.
Ayer terminé de escribir una versión
de esta crónica, y hoy volví al
lugar, para tomar algunas fotos y volver a ver
las exposiciones. Así que tuve que revisar
y rescribir, además de agregar fotos. |
Hacia fines de los años setenta, este enorme
terreno nivelado (son seis hectáreas) comenzó
a interesar a arquitectos e historiadores urbanos. El
terreno rodeaba a un edificio que quedaba en pie (el
Martin Gropius Bau, que en la foto estaría continuando
el ángulo inferior izquierdo) y había
planes de restaurarlo y reciclarlo como centro cultural.
Al trabajar sobre el proyecto y explorar la historia
del sitio, quedó claro que allí, en ese
terreno de escombros, habían funcionado las oficinas
administrativas centrales del poder del Nacional-Socialismo:
eran las oficinas de la GESTAPO (policía secreta),
de los SS (fuerzas de choque) y del SD (servicios de
seguridad). De allí salían todas las órdenes
de exterminio.
 |
Mientras
en el edificio de al lado (lo que se ve detrás
de la foto de la derecha) se llevaba a cabo una exposición
sobre el pasado prusiano y su revalorización,
varios grupos ciudadanos empezaron a protestar y a reclamar
porque pensaban que más que el pasado prusiano,
a quienes había que conmemorar era a las víctimas
del Nazismo. Las discusiones sobre qué hacer
fueron muy intensas durante los años ochenta.
Participaban de esas discusiones diversos grupos sociales,
de diferentes edades y clases sociales, quienes a través
de explorar su vínculo con ese espacio, trataban
de ubicarse en el difícil terreno de la identidad
alemana. Fueron años y años de debates,
con grupos ciudadanos, con nombres como “Museo
activo de la resistencia al fascismo en Berlín”
o el “Taller de historia de Berlín”.
Algunos veían en el terreno y sus escombros una
metáfora del deseo alemán de OLVIDO y
silencio en la posguerra. Algunos empezaron a excavar
en ese terreno, pero también en ese acto, a “excavar”
el sentido de ser una sociedad de victimarios.
En
realidad, parecería que los intentos de borrar
la presencia nazi en el terreno comenzaron poco después
de la guerra. Especialmente entre las tropas de ocupación
norteamericanas, primaba la idea de destruir los resabios
del pasado para “evitar que la enfermedad se propague”.
Durante los años cincuenta, ya con autoridades
alemanas, todo lo que quedaba fue demolido, independientemente
de si se podía o no recuperar los edificios.
Las autoridades oficiales urbanas usaron medios legales
(declarar que los edificios que quedaban en pie eran
un “peligro público”) para destruir
edificios –según alguno/as, siguiendo criterios
que tenían que ver con el grado de asociación
que los edificios tenían con el régimen
Nazi antes que con el grado de deterioro–. Después
de la construcción del muro, el terreno perdió
cualquier valor, por su cercanía con la “tierra
de nadie”.
En
1982, y con los debates en caliente –inclusive
los debates más políticos y conceptuales
sobre las ideas de qué y para qué había
que construir memoriales– hubo un primer concurso
de proyectos para el lugar. Se declaró un proyecto
ganador, pero no hubo acuerdo y finalmente se descartó.
La clave de la controversia estaba también en
que había grupos que no querían un memorial
conmemorando víctimas (de éstos ya había
muchos) sino un sitio histórico de victimarios,
del aparato del Terror del Nacionalsocialismo.
Al
acercarse la conmemoración de los 750 años
de Berlín (que iba a ocurrir en 1987), los grupos
de activistas comenzaron a llevar adelante jornadas
de excavación sin permiso oficial, en las cuales
descubrieron cimientos y celdas de prisión. Un
memorial informal, con coronas y cintas, fue destruido
al día siguiente. Como en otros casos (El Atlético
en sus comienzos, por ejemplo), esto fortaleció
la energía y la determinación social de
que algo había que tener en ese lugar.
La
historia que sigue es larga. Exposiciones informales,
eventos y muestras temporarias, solicitudes al gobierno…
En 1992, se formó una Fundación, y el
gobierno llamó a otro concurso, ganado por el
diseño de un arquitecto suizo. Seis años
después sólo se habían construido
los cimientos y una pequeña parte. Allí
se paró la construcción, supuestamente
por problemas presupuestarios. Cinco años más
tarde, en 2004, el gobierno (el gobierno federal y el
de la ciudad de Berlín) decidió demoler
lo hecho, dar por finalizado ese proyecto, y convocar
a un nuevo concurso, con la idea de que el memorial
estaría listo en 2007.
Se
convocó al concurso, y se eligió el proyecto
ganador. Eso fue hace dos años. En los carteles
dice que estará listo en 2009. Pero estamos en
2008 y el lugar está vacío, desolado.
El proyecto incluye un montón de árboles
y caminitos, pero no hay nada. No parece estar pasando
nada, más allá de la precaria exposición
de los paneles (visitada siempre por mucha gente) y
un pequeño edificio (una especie de prefabricada)
donde hay un servicio de información.
¿Habrá
en algún momento un lugar donde se pueda mirar
y hablar de los victimarios y sus acciones? ¿O
esto tiene que quedar sólo en los libros de historia,
en las novelas y en las películas?
Como
les decía, el cerro fue construido por los aliados
después de la Segunda Guerra Mundial, y durante
los siguientes veinte años, los escombros se
fueron acumulando allí. Se estima que hay 12
millones de metros cúbicos de escombros (400.000
edificios, mucho, ¿no?). Hay muchos otros montículos
de este tipo en Alemania. Lo que es especial en el caso
de Teufelsberg es que (según Wikipedia) debajo
de ese cerro hay un edificio diseñado por Albert
Speer, un colegio técnico militar. Los aliados
intentaron demoler el edificio dinamitándolo,
pero era tan resistente que optaron por cubrirlo con
escombros. Hay más historias sobre el lugar en
Wikipedia (Teufelsberg).
Pero
acá no termina mi historia de “los malos”.
Porque como sabemos, hay otros “malos” más
recientes, el régimen comunista, la RDA. ¿Existen
las mismas controversias y dificultades de mostrar estas
maldades y estos malos? Mostrar la actuación
de la STASI parece ser mucho más fácil,
y no parece haber provocado controversia alguna. En
el centro de Berlín, a no más de cuatro
cuadras de la “Topografía del Terror”,
hay una exposición permanente del accionar de
la STASI (en un edificio sólido, bajo techo,
con una escultura en la puerta representando un “interrogatorio”
policial, o alguien delatando, o algo así). Sin
duda, es mucho más “permanente” que
la de la GESTAPO. Su título es (lo copio del
folleto en inglés) “The State Security.
A Guarantee for the Dictatorship of the Socialist Unity
Party”. La exposición da información
general, muestra tecnologías utilizadas y hace
un recorrido histórico entre 1949 y 1990.
| |
| Sí,
está en el centro de la ciudad, al lado
de un parque de juegos de chicos, y lo que se
ve adelante es para que los chicos jueguen... |
Hay
además un Museo de la STASI, en el edificio donde
funcionaba. Cuando fuimos con Máximo Badaró
(queda bastante lejos del centro, en un barrio de Berlín
Este) estaba cerrado, aun cuando fuimos en el horario
en que las guías dicen que está abierto…
En los folletos dice que el museo abrió en 1990
(¡¡¡Qué rapidez!!!) y se puede
visitar la oficina del jefe (Erich Mielke), el archivo,
ver muchos objetos, y demás. Prometo volver
a visitarlo, aunque esta vez llamaré por teléfono
antes de largarme hasta allá.
En
fin, creo que las preguntas sobre cómo representar
el mal, quiénes son los malos, qué decir
de ellos, o si dejarlos hablar o no (debate que se genera
en los archivos de historia oral o en las novelas…)
nos afectan a todos y todas. Y tenemos que seguir preguntándonos…
No
hay duda del Terror de la STASI, y de la utilidad pedagógica,
histórica, ética, de mostrarlo. Lo que
me llama la atención –y prometo seguir
explorando– es la aparente facilidad en mostrar
su forma de actuación y sus personajes centrales
como EL MAL absoluto, y las dificultades, debates y
controversias alrededor de mostrar a los protagonistas
del MAL Nazi. ¿Otra instancia del juego de las
equivalencias? ¿O de la relativización
/ normalización?
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VIAJES
Campos de batalla
Por
Federico Lorenz |
(Este texto forma parte de Fantasmas de Malvinas.
Un libro de viaje, que será publicado en 2008).
Son
esqueletos los cimientos de la isla y su historia se
firma con huesos.
Juan Bautista Duizeide, Kanaka.
El sitio de una antigua batalla puede ser hermoso. Los
restos abandonados de las maquinarias de guerra, los
despojos materiales del combate, a una hora y en un
lugar adecuados, pueden movernos a la nostalgia y conmovernos
con su belleza. Eso pasa, por ejemplo, cuando después
de un largo recorrido a campo traviesa, una tarde de
lluvia y mucho frío, se llega al lugar donde
se estrelló el Pucará de Tomba. Anoté
mentalmente, en Malvinas, buscar a mi regreso el párrafo
de Los dinosaurios, el cuento de Ítalo
Calvino donde el último de su especie encuentra
la osamenta de uno de sus hermanos, liberada por el
deshielo. Aquí está:
"Dejando atrás una morena de guijarros,
troncos arrancados, barro y osamentas de pájaros,
se abría un pequeño valle en forma de
concha. Un primer velo de líquenes verdecía
las rocas liberadas del hielo. En el medio, tendido
como si durmiera, con el cuello estirado por los intervalos
de las vértebras, la cola desplegada en una larga
línea serpentina, yacía un esqueleto de
Dinosaurio gigantesco. La caja torácica se arqueaba
como una vela y cuando el viento golpeaba contra los
listones chatos de las costillas parecía que
aún le latiera dentro un corazón invisible
El cráneo había girado hasta quedar torcido,
la boca abierta como en un último grito.
Los Nuevos corrieron hasta allí dando voces jubilosas:
frente al cráneo se sintieron mirados fijamente
por las órbitas vacías; permanecieron
a unos pasos de distancia, silenciosos; después
se volvieron y reanudaron su necio jolgorio (...) Aquellos
huesos, aquellos colmillos, aquellos miembros exterminadores,
hablaban una lengua ahora ilegible, ya no decían
nada a nadie, salvo aquel vago nombre que había
perdido relación con las experiencias del presente".
El
texto de Calvino funciona como advertencia para los
idealizadores de la violencia, para los artesanos del
recuerdo. El protagonista, Qfwfq, es el último
dinosaurio y vive entre los Nuevos, animales en una
escala evolutiva superior a la suya, que cuentan distintas
historias sobre los dinosaurios, según pasan
los años, cambian los humores y las circunstancias.
Así, primero son seres temibles que pueblan las
pesadillas, luego seres a los que hay que tenerles pena
porque se extinguieron, para ser también un modelo
de virtudes a imitar. Hasta que un día Qfwfq
se encuentra a un niño dinosaurio perfecto, que
le dice convencido:
-Soy un Nuevo.
Los dinosaurios, en un momento, ya no son nada, ni siquiera
se parecen al recuerdo que teníamos de ellos.
Se trata de no perder de vista nunca que aquí
hubo sangre y vidas truncas. Que todos tenemos una sola
existencia, pero las guerras y los muertos serán
lo que queramos hacer de ellos.
Para llegar al avión estrellado, hay que marchar
casi dos horas a campo traviesa, cruzando arroyos, hundiéndose
en la turba. Tenemos que parar con bastante frecuencia
para abrir y cerrar tranqueras. Hace dos días
que llueve en forma intermitente, y el terreno, de por
sí una esponja, está bastante difícil.
Antes de los restos del avión, nos encontramos
con otra osamenta, más antigua. En el camino,
sobre una altura que tiene una vista increíble,
hay una gran construcción de ladrillo, que “los
gauchos” usaban para vigilar a sus animales. La
vista desde allí es amplia: planicies onduladas
y herbosas se extienden hasta donde alcanza la mirada.
Un fósil de otra época, anterior a la
ocupación británica, cuando en las islas
vivían unos seres tan míticos como los
dinosaurios.
Al fin, la camioneta para bastante lejos de lo que es
una mancha grisácea, el antiguo avión
de combate. Caminamos con cuidado, es muy fácil
hundirse hasta cerca de las rodillas en la turba. Para
pisar seguro, hay que buscar las matas de paja brava
que susurran húmedas contra nuestros zapatos.
Pucará |
De
a poco, comienzan a aparecer restos del Pucará.
Pedazos de aluminio, retorcidos y oxidados, con
las marcas de los remaches y los agujeros de los
tiros ingleses y el choque. Una cohetera apunta
sus bocas vacías e inútiles hacia
nosotros. Un Sea Harrier persiguió al avión
de Tomba a ras del suelo hasta derribarlo. El
piloto se salvó, pero el pájaro
quedó allí, para que los isleños
sigan viviendo de él. |
Los
isleños lo arrastraron desde el lugar en el que
impactó en 1982 al que está ahora. Pero
más que una vejación, parecería
como si alguien lo hubiera dispuesto delicadamente sobre
el terreno para estudiarlo: las alas extendidas, el
fuselaje quebrado en varios fragmentos, la cola tumbada
a un costado, las heridas de los disparos visibles en
distintos lugares de la estructura. Cada tanto, manchas
del camuflaje verdes y marrones, como esos viejos restos
de cuero de megaterio que obsesionaron a Bruce Chatwin.
Otro
lugar que conserva marcas de la guerra es el viejo aeropuerto,
el cordón umbilical que alimentó a ese
bebé prematuro que fue Malvinas. Hoy parece abandonado,
pero no lo está. Sirve para los vuelos locales
de la FIGAS (Falkland Islands Glovernment Air Service).
En la pista, son visibles los parches que cubrieron
los cráteres de las bombas británicas.
Fuera del aeropuerto, cerca de Canopus Hill, dos de
ellos aún son pequeñas lagunas en las
que nadan las avutardas. Pedimos permiso para caminar
por la pista, y como aún falta un rato para que
aterrice la avioneta nos autorizan a hacerlo. En los
alrededores, hay un dédalo de trincheras que
zigzaguean desde la pista hacia las alambradas que rodean
el aeródromo. Entre los pajonales asoman tambores
de combustible oxidados, picados por el viento y el
salitre. Cada tanto, aparecen pilas deshilachadas de
sacos terreros, aún amontonadas en orden pero
chorreando la arena blanca que desentona con la tierra
y los escombros de la zona.
Escuchamos el ronroneo de la avioneta, pero es como
despertar de un sueño, porque en verdad el lugar
parece abandonado. Es difícil pensar la importancia
que tuvo ese sitio, el ir y venir de los aviones, vital
para la guarnición atrapada en Malvinas. Fue
una de las zonas más duramente bombardeadas durante
la guerra. El Regimiento de Infantería 25, una
de cuyas compañías combatió en
Darwin, se enterró allí con la misión
de defenderlo. Sólo en ese lugar cayeron más
de 1200 disparos de la artillería naval, a los
que hay que añadirles las bombas de aviación.
Además
de estos escenarios, hay otros más modestos,
y algunos de los ex combatientes sobrevivientes de la
guerra necesitan volver a ellos.
Los que pueden, visitan el lugar en el que podrían
haber muerto y en el que vieron a tantos morir. Quieren
cumplir promesas, cerrar heridas, saldar deudas, pasar
una noche en la antigua posición. El tiempo se
detuvo para ellos en el momento en el que los marcó
indeleblemente con la guerra, aunque hayan seguido viviendo.
Para otros no fue así: no sobrevivieron a la
batalla, ni a los recuerdos que se armaron de ella.
-Hermanito, aquí estoy, quiero decirte que desde
entonces hice lo que pude.
-Lo sé, tranquilo.
-Un abrazo, tanto tiempo que te extrañaba y te
lo quería decir.
-Ahora sí, adiós.
Tuve el privilegio de acompañar a algunos de
ellos en Malvinas, para darme cuenta de que los objetos,
las marcas, aún los lugares, son postales incompletas
de una batalla, meros ganchos para colgar la verdadera
pintura, que es el recuerdo.
Una tarde nos encontramos con un grupo de ex soldados
argentinos. Llegaron en el mismo vuelo que nosotros,
y a pesar de que tienen planificada su visita al Longdon
para mañana, no se aguantaron para salir. Por
puro azar, los conocía desde antes, a raíz
de mi trabajo: íbamos al mismo sitio, los cerros
al Oeste del puerto. Pasamos por el lugar donde estuvo
el cuartel de los Royal Marines, en Moody Brook: nada
queda de él, destruido por la guerra.
Los hombres que acompañamos ya reconocieron la
cresta del Wireless Ridge, donde estuvieron sus posiciones,
y hacia allí vamos. No tenían pensado
llegarse hoy hasta sus covachas, los pozos que ocuparon
durante la guerra. Simplemente salieron a caminar después
de comer. Pero, como me dice Alfredo, uno de ellos,
a los gritos para ganarle al viento:
-No sé qué fuerza me trajo para acá
y ahora me atrae, no me deja volver.
Y ahora están parados, detenidos en la base de
una lomada anodina: del otro lado está su historia.
Para cortar camino, le piden permiso a los gritos a
una isleña que está trabajando en la entrada
de su casa:
-Can we pass? We want to visit the places where we fought
25 years ago!
-Yes, come in.
Y eso es todo. La mujer ni siquiera dejó de acomodar
unas herramientas en la entrada de su casa. Nada de
palabras mágicas.
Monte
Longdon |
Subimos
a los tumbos por la ladera esponjosa y húmeda.
De repente asomamos a un valle, que sube suavemente
hacia otra loma y allá, a lo lejos, recortado
contra el cielo, está el monte Longdon.
Es una visión abrumadora, pero acaso sólo
lo sea si pensamos que allí tuvo lugar
uno de los combates más feroces de la guerra.
Más allá, al norte, del otro lado
de un brazo de agua, hay una casa que ellos conocen
demasiado bien: cerca de ella, cuatro de sus compañeros
volaron cuando el bote en el que cruzaban para
buscar comida chocó contra una mina. El
faldeo verde está manchado de negro aquí
y allá con una frecuencia desazonadora:
lo que no son restos de las posiciones argentinas
son las marcas de las bombas inglesas que las
buscaron. |
Me
he quedado solo. Los hombres a los que acompañaba
van y vienen entre las rocas evocando jornadas y nombres,
ríen, gritan y se abrazan cuando dan con lo que
estaban buscando. Al final, sin embargo, vence un silencio
cargado y reflexivo, y sus voces se pierden, además,
entre las ráfagas poderosas que vienen del Longdon,
allá al oeste, como una advertencia. Desparramados
por el suelo hay restos que representan la vida de esos
hombres en los pozos: maderas, frazadas, ponchos, hierros
oxidados y cables de teléfono.
Uno de los que vuelven, Beto, perdió un brazo
durante la guerra, y lo hirieron en el pecho para rematarlo.
Recuerda la guerra en tres colores, me dijo antes de
venir: negro de la tierra, blanco del humo de la explosión,
y rojo de su sangre. Servía los morteros que
apoyaban a sus compañeros de la Compañía
B, que sufrió el ataque inglés en la noche
del 11 de junio.
En el camino, nos contó que a la noche, en Malvinas,
soñaba con los canelones que le hacía
su mamá, y que se enojaba con sus compañeros
de posición cuando lo despertaban:
-Dejame seguir comiendo.
Ahora está fascinado por el lugar: levanta piezas
de hierro que tras sus palabras cobran vida y permiten
imaginar sus acciones; señala los restos de su
posición y sencillamente informa que los pozos
que la rodean son los cráteres de la artillería
inglesa que los buscó para destruirlos. Levanta
una caramañola rota, la tira, despliega una frazada
mohosa, se mete en un pozo semiderruido, toma unas cápsulas
servidas, alza un caño que usaron de antena para
la radio... nos mira desde lo alto, conmovido, y dice
simplemente:
- Tengo todo lo mío.
Parece que hasta el viento ha cesado por un instante,
pero no es así. Sólo es la ladera del
cerro que nos repara. Cuando llegamos al filo del Wireless
Ridge, ya de regreso, sus bramidos nos recuerdan que
siempre estará allí, custodiando las cosas
con las que Beto fue a la guerra, lo que de él
dejó en Malvinas, a los que no volvieron, a los
que jamás se pudieron ir del todo de las islas.
Cañón
del Longdon |
Durante
la semana que estuvimos en Malvinas volvimos varias
veces a esa zona. Cada uno de ellos quería
encontrar su posición durante la guerra,
y marcarla con una placa que dice “Aquí
combatí”. Juan dejó las fotos
de sus padres, porque lo acompañaron durante
la guerra. Cada uno de esos reconocimientos es
una visita y una ceremonia despojada de toda solemnidad,
como cuando se sacaron la foto todos juntos en
el cañón de Marcelo Postogna, o
en la cima del Longdon. Una camiseta de la selección
nacional, una de Gimnasia y Esgrima, otra de Estudiantes,
una verde y amarilla del Club Comercial y Deportivo
de Ingeniero White, vino, mates, y dos camisetas
del CECIM La Plata entre cánticos de tribuna.
Vuelven,
parece en ese momento, para terminar de convencerse
de que están vivos tanto como de que
es cierto que eso que vivieron sucedió.
Van y vienen una y otra vez entre los pozos,
nos muestran puñados de balas oxidadas
sin disparar, nos explican qué parte
de qué cosa es un cachivache de hierro
de forma extraña. Levantan los trapos
patéticos que fueron sus frazadas, sus
bolsas de dormir, sus bolsones portaequipos,
y arman historias de frío y privaciones
a partir de cada uno de esos hallazgos. |
Un
bolsón, el “3471”, emerge de un pozo
anegado por el agua negruzca. A Felipe no le alcanza
con lo que encuentran esparcido en el terreno: revuelve
ese caldo como si fuera uno de los pozos de Rancho la
Brea, y fósiles o plumas de especies aun no descubiertas
fueran a emerger. Pero de esos pequeños calderos
de brujas sólo salen hilachas y retazos de su
historia.
Es otro tipo de épica el que relatan esos restos.
En un museo puede haber reconstrucciones de sus uniformes,
de sus equipos, dioramas reproduciendo sus condiciones
de vida, ilustrados por fotografías, fragmentos
de entrevistas y documentales. Pero aquí hay
pozos individuales en los que las horas fueron muertas
a fuerza de chistes repetidos, confesiones y promesas.
Hay piedras angurrientas que jamás le devolverán
el brazo a Beto, la vida a los caídos, pero que
en cambio serán siempre parte del lastre de sus
navegaciones.
No están aquí los restos del dinosaurio,
sino las marcas de la carnicería que lo aniquiló,
los despojos de la batalla que libró por sobrevivir.
Los únicos monumentos son los vivos que transitaron
esto y los muertos que aquí quedaron, porque
la guerra, de un modo extraño, sobrevive en sus
sobrevivientes. Una de las mañanas que los acompañábamos,
pasó a baja altura uno de los cazabombarderos
Tornado que son parte de la guarnición de la
base de Mount Pleasant. Vimos a los muchachos, varios
metros adelante nuestro, quedarse paralizados por un
segundo, como si en lugar de ese vuelo anodino fuera
otra vez una de las bestias negras que todos los días,
a la mañana o la noche, dejaba caer sus bombas
y sus balas sobre los pozos de zorro de los argentinos.
Sin saber en dónde estaban, si reírse
o llorar, o sin en realidad nunca se habían ido
del todo de ahí, y las balas furiosas buscaban
otra vez su carne joven para hacerse el plato del día.
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CONGRESOS,
JORNADAS, CONFERENCIAS
| II
Encuentro Bonaerense de Memoria e Historia Oral
Chascomús, 21 y 22 de agosto de 2008
Fecha límite para la entrega de resúmenes:
17 de julio, y para la entrega de los trabajos: 15 de
agosto de 2008.
Mayores
informaciones: Archivo Histórico de la Provincia
de Buenos Aires “Dr. Ricardo Levene”, Pasaje
Dardo Rocha, 49 N° 588, 2° piso (1900), La Plata.
Tel./fax: 0221-4824925 y 4275152 -
Correos electrónicos: dir_archivo_historico@ic.gba.gov.ar
y congresopueblos@hotmail.com
"V
Jornadas Nacionales Espacio, Memoria e Identidad"
Rosario, 8, 9 y 10 de octubre de 2008
Las jornadas están siendo organizada por la Facultad
de Humanidades, Artes y la Facultad de Ciencia Política
y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional
de Rosario/CONICET. Para obtener información
respecto a las mesas temáticas y sus coordinadores,
abstracts y ponencias, pueden visitar la página
web: www.ceemi-unr.com.ar
Lugar del evento: Facultad de Humanidades y Artes. Entre
Ríos 758, Rosario, Argentina.
Para consultas y mayor información: info@ceemi-unr.com.ar
V
Foro Latinoamericano “Memoria e Identidad”
Montevideo, Uruguay, 23 al 26 de octubre
de 2008
Los ejes de trabajo son los siguientes: Eje 1: Ciencias
sociales y culturas populares: un diálogo pendiente.
Eje 2: Identidad, proyecto social, políticas
e integración. Eje 3: Hacia un desarrollo culturalmente
sostenible. Eje 4: Migración y desplazamiento:
desafíos para los Derechos Humanos. Eje 5: Desafíos
de interacción entre tradición y modernidad.
Para mayor información visitar la página
web: www.signo.com.uy/index_archivos/comunitaria_foro_participar.htm
III
Jornadas de Historia de la Patagonia
San Carlos de Bariloche, 6 al 8 de noviembre de 2008
Para
información detallada respecto a las mesas temáticas,
fechas de envío de resúmenes y presentaciones
y sus coordinadores, pueden dirigirse a la siguiente
página web: http://cepatagonicos.blogspot.com
o escribir al correo electrónico: jorhispat@yahoo.com.ar
En el marco de estas jornadas, dos de los miembros del
Núcleo de Estudios sobre Memoria han
organizado la mesa “Experiencias de la guerra
de Malvinas”. Los interesados en presentar un
trabajo, específicamente en esta mesa, deberán
enviar por correo electrónico un resumen siguiendo
el formato y cronograma planteados para la jornada en
general, a las siguientes direcciones: flialorenz@ciudad.com.ar,
con copia a jensen@criba.edu.ar
XI Congreso de La Solar
Bahía Blanca, 18 al 21 de noviembre de 2008
Convocado por la Sociedad Latinoamericana de Estudios
sobre América Latina y El Caribe, bajo los auspicios
del Departamento de Humanidades de la Universidad Nacional
del Sur.
Tema: “‘Desde nuestroSur mirando a nuestrAmérica’
Un análisis en torno a sus aspectos genuinos
hacia el bicentenario de las revoluciones americanas”.
Para informarse respecto a los subtemas, pueden entrar
a la página web del congreso: www.solar-2008.com
Informes e inscripciones: Adriana Claudia Rodríguez,
Decana Departamento de Humanidades UNS, 12 de Octubre
y San Juan, 8000, Bahía Blanca, Argentina; e-mail:
acrodri@criba.edu.ar
y xisolar@uns.edu.ar
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NOVEDADES
BIBLIOGRÁFICAS
Material
incorporado a la biblioteca de IDES relacionado a los
temas de memoria
•
Barboza, Beatriz, Ana Demarco, Cecilia Duffau, Irma
Leites, Patricia Mora, Elena Morelli y Martha Passeggi,
Los ovillos de la memoria. Taller Testimonio y Memoria
del Colectivo de Ex-Presas Políticas, Montevideo,
Senda, 2006. (315 págs., ISBN 9974-96-131-9)
• Barrán, José Pedro, Gerardo Caetano
y Álvaro Rico, Informe final 2005-2006. Investigaciones
arqueológicas sobre detenidos-desaparecidos en
la dictadura cívico-militar, Montevideo,
IMPO, 2007. (184 págs.)
• Bonner, Michelle D., Sustaining human rights:
women and Argentine human rights organizations,
Pennsylvania, The Pennsylvania State University Press,
2007. (203 págs., ISBN 0-271-03264-1)
• Braylan, Marisa y Adrián Jmelnizky, Informe
sobre antisemitismo en la Argentina 2005, Buenos
Aires, DAIA, Centro de Estudios Sociales, 2006. (435
págs.)
• Caviglia, Mariana, Vivir a oscuras: escenas
cotidianas durante la dictadura, Buenos Aires,
Aguilar, 2006. (208 págs., ISBN 987-04-0343-3)
• Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS),
Derechos humanos y control civil sobre las fuerzas armadas,
Buenos Aires, Centro de Estudios Legales y Sociales,
2006. (78 págs., ISBN 987-20324-6-7)
• Comisión Provincial por la Memoria, Archivo
Provincial de la Memoria, Centros Clandestinos de
Detención en Córdoba, La Plata, Comisión
Provincial por la Memoria, 2008. (35 págs.)
• Dandan, Alejandra y Silvina Heguy, Joe Baxter,
Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2006. (432 págs.,
ISBN 987-545-403-6)
• Dillet, María Graciela, María
Josefa Dal Dosso y María Cristina Pinal, Memorias
de una presa política, Buenos Aires, Grupo
Editorial Norma, 2006. (336 págs., ISBN 987-545-371-4
• Franco, Marina, Los emigrados políticos
argentinos en Francia (1973-1983): algunas experiencias
y trayectorias, Buenos Aires/París, Universidad
de Buenos Aires/Universidad de Paris 7, 2006. (Vol.
1, 650 págs.; Vol. 2, 400 págs, Tesis
de Doctorado en Historia)
• Franco, Marina, El exilio. Argentinos en
Francia durante la dictadura. Buenos Aires, Siglo
XXI, 2008. (336 págs., ISBN 978-987-629-029-6)
• Gorini, Ulises, La rebelión de las
Madres. Historia de las Madres de Plaza de Mayo. Tomo
I (1976-1983), Buenos Aires, Grupo Editorial Norma,
2006. (696 págs., ISBN 987-545-355-2)
• Jozami, Eduardo, Rodolfo Walsh, Buenos
Aires, Grupo Editorial Norma, 2006. (400 págs.,
ISBN 987-545-408-7)
• LaCapra, Dominick, Historia en tránsito:
experiencia, identidad, teoría crítica,
Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2006.
(366 págs., ISBN 950-557-686-2)
• Larraquy, Marcelo, Fuimos soldados: historia
secreta de la contraofensiva montonera, Buenos
Aires, Aguilar, 2006. (248 págs., ISBN 987-04-0545-2)
• Lazzara, Michael J., Chile in transition.
The poetics and politics of memory, Gainesville,
University Press of Florida, 2006. (199 págs.,
ISBN 0-8130-3008-0)
• Lorenz, Federico Guillermo, Las guerras
por Malvinas, Buenos Aires, Edhasa, 2006. (338
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• Markarian, Vania, Idos y recién llegados.
La izquierda uruguaya en el exilio y las redes transnacionales
de derechos humanos, 1967-1984, México DF,
Uribe y Ferrari, 2006. (299 págs., ISBN 970-756-143-2)
• Mason, Alfredo, Sindicalismo y dictadura: una
historia poco contada (1976-1983), Buenos Aires, Biblos,
2007. (165 págs., ISBN 950-786-580-0)
• Mosca, Juan José y Luis Pérez
Aguirre, Derechos Humanos: pautas para una educación
liberadora, Montevideo, Trilce, 2006. (183 págs.,
ISBN 9974-32-421-1)
• Perel, Martín, Pablo Perel y Eduardo
Raíces, Universidad y dictadura: derechos,
entre la liberación y el orden (1973/83),
Buenos Aires, Ediciones del Centro Cultural de la Cooperación
Floreal Gorini, 2006. (170 págs., ISBN 987-22918-1-0)
• Pujol, Sergio, Rock y dictadura, Buenos
Aires, Emecé, 2006. (296 págs., ISBN 950-04-
2739-7)
• Ruiz, Marisa, La piedra en el zapato: amnistía
y la dictadura uruguaya. La acción de Amnistía
Internacional en los sucesos de mayo de 1976 en Buenos
Aires, Montevideo, Universidad de la República,
2006. (247 págs., ISBN 9974-0-0320-2)
• Tarcus, Horacio, Marx en la Argentina: sus
primeros lectores obreros, intelectuales y científicos,
Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores Argentina, 2007.
(544 págs., ISBN 987-1220-99-1)
• Varea, Fernando Gabriel, El cine argentino
durante la dictadura militar 1976-1983, Rosario,
Municipal de Rosario, 2006. (120 págs., ISBN
987-9267-28-1)
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GINGKO
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Elegimos
la hoja de Gingko, porque representa a un árbol
asociado a la vida y la memoria.
El Gingko es el árbol más longevo del planeta,
sus hojas portan las marcas de una historia de supervivencia
a catástrofes, no solamente naturales. |
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